Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • El Ejecutivo sustenta en las cifras macroeconómicas un discurso triunfal mientras que desde la oposición se prefiere hablar de escándalos

Vivimos un momento raro, en el que la actualidad nos obliga a optar cada día entre una propaganda oficial triunfal, que se autodibuja esplendorosa, a la vez que se queja de incomprensión popular, y una realidad amarga que resume una oposición que prefiere hablar de cualquier escándalo diario antes que de cifras abstractas. En resumen, nos vemos obligados a elegir entre soluciones demasiado diferentes y muy alejadas entre sí. La cosa parece clara, ¿Pero, lo es?

Porque, ¿qué es mejor, un país que crece y mejora la vida cotidiana de todos sus ciudadanos, o un país que crece solamente a efectos estadísticos? Es decir, ¿es preferible un país en el que crece, aunque sea con moderación, el PIB per cápita, o un país en el que crece el PIB nominal, aunque sea el que más lo hace (o casi) en el mundo entero?

Siguiendo este mismo hilo argumental conviene plantearnos si preferimos un país en el que la gente corriente puede llegar sin agobios a fin de mes; en el que los jóvenes pueden emanciparse a una edad razonable y encontrar una vivienda sin miedo a que su financiación les endeude de por vida; en el que el sistema de pensiones se apoye en suelo firme y sus números estén ordenados; en el que las cuentas públicas estén equilibradas y sean previsibles, por conocidas de antemano; un país en el las cifras del paro no estén, trucadas (las cifras de afiliación baten récords de manera mensual, pero también lo hace el pluriempleo, éste de dos décadas, como los fijos discontinuos y los temidos EREs, mientras seguimos en cabeza del paro en la UE) y camuflen datos reales mucho peores… ¿Es mejor todo eso o un país cuyos resultados le permiten al Gobierno sacar pecho de sus supuestos logros, aunque todo ello no sirva para solucionar ningún problema real de la gente corriente?

¿Qué es mejor, que la AiREF nos advierta de que la relación entre el crecimiento del PIB y el aumento del empleo se ha quebrado y de la necesidad apremiante de acometer reformas tan severas como urgentes -entre ellas, una apreciable reducción del gasto público, si queremos cumplir con las normas de Bruselas, como por cierto lo intentó antes Francia y ahora propone Alemania-, o mirar desaprensivamente hacia otro lado, encantados todos los ministros de haberse conocido y sorprendidos todos de lo listos que son y lo mal que les tratamos?

¿Qué es mejor, que el servicio de estudio del BBVA te diga que el crecimiento nominal del PIB se ve empujado por el mero crecimiento de la población, por la apabullante llegada y no bien distribuida de los fondos de la UE y por el disparatado aumento del esfuerzo fiscal al que se somete a la población trabajadora, o pensar que el crecimiento de la desigualdad es un acontecimiento desagradable, pero inevitable, un mero peaje a pagar y el de la pobreza, un accidente en este camino de rosas que nos muestran cada día? ¿Qué es mejor, olvidarnos de que la inversión está colapsada y compromete seriamente nuestro futuro o pensar que el futuro ya lo arreglaremos cuando lleguemos a ese futuro, que seguro será de color rosa?

¿Qué es mejor, pensar que el ‘gran apagón’ fue un acontecimiento fortuito, que no volverá a suceder nunca más y dedicarnos a discutir quién tiene la culpa y quien escaquea las responsabilidades, o acometer de verdad la solución de nuestras carencias energéticas y reconocer, de una vez por todas, que las cosas han cambiado tanto que la fuente nuclear es ya de color verde en la taxonomía europea y debemos proceder de inmediato a la prolongación de la vida útil de las centrales, tenga el coste político que tenga, para quien lo tenga?