Las enseñanzas de Maquiavelo

CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO – EL MUNDO – 21/03/16

· Es mucho más seguro ser temido que ser amado cuando se haya de renunciar a una de las dos (Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, Cap. XVII De la Crueldad y de la Clemencia).

Probablemente fue Luis Eduardo Aute–en su canción La belleza reivindica el «espejismo de intentar ser uno mismo» frente a los que sólo persiguen el éxito y el poder– quien inspiró el título de la carta de Pablo Iglesias a los militantes de Podemos escrita sólo unas horas antes de la defenestración del secretario de Organización, Sergio Pascual.

Pero su trasfondo refleja una mentalidad menos romántica y más práctica, conformada por su formación marxista y por la lectura de algunos autores que, evidentemente, le han dejado indeleble huella.

Uno de ellos, también citado por Iglesias en su misiva, es Nicolás Maquiavelo, cuyo manifiesto El Príncipe (Florencia, 1513) es una magistral guía para los que quieren ejercer el poder y evitar perderlo.

El príncipe moderno, en la concepción de Antonio Gramsci (prestigioso teórico marxista que fue secretario general del Partido Comunista de Italia entre 1924 y 1927) asumida plenamente por Iglesias, no es ninguna persona concreta, sino el partido.

Entre Maquiavelo y Lenin (otro admirador del florentino) hay una sólida conexión, que es justamente la que resalta Gramsci: el papel del partido como instrumento revolucionario. El asesor de los Médici nunca llegó a pronunciar la frase «el fin justifica los medios», pero en sus recomendaciones al príncipe esa filosofía está siempre presente. El avance sustancial del leninismo sobre el marxismo fue precisamente el papel predominante que el líder de la revolución soviética otorgó al partido como vanguardia del proletariado y en la argumentación del centralismo democrático como su norma de funcionamiento.

Por ello, no es extraño que Iglesias sacara a pasear en su epístola a Gramsci y al propio Maquiavelo para justificar el párrafo fundamental de su escrito: «En Podemos no hay ni debería haber corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos».

Lo que ha sucedido en Podemos en los últimos días –la destitución del número tres del partido, ligado al número dos, Íñigo Errejón– es la prueba de que Pablo Iglesias está dispuesto a aplicar esas enseñanzas de una manera fría y contundente.

Dice Maquiavelo: «Quien propicia el poder de otro, labra su propia ruina». Errejón tenía su propia hoja de ruta, su propio prestigio, y había ido acumulando poder en el partido controlando precisamente el aparato: la Secretaría de Organización.

Para frenar a ese competidor en potencia, a Iglesias no le importó aliarse con grupos ideológicamente a su izquierda, porque para conservar el poder hay que aliarse con el diablo si es preciso.

La propuesta de Pablo Echenique anunciada el pasado viernes para sustituir a Pascual al frente de la Secretaría de Organización supone una tregua en la pugna interna por el poder. Iglesias ha buscado un hombre de consenso, aunque su nombramiento no ha sido pactado con Errejón.

He aquí otra de las enseñanzas de Maquiavelo aplicadas por Iglesias en estos días: «Es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad».

Por ello, el secretario de Estrategia y portavoz de Podemos en el Congreso no debería confiarse demasiado, a no ser que esté dispuesto a rendirse por completo. Veamos lo que recomienda Maquiavelo a los poderosos cuando estos entran en conflicto: «A los hombres se les ha de mimar o aplastar, pues se vengan de las ofensas ligeras, ya que de las graves no pueden».

En efecto, la decisión de Iglesias (eliminar cualquier duda sobre quién ejerce el poder en Podemos) debe llevarse a cabo sin la menor concesión, porque «los hombres vacilan menos en hacer daño a quien se hace amar que a quien se hace temer».

Contrariamente a lo que muchos piensan, el politólogo florentino no era un conspirador, sino que pretendía con sus advertencias y consejos forjar para su ciudad-estado un príncipe nuevo, capaz de dar estabilidad a sus ciudadanos y evitar las continuas guerras y conflictos que asolaban el norte de Italia a finales del siglo XV y principios del XVI.

Aprender de Maquiavelo es necesario para los que quieren dedicarse al noble arte de la política, porque, aunque las cosas han cambiado mucho en cinco siglos, la naturaleza humana sigue dominada por las mismas debilidades e instintos.

Iglesias, que ha demostrado ser hábil y suficientemente ambicioso como para alcanzar altas cotas de poder (una vicepresidencia con los servicios secretos y la televisión pública incorporadas es un buen primer paso), debería ser consciente de las limitaciones de su proyecto. También en ese aspecto resulta aleccionador releer a Maquiavelo: «No es posible llamar virtud a […] traicionar a los amigos, carecer de palabra, de respeto […]. Tales medios hacen conseguir el poder, pero no la gloria».

CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO – EL MUNDO – 21/03/16