Editorial-El Correo
- El arrollador triunfo de los demócratas en las elecciones legislativas desnuda a un presidente aún con dos años de mandato, pero cercado por el rechazo a las consecuencias económicas de los aranceles y la guerra contra Irán
Los estadounidenses decidieron agarrar el volante antes de que Donald Trump termine de estrellar su país. Los resultados de las elecciones de medio mandato deparan al Partido Republicano una derrota demoledora. Y al presidente, una severa humillación, dos años después de que los ciudadanos le concedieran una segunda oportunidad en la Casa Blanca,con el control de las tres ramas del poder -la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado- y una mayoría de 6 a 3 en el Tribunal Supremo. Su ejercicio del cargo ha indignado a los votantes, que han demostrado que el enojo moviliza y castiga.
Trump asiste a la caída, como fichas de dominó, de auténticos bastiones conservadores y al cambio de mayoría en el Congreso. La estrategia republicana, si la había, subestimó la intensidad del descontento. Despreció la enorme movilización opositora en el voto temprano, confiando en que los propios acudirían a los colegios, sin prever que no los votarían necesariamente a ellos. Para su histórico vuelco, los demócratas no necesitaban un cruce masivo de apoyos, sino el favor de jóvenes, hispanos y afroamericanos y que el número suficiente de frustrados por la ejecutoria del presidente se quedaran en casa.
Trump es el completo dueño de su derrota. El mandatario, el partido que transformó en un culto a su personalidad y la camarilla de magnates que conforman su corte se equivocaron al leer el estado de ánimo del país. Desoyeron el hartazgo por la insensata imposición de aranceles contra el mundo que arruina a agricultores y pequeños empresarios, afectados también, como el conjunto de los estadounidenses, por el conflicto desatado contra Irán que ya dura ocho meses, mantiene el precio de los combustibles por las nubes y destroza el poder adquisitivo.
Al fracaso en la gestión económica, con el paralelo enriquecimiento del entorno presidencial, se suma la falta de rendición de cuentas por el ‘caso Epstein’. Y el horror por las deportaciones masivas de inmigrantes y unos escuadrones de enmascarados equipados como si estuvieran buscando a Bin Laden, con asesinatos de estadounidenses y un grave perjuicio tanto a indocumentados como a empleadores. Con todo, pesa más el castigo económico que el moral. Es atroz ver generosidad en Trump cuando declara que acata el resultado de las ‘midterms’, por más que esta reacción, después de las terribles imágenes del asalto al Capitolio en 2021, tampoco había que darla por supuesta. Y aquí reside el peor legado presidencial: la ruptura con las reglas institucionales y de convivencia, la crueldad, la arrogancia del salón de baile.
El mundo no dejará de sufrir, en lo inmediato, la deriva autocrática de la Casa Blanca. El nuevo Congreso desterrará la sumisión al presidente y tendrá el control del presupuesto. Trump no podrá aprobar leyes sin el plácet de las cámaras, pero estas tampoco le negarán fondos para la campaña en Oriente Medio o la divisiva asistencia militar a Israel. Si hay alivio para Ucrania, tardará en llegar para salvar vidas. La castigada Europa acertará si profundiza en su autonomía estratégica, porque EE UU elige a los demócratas para arreglar la casa. Y está por ver el efecto del declive trumpista en su patrocinio de las fuerzas de ultraderecha en América Latina y de cara a las próximas elecciones en los grandes países europeos.
La campaña para las presidenciales está ya marcha. Con Trump ya sin opción legal de concurrir, los republicanos han de sacudirse su figura tóxica. Y los demócratas, evitar el riesgo de malinterpretar el mandato popular desde la euforia. Los espectaculares triunfos en Estados antes vedados como Texas o Kansas deberían animarles a impulsar políticas que mejoren la vida de la mayoría y a desafiar después al crepuscular presidente a que se atreva a vetarlas. Sin olvidar que siguen sin cartel para 2028.