FÉLIX OVEJERO-EL MUNDO

La irrupción de Vox ha desatado un inacabable furor interpretativo. Contención. La especulación en torno a las elecciones es un género sin mérito. La semana anterior porque se puede decir cualquier cosa. La posterior porque, al pronto, es puro panglosianismo: caben infinitas conjeturas compatibles con los resultados.

A la espera de las investigaciones afinadas, que poco tienen que ver con la ilusión de ciencia de tantas precipitadas lecturas estadísticas, sólo cabe cultivar el modesto análisis de los mimbres ideológicos. Sin arriesgar mucho, cabe reconocer en Vox tres vetas ideológicas. La primera entronca con la Democracia Cristiana clásica, vaciada, eso sí, de aquella decoración socialdemócrata que se dio en llamar «doctrina social de la Iglesia». La segunda avecina a Vox con los populismos de derechas europeos que, de la peor manera, han explotado el reto de la inmigración. La tercera, al nacionalismo español.

Si hacemos caso a los estudios, las vetas meapilas y estrictamente xenófoba conceden a Vox un recorrido electoral limitado. Sobran los indicadores. España es uno de los países europeos que aceptan con más naturalidad emparentar con musulmanes y, en lo que atañe a usos y costumbres, somos la Ibiza de los sesenta. En la fuente del nacionalismo, en principio, tampoco habría mucho que rascar: entre los europeos somos los últimos de la lista a la hora de considerarnos superiores a los demás.

Así las cosas, cabría pensar que Vox no llegará lejos. Pero por ahí asoma la gran diferencia española. En «los países de nuestro entorno» nadie con relevancia política coquetea con la destrucción del Estado ni se dedica a blanquear a quienes aspiran a levantar fronteras sobre bases identitarias. Aquí es diferente. Nuestra izquierda, administradora del copyright de las buenas causas, no ha hecho otra cosa. Esa es nuestra genuina originalidad: la ausencia de una izquierda comprometida con la unidad nacional, esto es, crítica con el nacionalismo.

La evolución de Podemos resulta elocuente. Su regenerador proyecto inicial se ha quedado en una vacua palabrería republicana, que lo único que muestra es su ignorancia acerca de en qué consiste el republicanismo, y en la reivindicación «de la libre decisión de los pueblos», una reclamación, esta sí, bien precisa. Si se asume ese punto de vista, es natural oponerse a la tarjeta sanitaria única. Después de todo, se está defendiendo el derecho a descolgarse de la comunidad de distribución. De hecho, en la medida que se contempla desmontar el Estado, por implicación lógica, se está por acabar con el Estado del bienestar: la existencia del Estado es su condición de posibilidad.

Quien defiende esas ideas no puede, consistentemente, invocar la igualdad. En realidad, ni siquiera podrá criticar las vagas apelaciones de Vox a nuestra identidad quien está dispuesto a practicar políticas bien reales de discriminación lingüística. Y en eso andan tanto Podemos como PSOE en las autonomías en las que gobiernan con nacionalistas, esto es, con partidarios de discriminar entre españoles en virtud de su identidad.

Si queremos comparar el peso de Vox con el de sus equivalentes europeos, no podemos obviar la mayor distorsión de nuestro paisaje político: la ausencia de una izquierda antinacionalista. Sospecho que el voto de Vox, restados los apoyos derivados de esa circunstancia, desnudo, se queda en bien poco.

Si mi conjetura es cierta, a sus impagables méritos nuestra extravagante izquierda debería añadir el de haber contribuido a normalizarnos con la peor Europa, a acabar con nuestra mejor singularidad.