IGNACIO CAMACHO-ABC

  • Francia proporciona al sanchismo material para su propaganda de brocha gorda. Alerta antifascista, `barbari ad portas´

La extrema derecha es en buena medida un invento de la izquierda, y en todo caso una respuesta radical a su incompetencia. Y no tanto de la izquierda extremista como de la socialdemocracia que ha ocupado el poder en las principales naciones europeas durante buena parte de las últimas décadas. Por una parte, sus políticas identitarias han olvidado o preterido los problemas de las clases humildes y medias echándolas en brazos del populismo y sus profetas. Por otro lado, ha estimulado sin pudor a los partidos ultras en la creencia de que mermarían las posibilidades de las fuerzas liberales sistémicas. Esa miopía táctica, que comenzó con Mitterrand y su orden de dar cancha en la televisión a Le Pen padre, ha continuado hasta desembocar en la subida electoral holandesa y francesa, favorecida por la inacción de una élite dirigente incapaz de ofrecer respuestas a la crisis migratoria y al descontento popular con procesos de transformación social y económica como la Agenda 2030.

El sedicente progresismo está contento: ha devorado el centro para alzarse con una apretada victoria. Melenchon, ese rancio antisemita posmarxista que jamás habría alcanzado por sí solo una proyección como la que ha obtenido, no se ha visto en otra. Sánchez también se frota las manos ante la perspectiva de una «alerta antifascista» española. El vuelco francés le proporciona material de primera para su propaganda de brocha gorda: que vienen los orcos con sus motosierras rugientes, sus estridencias demagógicas, sus recortes de derechos y sus proclamas xenófobas. ‘Barbari ad portas’. El viejo truco funcionó una vez por los pelos, gracias a la infinita torpeza del PP y su contrastada contumacia en fallar penaltis, y el Gobierno aún cree que puede funcionar de nuevo por más que los supuestos orcos no pasen del diez por ciento, pero tras esta legislatura insostenible parece difícil volver a activar el voto del miedo.

Sirva o no, al sanchismo ya no le queda otro argumento al que agarrarse. El mantra de «la-derecha-y-la-ultraderecha», ahora con Alvise como estrambote, se ha convertido en un elemento central de los discursos oficiales. Los escándalos de corrupción, la amnistía o la precariedad de la mayoría gobernante se han vuelto un lastre que pone en duda la teoría de Pablo Iglesias sobre la imbatibilidad de la alianza Frankenstein, de modo que sólo la invención de un peligro imaginario puede evitar el desastre. Los ingenieros del caos –ese acertado sintagma de Giuliano da Empoli– trabajan a destajo en la promoción de enemigos artificiales a base de transformar enanos en gigantes. El precio es, como en Francia, la destrucción de la convivencia, la división del país en bandos irreconciliables, el desarme del Estado, la quiebra de las estructuras institucionales. Todo eso por lo que una sociedad con salud democrática debería alguna vez exigir responsabilidades.