Eduardo Mozo de Rosales-El Correo

  • Destaca una enorme falta de previsión frente a un vecino que la aprovecha cuando detecta la debilidad del Gobierno español, enfrentado a EE UU y a sus socios en la UE

No quedamos bien en la foto de Ceuta que dio la vuelta a un mundo asombrado por la veloz entrada en territorio español de 70.000 personas ‘armadas’ con flotador y chanclas. Llueve sobre mojado porque ya había ocurrido en 2021 y estaba cantada su repetición, especialmente desde la sentencia del Tribunal Supremo que excluye la ‘devolución exprés’ en las llegadas a nado. Más allá de la emigración y la geopolítica, aquí hay, sobre todo, una enorme falta de previsión y un vecino que la aprovecha cuando detecta la debilidad del Gobierno español, enfrentado no solo con Estados Unidos e Israel –amigos de Marruecos– sino también con sus propios socios europeos por sus diferencias con las políticas comunitarias de defensa e inmigración.

No resulta fácil manejarse en el Magreb, pero no parece que acertemos. Nadie ha explicado aún el cambio de posición sobre el Sáhara, que nos indispone con Argelia y regala esa baza a Marruecos a cambio de nada. Cada vez que nos desafía miramos para otro lado pensando en el valor conjunto de la relación, para salvar el día a día, porque el presidente critica la reacción europea, pero exculpa al país emisor. Convencido de que la política suave funciona, el Gobierno se relaja y olvida que debe garantizar sus fronteras, que no pueden depender de que moleste la atención hospitalaria en España al líder polisario o visitar Argelia. Como dato, ‘Financial Times’ habla de un juego de astucias que gana el reino alauí. Por ello, quizás, haber extendido la invitación al vecino para organizar la Copa del Mundo pueda acabar en dolor de cabeza.

En este asunto juega también la geopolítica porque hay un nuevo reparto de cartas y Marruecos se mueve bien entre las dos potencias. Además, es el primer país árabe firmante de los Acuerdos de Abraham con Israel, lo que le convierte en aliado de EE UU, que le compensa con el reconocimiento del Sáhara y millonarias inversiones, de la mano de su actual embajador, amigo personal de Trump y buen conocedor de España por haber estado acreditado en Madrid. Para Rabat, que tiene además buena relación con China, pinta bien esa nueva geopolítica y ya circulan hipótesis sobre una operación de inteligencia a varias bandas.

Existe también un claro componente de emigración, porque la frontera sur de Europa presenta la mayor diferencia religiosa, cultural y económica del mundo y está en África, donde la demografía se dispara, lo que nos obliga a hilar fino para lograr el apoyo europeo en el empeño. Justo lo que no tenemos, porque la UE sufre con la llegada de inmigrantes y se desespera con una ley garantista que hace inviable el retorno de los que entran de manera ilegal.

Conviene recordar que es el ciudadano comunitario el que exige un cambio legal, que llega tras un largo debate y que choca con nuestra regularización percibida como una validación de la emigración irregular. Tras el asalto a Ceuta, 22 socios europeos firman un documento que relaciona la regularización con la invasión, por su eventual ‘efecto llamada’. En ese texto urgente dicen lo que piensan, aunque luego la diplomacia lo suaviza, cerrando filas con España y negando tal vinculación. Europa debe ser solidaria en el Estrecho, pero nos toca alimentar antes ese apoyo porque las diferencias de criterio se gestionan, pero no se escenifican, como puede haber ocurrido últimamente.

Finalmente, cabe preguntarse quién sale beneficiado y quién perjudicado de la crisis. Pese a las decenas de muertos, parece resultar fortalecido Marruecos, que deja claro quién manda en la frontera y explora, para el siguiente empujón, las reacciones de Europa, España y EE UU, donde Trump se sube al carro y pone el episodio de ejemplo de lo que puede pasar en su país si ganan los demócratas.

España es la gran perdedora, con su imagen por los suelos porque, aunque hubiera retornado a los 70.000 magrebíes, que no es el caso, la debilidad está ahí. Tampoco salen bien paradas sus comunidades autónomas porque sus capacidades están saturadas y no se trata solo de repartir sino de acompañar luego con educación, formación y empleo para que la integración sea posible y no una bomba de relojería, especialmente con los menores. La crisis quizás abra un debate sobre la conveniencia de intentar primero la reunificación familiar, lo que Marruecos debería favorecer. Tampoco queda bien Europa, que estrena marco legal y a la primera de cambio se presenta dividida. Y los dos grandes perjudicados: la ciudad invadida, que sigue pidiendo auxilio, y la juventud marroquí que se juega la vida en el intento.

El retorno de la mayoría de los magrebíes a su país y la diplomacia suavizan la tensión, pero quedan flotando en el aire la fragilidad de la frontera, una regularización a la contra y la debilidad de un Gobierno que, tras explicar la crisis, debe leer la nueva situación geopolítica del vecino para gestionar mejor sus amistades y combinar la suavidad con la firmeza. La frontera depende hoy de un tercer país que no reconoce esa soberanía.