Pedro Chacón-El Correo

Por mucho que sus partidarios alaben ahora todo lo que, según ellos, hizo, que si sacarnos de la guerra de Irak, que si acabar con ETA, lo cierto es que ya solo con el vapuleo de esta semana nada volverá a ser igual para José Luis Rodríguez Zapatero. Y parece mentira. Resulta increíble. ¿Tan complicado se le hizo encontrar su sitio entre la ciudadanía normal y corriente, después de ser presidente, que se tuvo que dedicar a hacer cosas raras? Porque no me dirán que no resultaba raro tanto viaje a Venezuela. Para llevar su famoso talante no sería, porque pasaban los años y aquello seguía igual o peor. Es como para acordarse ahora de los famosos aquellos de la ceja. Qué decepción.

Pero lo que peor llevé siempre de los mandatos de Zapatero es lo de la llamada memoria histórica que empezó entonces. Con ella se podía contextualizar todo (ETA, el racismo aranista, la revolución de octubre de 1934), todo, menos el franquismo. Por intentarlo siquiera ya te asimilaban con él. Y a ello, claro, se sumaron entusiásticamente todos los nacionalismos en España y particularmente el vasco, porque con eso se echaba una densa capa de olvido al terrorismo de ETA, que no hace ni quince años que terminó.

Zapatero es el inspirador ideológico de la llamada coalición progresista, que mantiene con respiración asistida al Gobierno de Pedro Sánchez y en la que se encuentran tan cómodos PNV y EH Bildu, y eso es lo que se puede llevar por delante la comparecencia del próximo 2 de junio del expresidente ante el juez que le acaba de imputar. Si no lo hace antes el sumario. Si se confirman y se agravan las razones de la imputación, entonces todo el Gobierno quedará comprometido. Y si Pedro Sánchez no reacciona, que no lo parece, lo único que quedará, al menos por parte vasca, particularmente en el PNV, será hacer valer la prioridad estatal sobre cualquier otra consideración.

Por prioridad estatal, que no nacional ni nacionalista, entendemos aquella que nos lleve a erigir, por encima de cualquier otra, la necesidad de que el Estado se sustente sobre principios asumibles para una mayoría de la ciudadanía. No puede ser que un presidente del Gobierno permanezca en el cargo rodeado de corrupción solo por el hecho de que todos los partidos nacionalistas piensen que cuanto peor le vaya a España mejor les irá a ellos. Se confunden gravemente, pero no por España sino por ellos. No es la nación española lo que estará en juego, no hablamos de España como nación. Hablamos de España como Estado, eso que tanto les gusta siempre recordar a los nacionalistas que es España. Hablamos de un Estado democrático y de unas instituciones comunes viables en las que podamos compartir unos mínimos de convivencia y de productividad. Y si de un Estado se trata, salvemos al Estado si queremos salvarnos todos o vayámonos todos, si no, por el sumidero de la historia.