NIALL FERGUSON-ABC

  • Durante más de veinte años, el Gobierno federal ha aplicado una política fiscal insostenible, con un gasto excesivo y un sistema tributario ineficaz

¿Cuál es la fuerza que mueve a los pueblos?, se pregunta Tolstoi en el ensayo filosófico al final de ‘Guerra y paz’. «¿Qué hacen los individuos –tiene en mente a Napoleón– para que las naciones actúen como ellos desean?». En geopolítica, el poder se entiende tradicionalmente como la capacidad de incentivar o coaccionar a los demás para que hagan lo que a uno le interesa, y de resistir las presiones contrarias que ejercen sobre él. Como dijeron los atenienses a los melios en el pasaje más famoso del relato de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso: en las cuestiones humanas, las razones de Derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en el caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.

A veces nos decimos a nosotros mismos que el poder en el mundo moderno es más complejo. En un ensayo para ‘Foreign Affairs’ que fue a la imprenta justo antes de los horrores del pasado 7 de octubre, el asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan sostenía que el Gobierno de Joe Biden «comprende las nuevas realidades del poder». Sullivan definía las «fuentes del poder estadounidense» actuales como una mezcla de ‘bidenomía’ (mayor inversión en innovación e industria nacionales), alianzas renovadas («un armazón de cooperación que se refuerza a sí mismo»), reforma de instituciones internacionales como el Banco Mundial e incluso el Consejo de Seguridad de la ONU, y la contención económica y tecnológica –en contraposición al enfrentamiento militar directo– de potencias hostiles como Rusia, Irán y, sobre todo, China. El argumento era elegante, pero quedó inmediatamente desmentido por los acontecimientos en Israel, que obligaron a reescribirlo a toda prisa.

Perder la primacía en lo que se refiere a paridad de poder adquisitivo es un problema, dado que la mayoría de los recursos para armar a un Estado no se adquieren en el mercado mundial. La Armada y el arsenal nuclear chinos son mucho más baratos que sus carísimos equivalentes estadounidenses, aunque, desde luego, seguramente son también de calidad inferior. Hasta aquí todo bien. Por desgracia, hay muchas otras formas en las que Estados Unidos ha socavado las fuentes de su poder en los últimos años.

En primer lugar, está la inmigración. Al poder importar el talento del mundo, EE.UU. dispone de una fuente de poder casi única. Más de la mitad de los unicornios (empresas privadas valoradas en mil millones de dólares o más) han sido fundadas o cofundadas por inmigrantes. Esto es algo que China sencillamente no puede hacer: ¿ustedes querrían mudarse allí? Tampoco el próximo Elon Musk. Ni los próximos Patrick y John Collison (los fundadores de Stripe, de origen irlandés). Ni el próximo Apoorva Mehta (el fundador de Instacart, nacido en India). Sin embargo, un cambio de la inmigración, de legal a ilegal, como el que ha experimentado Estados Unidos en los últimos años –que culmina en 2023 con una afluencia a través de la frontera sur que puede haber superado el aumento natural de la población nativa– erosiona esta fuente de fortaleza al reducir la calidad del ‘capital humano’ que se importa.

Un segundo problema es el Estado de derecho. ¿Qué es lo que hace a Estados Unidos tan atractivo para la mano de obra y el capital extranjeros? Una parte de la respuesta es la coherencia y fiabilidad de su sistema jurídico. Cualquier cosa que socave ese edificio, desde la Constitución hasta la eficacia de los tribunales, debilita a la nación. Desgraciadamente, en los últimos años se ha deteriorado: el país ha descendido al puesto 26 del mundo en la clasificación del Estado de derecho de World Justice Project, otro ejemplo de lo que en su día denominé la «Gran Degeneración».

A continuación viene la educación. En el siglo XIX, Estados Unidos se beneficiaba de tener una educación secundaria mejor que la del resto del mundo. En el siglo XX se beneficiaba de tener mejor educación superior. Pero estas ventajas están desapareciendo. Echen un vistazo al último informe PISA si quieren ver hasta qué punto los adolescentes estadounidenses están ahora por detrás en Matemáticas y Ciencias de sus homólogos no solo de Hong Kong y Singapur, sino de Estonia e Irlanda. Echen un vistazo a la breve carrera de Claudine Gay como presidenta de Harvard para ver lo debilitadas que han quedado nuestras universidades de élite por la ideología de «diversidad, equidad e inclusión».

Luego está la sanidad pública. En el siglo XX, los estadounidenses estaban mejor alimentados y vivían más que otros pueblos. Es evidente que esto ya no es así. El Ejército estadounidense tiene cada vez más dificultades para atraer reclutas sanos, de lo extendidas que están la obesidad, las adicciones y otras enfermedades autoinfligidas. .

Después tenemos el despilfarro fiscal. Durante más de veinte años, el Gobierno federal ha aplicado una política fiscal insostenible, con un gasto excesivo y un sistema tributario ineficaz que han provocado que el déficit se convierta en la norma, incluso con pleno empleo, y que la deuda federal aumente rápidamente por encima del PIB total (por no hablar de la deuda no financiada de los programas de bienestar social). Esta es una vulnerabilidad importante, dada la dependencia de Estados Unidos de los inversores extranjeros y de la Reserva Federal para comprar bonos y otras emisiones del Tesoro.

Por último, debemos considerar la legitimidad dentro y fuera del país. Quizá sea más difícil de cuantificar que cualquier otro atributo, pero el ‘poder blando’ es claramente importante en dos aspectos. En primer lugar, es beneficioso que Estados Unidos sea percibido de forma positiva por sus aliados reales o en potencia. En segundo lugar, es crucial que el poder estadounidense sea considerado legítimo por los propios ciudadanos estadounidenses. Si lo primero parece estar más o menos intacto –Estados Unidos sigue siendo mucho más popular en todo el mundo que China–, lo segundo parece más vulnerable a los cambios de actitud de los estadounidenses más jóvenes. Esto podría ser muy importante en caso de un conflicto a gran escala, ya que siempre son los jóvenes los llamados a combatir.

Estados Unidos se enorgullece de ser una democracia, y la frase «líder del mundo libre» todavía se oye de vez en cuando en año de elecciones. En el siglo XX, esto fue sin duda una fuente de fortaleza, ya que las intervenciones estadounidenses en las guerras mundiales, la guerra de Corea y la guerra del Golfo de 1991 contaron con un amplio apoyo político. Sin embargo, desde Vietnam, la relativa impaciencia del electorado ante los conflictos prolongados ha actuado como un freno al poder estadounidense. Da la impresión de que el compromiso de Estados Unidos en el extranjero tendrá una vida media relativamente corta, a menos que (como en Afganistán) los costes sean relativamente modestos y la lucha la lleve a cabo una parte relativamente pequeña de una fuerza totalmente voluntaria.

‘Pax americana’ es otro término para el orden internacional basado en reglas, en el sentido de que las reglas fueron concebidas en 1945 y después principalmente por Estados Unidos, con aportaciones de Reino Unido, la anterior potencia hegemónica anglófona. La lección del orden mundial británico es que los beneficios de la primacía tienen que ser suficientes –y discernibles– para compensar los indudables costes. En cuanto esto deja de ser cierto, se debilita la voluntad política de disuadir a posibles contrincantes, lo que lleva a conflictos mucho más costosos cuando el agresor se arriesga a un enfrentamiento.