Ignacio Camacho-ABC

  • Los ‘ongi etorri’ dificultaban el alivio penal de los presos y Bildu tenía que colaborar un poco en su propio blanqueo

La anunciada cancelación de los ‘ongi etorri’ es desde luego mucho mejor noticia que su continuidad pero lo que de ninguna manera constituye es un signo de respeto a las víctimas («personas damnificadas por las acciones de nuestra militancia en el pasado», a ver quién mejora esa retorcida perífrasis eufemística). Ni mucho menos una muestra de arrepentimiento. Se trata de un favor de los filoetarras al Gobierno, y a sí mismos, para facilitar las medidas pactadas de alivio a los presos. Los homenajes habían creado un clima social de rechazo que obstaculizaba el proceso de acercamiento y Bildu tenía que colaborar siquiera un poco en su propio blanqueo. El estatus de socio gubernamental requiere de algunos gestos en los que el Ejecutivo pueda apoyar su estrategia de normalización exprés del posterrorismo; pequeños pretextos para la construcción del nuevo y ficticio relato oficial de concordia y olvido, cimientos formales de un avance recíproco hacia un futuro tripartito que desplace al PNV de su longeva posición de dominio.

Bien está que renuncien a jalear la excarcelación de los criminales, pero que no lo vendan como un regalo. Es el mínimo detalle de decencia que pueden tener al cabo de cuarenta años de asesinatos. En su miseria moral quizá piensen que como antes celebraban los atentados -recuerden a De Juana Chaos- ya representa un avance dejar de agasajar como héroes a los sicarios. El hecho de que sean ellos, los batasunos, quienes hagan esa concesión ya es de por sí un fracaso. De los tribunales, de la legislación, de las instituciones y en resumen del Estado que no sólo no ha podido o no ha querido impedir el agravio sino que ha debido avenirse a negociar su suspensión mediante un trato. Un ‘quid pro quo’ que permita a los herederos de la banda blasonar de que no son tan malos a cambio de que sus compañeros condenados obtengan beneficios penitenciarios. A este grado de ignominia hemos llegado.

Todo por acelerar la secuencia de integración de los testaferros de ETA para sumarlos cuanto antes al menguante bloque parlamentario de la izquierda. Al sanchismo le ha entrado prisa por ampliar su base de cooperación estratégica incluso contra la terca evidencia de que los interesados no se dejan porque les cuesta limar las aristas de su natural crudeza. La sociedad española tendrá que asumir algún día la inevitable incorporación política plena de los sucesores de los pistoleros, pero hace falta bastante más tiempo. Al menos tanto como tarden ellos en manifestar un pesar sincero y condenar sin circunloquios ni casuismos su pasado violento. Y tanto como necesiten las víctimas para reparar el dolor soportado sin sentirse perdedoras de un apaño bastardo. Sin esas premisas, y alguna más, cualquier final será falso además de amargo. Los que se han manchado de sangre las manos no pueden encontrar sitio en el marco democrático.