La vía del reformismo

ELISA DE LA NUEZ – EL MUNDO – 22/06/16

· Según la autora, el país necesita emprender un calendario de reformas que supere el inmovilismo del PP de Rajoy, convertido en un aliado de Podemos. En esta estrategia electoral, PP y Podemos se necesitan mutuamente.

Cercana ya la segunda vuelta de las elecciones del 20-D los partidos más beneficiados del fracaso de la XI legislatura parecen ser –al menos según las encuestas– los partidos de los extremos, es decir, el PP y Podemos. La polarización de la campaña y del electorado, una vez fracasado el intento de alcanzar un acuerdo reformista de Gobierno desde el centro (PSOE-Ciudadanos) era inevitable. Acuerdo que fue propiciado por el desistimiento del propio presidente del Gobierno en funciones. Sin este intento todavía estaríamos en una situación de bloqueo constitucional que no hubiese permitido disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, conviene no olvidarlo.

Como era previsible, tanto el PP como Podemos están apelando indistintamente al voto del miedo y/o al voto útil (desde su perspectiva se trata del mismo voto) con la finalidad de restar sufragios a los partidos que ocupan el centro político, PSOE y Ciudadanos, y por tanto, al reformismo. En esta estrategia el PP y Podemos se necesitan mutuamente. Mientras que el PP clama contra el populismo que representa Podemos, Podemos clama contra la corrupción y los recortes que encarna el PP. Partidos rojos y azules, negros y blancos, buenos y malos, sin matices. En una contienda electoral sin duda es una estrategia legítima, pero la pregunta que debemos hacernos como ciudadanos responsables es la de si es la más adecuada para emprender las reformas estructurales que necesita nuestro país.

La elección entre un partido rupturista y un partido inmovilista no es la mejor forma de garantizar que se realicen reformas importantes en nuestro sistema político, institucional y económico (me refiero en este último caso a la lucha contra el capitalismo clientelar o de amiguetes y al impulso de la productividad de la economía española). El problema es que son este tipo de reformas las únicas que podrían frenar el auge de un partido como Podemos, cuyo diagnóstico de la situación política ha contactado con un electorado muy amplio. Este electorado ha decidido que no es posible reformar desde dentro el sistema, y que es mejor empezar desde cero. Por supuesto que a Podemos también le votan personas de extrema izquierda, pero no alcanzan el 25% que pronostican las encuestas. Hay algo más.

Desde mi punto de vista, el inmovilismo del PP de Rajoy es un estupendo aliado de Podemos. El PP bajo la presidencia de Rajoy no sólo no ha realizado ninguna reforma importante en el plano político e institucional (teniendo mayoría absoluta), sino que se resiste como gato panza arriba a tocar ninguna pieza del sistema, aún cuando hacerlo no cueste dinero o incluso permita ahorrarlo. Ahí está como ejemplo la campaña a favor de las diputaciones provinciales eludiendo los datos que cuestionan la eficacia de su funcionamiento y su tendencia a favorecer el clientelismo y la corrupción. El discurso es profundamente conservador y anclado en las bondades del indudable crecimiento macroeconómico, pero sin reconocer la necesidad de un cambio drástico en la forma de hacer política. Quizá porque el presidente del Gobierno en funciones no concibe que se pueda gobernar de otra manera.

Sin embargo, la sociedad española –y especialmente las personas más jóvenes– empieza a mostrar su hartazgo ante el clientelismo y la concepción patrimonialista del poder practicada por los grandes partidos en estos últimos 30 años que ha generado una corrupción política generalizada. También hay que tener muy presente la sensación de injusticia derivada del desigual reparto de los sacrificios económicos durante la Gran Recesión; la percepción general es que los más responsables han sido los menos penalizados y que hay muchos colectivos (clase política, funcionarios o pensionistas) que han permanecido al abrigo de la crisis. No solo eso: el gran peso de los ajustes derivados de la Gran Recesión han recaído en gran medida sobre los jóvenes.

Estamos en presencia de un colectivo que se ha cansado de aporrear la puerta de un local (el «régimen del 78») con reserva del derecho de admisión, ya se trate de contratos indefinidos, mejores salarios, acceso a la función pública, a la vivienda, a los servicios públicos o a cualquier otra prestación relevante para el bienestar y la dignidad presente o futura de los ciudadanos. Lo cierto es que los jóvenes españoles tienen hoy unas expectativas mucho peores que las que tuvieron a su edad las generaciones que les preceden. Generaciones que, por otra parte, ahí siguen y no tienen especial interés en que las cosas cambien, dado que son las principales beneficiarias del statu quo. Mariano Rajoy es, por edad y por formación, un exponente perfecto de esa generación anterior, que se resiste a oír los golpes en la puerta.

Si a esto añadimos el que muchos de estos jóvenes crecieron en la época de la burbuja y que –al menos sobre el papel– cuentan con mejor formación que sus padres y abuelos, la frustración al entrar en la edad adulta y ser conscientes de la diferencia entre sus aspiraciones y la realidad era inevitable. Que esta generación encontrase un líder dispuesto a convertir en un programa político radical ese descontento existencial era cuestión de tiempo. El problema, a mi juicio, es que el líder tiene una ideología muy marcada, muy poca experiencia fuera del ámbito de la teoría política y una agenda propia con unos objetivos y con unos tiempos que pueden no coincidir con los de una parte importante de sus votantes, precisamente, los menos radicalizados. Algo que, por otra parte, no es de extrañar dada la tradicional debilidad de la democracia interna y de los cauces políticos de participación ciudadana en España incluso en los nuevos partidos.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que se trata de una situación potencialmente explosiva, y que puede arruinar la ventana de oportunidad para realizar reformas estructurales que se abrió el 20-D, gracias, precisamente, a la presencia de los nuevos partidos y a la necesidad de pactos transversales. Si hay una parte importante de la ciudadanía que se siente excluida y más todavía si es la parte más joven, es fácil canalizar su indignación y su descontento hacia propuestas rupturistas y no hacia propuestas reformistas.

Esa es la estrategia utilizada sistemáticamente por Podemos en relación con las propuestas de Ciudadanos, el otro partido emergente que ha elegido la vía de la reforma, presentado siempre como la marca blanca del PP o como el partido del Ibex 35. Los tímidos intentos del PSOE en la misma dirección le merecen a Podemos iguales reproches, de forma que la Gran coalición se equipara a un pacto para blindar el régimen. Que esta estrategia puede darles muchos votos es indudable; que pueda favorecer las posibilidades de reforma es otra cosa.

En fin, a los optimistas que pensábamos hace unos meses que iban a primar los intereses generales de España sobre los personales de algunos líderes la realidad nos ha devuelto al punto de partida. Nuevas elecciones, nueva campaña electoral y hasta nuevos envíos de propaganda electoral a nuestros domicilios, ya que ni en su supresión se han puesto de acuerdo los partidos políticos. El problema es que todo suena ya a deja vu y hasta lo que parecía nuevo hace unos meses empieza a parecer antiguo. Quizá porque estamos ante la política de siempre, la del sectarismo, la del voto del miedo, la del voto útil, la de los bloques, la de las dos Españas.

Los incentivos que tiene la débil democracia española no han sido suficientes para obligar a que dos, tres o incluso los cuatro partidos se pongan de acuerdo en asuntos tan básicos como la lucha contra la corrupción, el clientelismo y la sociedad del favor y el enchufe. Aquí hay poca ideología que rascar, no hay que gastar dinero público y está disponible una ingente cantidad de literatura y evidencia empírica sobre los buenos resultados que proporciona, por ejemplo, una Administración pública meritocrática y neutral o un Poder Judicial independiente. Hasta en el Partido Comunista chino lo tienen claro.

Pero seguimos mareando la perdiz, hablando mucho de líderes y estrategias y sorpassos y poco o nada de programas y de las reformas y propuestas concretas que pueden mejorar la forma de gobernar. En España no hay nada parecido a una evaluación externa y experta de los programas electorales de los principales partidos –como existe en países como Holanda– quizá porque tampoco se espera que se cumplan, visto lo visto. Sin duda, se trata de asuntos aburridos, poco mediáticos y que pocas ganancias pueden reportar a los partidos políticos que más tienen que perder si los ciudadanos se dan cuenta de que la mejor forma de llegar al futuro no es dando saltos en el vacío ni permaneciendo parados en el mismo punto, sino avanzando paso a paso en la dirección correcta.

En conclusión, las grandes mejoras democráticas logradas a lo largo de la Historia en los países más avanzados no han sido ni el producto de grandes revoluciones, ni el producto de las concesiones de las élites dirigentes acomodadas con el statu quo. Han tenido más bien un carácter incremental y han tardado en llevarse a cabo, siendo el resultado del esfuerzo colectivo de muchos ciudadanos decididos a cambiar las cosas, sin prisas, pero sin pausas. Y sobre todo, sin miedo.

Elisa de la Nuez es abogada del Estado, coeditora del blog ¿Hay Derecho? y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.