Alison Posey-El Correo
Doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria en Estados Unidos
- ¿Será capaz el Partido Demócrata de unir a moderados y radicales en torno a un programa?
Si las elecciones de 2024 se hicieron famosas por la facilidad con la que Trump volvió al poder, las de 2026 demuestran lo fácil que es perderlo. En la política estadounidense, las elecciones de medio mandato, los midterms, siempre han servido como barómetro de la popularidad del presidente mismo. Ya que la política estadounidense no tiene ningún mecanismo legal mediante el cual convocar elecciones anticipadas -salvo en el caso de alguna muerte inesperada-, los votantes deben esperar hasta las elecciones de medio mandato para poder hacer pública su opinión. Y, después de dos años de control total por los trumpistas, en las elecciones de ayer la opinión de los estadounidenses se oyó alta y clara.
Los resultados de las últimas elecciones no sorprenden por su resultado -la derrota aplastante de los republicanos a manos de los demócratas en casi todo el país-, sino por su contundencia. Desde finales de 2025, el partido republicano ha invertido un pastizal en mantener a flote sus candidatos preferidos. En Texas, Elon Musk gastó más de 445 millones de dólares para apoyar a Ken Paxton, aspirante al senado y aliado férreo de Trump. Aun así, Paxton fue arrasado por un joven pastor, James Talarico, que lo derrotó por un 55 % frente a un 43 %. Es el primer demócrata en ganar en Texas en más de tres décadas.
El hito de Talarico en Texas ha sido seguido por un tsunami de victorias del Partido Democrático por todo el país. Los votantes en Maine, Iowa, Kansas, Ohio y ambas Carolinas -Norte y Sur- cambiaron de bando, desbancando a senadores republicanos en estados tradicionalmente de derechas para elegir a candidatos de izquierda. En la Cámara de Representantes, los electores en Pensilvania, Iowa, Wisconsin, Misuri, Indiana, Nebraska, Colorado, Virginia, Nueva Jersey y Kentucky también despidieron a los representantes republicanos. Aunque, en el momento de escribir estas líneas, el escrutinio sigue en varios estados, el Partido Demócrata ya cuenta con una doble mayoría en ambas cámaras. En el Senado, actualmente ocupan 54 escaños de 100 y, en la Cámara de Representantes, 228 de 435. Aunque las dos mayorías parezcan estrechas, ambas cifras ya representan un cambio radical desde 2024.
Pero más allá de la derrota infligida a Trump, los escaños ganados por los demócratas muestran de forma contundente que, ante la mayor crisis económica en años, a la mayoría de los votantes estadounidenses ya les da un poco igual muchas de las cuestiones que siguen inquietando a la derecha. No importa que sus políticos sean gais, como es el nuevo senador Chris Pappas en Nueva Hampshire. Tampoco importa que sea negro, como otro político recién elegido, Sherrod Brown, en Ohio. Ni que sea mujer (Annie Andrews, Carolina del Sur), latino (Manny Rutinel, Colorado), musulmán (Abdul El-Sayed, Michigan) u otra condición. Todas esas características que los republicanos señalan una y otra vez como síntomas de suma debilidad política, pues no lo son cuando uno no puede pagar el alquiler.
Y es ese mensaje de la vida asequible, del coste de la vida, el que ha ocasionado un giro tan rotundo en la política estadounidense. Trump ganó en 2024 con la seductora promesa de una nueva edad dorada de la economía americana. Todos, particularmente sus votantes, iban a forrarse. Pero la realidad ha sido otra. El mandato de Trump empezó con el propio presidente deshaciendo este mismo mito. Implementó una gama de aranceles brutales que subieron el precio de todo, como el combustible, iniciando una etapa de precariedad económica nacional. Y solo ha empeorado todo con la guerra de Trump contra Irán, otro conflicto en Oriente Medio que parece no tener fin.
Eso no quiere decir que la mayoría demócrata sea una panacea frente al giro estadounidense -y mundial- hacia la ultraderecha. Aún quedan por ver muchas cosas, entre ellas, los resultados del escrutinio de varias contiendas electorales en Alaska, Misisipi, Nevada, Colorado… También queda por ver qué hará el Partido Demócrata con su doble mayoría: ¿será capaz de organizarse y unirse en torno a un programa político que junte a los moderados con los más radicales?
En las elecciones de 2024, fueron esta división más la falta de un mensaje claro y contundente las que costaron a Kamala Harris la presidencia. Resulta que no basta con declararse enemigo de Trump.
Los votantes quieren más. Quieren una política económica que rebaje los precios que no paran de subir. Quieren una política migratoria que no ponga en peligro la vida de sus vecinos a manos de los agentes de inmigración. Quieren una política urbanística que no permita que se construyan enormes centros de datos al lado de sus casas. Y, como han demostrado estas elecciones, querer es votar. Esta vez, a los izquierdistas.