Carmen Martínez Castro-El Debate
  • Que Zapatero haya llegado a convertirse en el referente de esta izquierda dice poco de él, pero mucho del desnortamiento general de quienes presumen de progresistas

El auto de imputación de José Luis Rodríguez Zapatero ha provocado un curioso fenómeno: la aparición de un nutrido coro de dolientes plañideras que avientan su dolor tanto en las tertulias como en los pasillos del Congreso. A todos les duele lo que está ocurriendo, les duele por Zapatero, por sus hijas, por su esposa, por la secretaria, por el legado, por la Alianza de Civilizaciones, por los contadores de nubes y hasta por los admiradores de Borges. Asistimos a tal derroche de dolor que una no sabe si encomendarse a Miguel Hernández o a Los Chunguitos. ¡Ay, qué dolor, que me duele hasta el aliento!

Sorprende tanto desgarro emocional cuando las andanzas económicas de Zapatero eran un secreto a voces en todo Madrid; lo único que ha ocurrido es que, a consecuencia de una investigación internacional, un juez ha puesto, negro sobre blanco y en un auto judicial, lo que todas esas lloronas sabían y callaban; más aún, lo que se dedicaron a tapar a base de insultos y desprecios a los periodistas que venían alertando de las evidentes corruptelas. No les duele la caída de Zapatero, les duele que ha quedado al desnudo su complicidad con él.

Zapatero ha sido el referente moral de una izquierda amoral, la que abandonó a las víctimas de ETA, a los defensores de la Constitución en Cataluña, a los demócratas de Venezuela y a los olvidados saharauis; ahora han colapsado al descubrir que todas esas renuncias éticas se correspondían con un suculento aumento de la facturación empresarial de su Bambi particular. Gracias a Rodríguez Zapatero, el lado correcto de la historia ha quedado alicatado hasta el techo de empresas pantalla y sociedades ‘offshore’. Nunca se dolieron por su connivencia con la falta de libertades en Venezuela, pero sí se escandalizan ante este abrumador alarde de ingeniería empresarial.

Que Zapatero haya llegado a convertirse en el referente de esta izquierda dice poco de él, pero mucho del desnortamiento general de quienes presumen de progresistas. Cuando el expresidente salió del poder, era un apestado al que nadie quería acercarse. El hombre que aplicó el mayor hachazo social de la historia de España se rehabilitó como ideólogo de la izquierda cuando esta decidió cambiar el discurso de clase por el discurso identitario, cuando abandonó la socialdemocracia por el populismo y cuando renunció a buscar la centralidad de la sociedad española para sustentarse sobre las cesiones al chantaje de las minorías más insolidarias.

Zapatero fue solo la coartada sonriente del guerracivilismo más cainita. Mientras Sánchez no oculta su condición pendenciera, Zapatero edulcoraba sus estupideces marca de la casa con la sonrisa de Mr. Bean. Ante su imputación, los más listos se declaran apesadumbrados y los más tontos arremeten contra la Justicia, pero ninguno quiere reconocer que, mucho antes de las empresas pantalla y las facturas falsas, Zapatero ya era el símbolo del naufragio de una izquierda democrática y comprometida con los valores de la igualdad y la libertad.

A nadie puede extrañar que Gabriel Rufián se haya erigido en la más gritona de todo este coro de plañideras. No es por decepción ni por afecto, es por pura necesidad: como las antiguas viudas de la guerra, él solo aspira a que le pongan un estanco.