Editorial-El Correo
- La batalla electoral planteada por el PSOE y el PP por el control de la Cámara alta desvirtúa su papel de contrapeso y representación territorial
La batalla que plantean el PSOE y el PP por el control del Senado a través de una revolución en las listas electorales ha sacudido la precampaña. Con esta estrategia, los principales partidos preparan el terreno para trasladar la política de bloques a la Cámara alta tras las elecciones generales. Reinciden así en una polarización de escasos resultados para el interés general, como se ha podido comprobar en la legislatura. Lejos de corregir una trayectoria que les aboca a la colisión, la pugna está servida el 29-N: los socialistas presentan una papeleta unificada con las fuerzas del Frente Amplio, mientras que los populares buscan un pacto con Vox para que retire candidaturas o cederle puestos de senadores autonómicos, en una negociación confirmada ayer por su líder. Confluencias dispares que, sin embargo, tienen como objetivo común asegurarse una mayoría -de izquierdas o de derechas- en un escaparate en riesgo de convertirse en una nueva trinchera. Pedro Sánchez trata de garantizarse una plataforma desde la que contragolpear en el caso de salir de La Moncloa y Alberto Núñez Feijóo pretende frenar a toda costa «la influencia del sanchismo».
En la práctica, el pulso por el Senado amenaza con devaluar su función de representación territorial y necesario contrapeso. En la última etapa, el PP ha utilizado su mayoría absoluta en la Cámara para interferir en reformas legislativas o convocar comisiones de investigación. Son actividades legítimas que la oposición puede promover en el ejercicio de su control al Ejecutivo. Pero volcarse en un reparto del poder, como aparentan socialistas y populares, es concebir las circunscripciones territoriales como graneros de votos y reducir las atribuciones de los senadores, a los que se impone la disciplina de una sigla por encima de la defensa autónoma de los intereses de sus comunidades.
El Senado no puede perder la oportunidad de articular la diversidad del Estado autonómico y facilitar la transversalidad en un sinfín de retos pendientes -entre ellos, la financiación y el Plan Hidrológico Nacional- frente a los estériles vetos cruzados. Resulta insólito que algunos candidatos reconozcan que el objetivo es asegurarse las mayorías cualificadas (3/5) para forzar la renovación de órganos clave como el Tribunal Constitucional y el Poder Judicial. La política se empobrece cuando los partidos renuncian a la búsqueda de pactos entre diferentes, el Gobierno legisla a golpe de decreto en precampaña y los líderes tiran de electoralismo, en vez de contrastar ideas en la plaza pública.