Tonia Etxarri-El Correo

Cambio de registro, a veinticinco días de la cita con las urnas, para readaptarse a contrarreloj y en el tiempo de descuento. Es lo que ha tenido que hacer Pedro Sánchez con ese giro obligado para ver si le queda alguna posibilidad de recuperar la confianza perdida de la ciudadanía en nuestro sistema ferroviario. Del perfil político y bronco de Óscar Puente, al técnico y sosegado de Carlos Cuerpo. El estilo ‘hooligan’ del dimisionario ha tenido que quedar apartado en el camino porque, lejos de movilizar a la izquierda, la estaba ahuyentando después de la tragedia de Urda.

Los seis días de negación del titular de Transportes, desde el accidente, han dejado el amargo sabor de comprobar la exhibición de una empatía retardada. Dijo ayer Pedro Sánchez que su ministro preferido había dimitido «por empatía con las víctimas». Pero ese gesto tan tardío no obedece a una actitud de aproximación sino a una decisión forzada por la presión con mayúsculas. Él lo sabe bien. Por eso, en su comparecencia parlamentaria, el ministro se esforzó en contar que pensó en dimitir horas después de conocer la dimensión del accidente. Pero no lo hizo. Esperó a comprobar qué impacto emocional iba a provocar la tragedia en las encuestas. Unos días. Puro cálculo. Como los sondeos eran muy desfavorables para el PSOE, terminó por renunciar. Le ha dimitido Tezanos, dicen en el PP. Y no andan desencaminados. Se percibía no solo la temida desmovilización sino un trasvase de votos hacia el PP y la abstención, sobre todo en algunas provincias andaluzas.

La capacidad de ponerse en el lugar de otra persona que está sufriendo no se adquiere con el tiempo. O se tiene empatía desde el principio o se carece de ella. Y el ministro que no dimitió después del accidente de Adamuz (46 muertos) hace nueve meses lo ha hecho ahora, con los 69 muertos de Urda, porque estamos en campaña electoral. Se ha echado a un lado cuando el relato ya no se sostenía.

Después del espectáculo de su comparecencia parlamentaria, en la que se quedó con el susurro de Rufián y el único apoyo de Bildu (qué sarcasmo oír a su portavoz decir que se desmarcaba del «señalamiento»), Pedro Sánchez está ahora mucho más desprotegido. La dimisión del ministro es, en sí, una buena noticia, pero la oposición y los sindicatos recuerdan al presidente su responsabilidad. Por lo tanto, no es el fin de una crisis sino el inicio de la etapa más dura en plena contienda electoral.

Sánchez no es De Wever. Al contrario que el primer ministro belga, que ha presentado su renuncia al no tener los Presupuestos aprobados, él ha permanecido impasible desde 2023 con las cuentas prorrogadas. Y esa ficción ha tenido consecuencias negativas, entre otras cosas, en el mantenimiento de Adif.

Pero intentará dar la vuelta a la situación y retomar su cruzada contra la derecha. Utilizar la dimisión de su escudero como agravio comparativo para decir que no todos los políticos son iguales es una munición menor. Tendrá que luchar contra el archivo que todos los días recuperarán el PP y Vox.

Estamos en momentos delicados, de duelo nacional. Un día después de la huelga general del próximo miércoles, se celebrará el funeral de Estado. Veremos la empatía de Pedro Sánchez cómo se manifiesta.