Pablo Martínez Sarracina-El Correo
- Una precampaña prodigiosa. Por ejemplo: el PNV nunca lo haría, pero vota a favor
Aitor Esteban dijo ayer que lo de aprobar en la Diputación Permanente del Congreso un decreto de vivienda que fue derogado por la mayoría de la Cámara días antes de su disolución no es bonito. Ni deseable. Tampoco ortodoxo. «Nosotros no lo hubiéramos hecho», garantizó el presidente del PNV. A continuación, confirmó que votarán a favor del decreto. Lo dijo antes de un acto solemne en Gernika en el que se celebró al lehendakari Aguirre como «brújula moral». La imagen aparece sola: una brújula con la aguja girando desquiciada. En términos morales, Esteban podría haber resumido la posición de su partido así: «Esto no es lo que debe hacerse y yo desde luego no lo haría -lo digo así de claro-, pero, como depende de mí que al final se haga, voy a permitirlo por coherencia y responsabilidad».
Ayer, en la Casa de Juntas, el PNV reformuló la ley kantiana: el imperativo es categórico excepto si depende de uno mismo. No es el menor de los prodigios provocados por un adelanto electoral estratégicamente lanzado en torno al tema de la vivienda. Sucede en un país que aprobó hace tres años una Ley de Vivienda justo antes de otras elecciones, en aquel caso autonómicas. «¡Si no lo hacen por compromiso que lo hagan por electoralismo!», clamó en un mitin la exministra Belarra, refiriéndose a sus por entonces socios del PSOE. Pese a las prisas, aquella ley se celebró como histórica y sin precedentes. Ponía coto a la especulación. Tres años después, el precio de los alquileres se ha contenido en las zonas tensionadas pero lo ha hecho a cambio de que los pisos escaseen. Si hacerse con uno era complicado, ahora es más bien imposible. Tras la entrada en vigor de la Ley de Vivienda el mercado de alquiler se ha reducido en la mayor parte del país mientras el precio de los pisos en propiedad sigue disparándose. Que los parches a la ley ineficaz lleguen transformados en puro cálculo demoscópico antes de otras elecciones confirma, tal vez, lo del eterno retorno. Que vayan a provocar una huelga general impulsada por el Gobierno es el sueño de un guionista cómico. Incluso en los términos de la reivindicación se advierte el fracaso colectivo: en el 15-M los indignados hablaban de hipotecas, mientras que los jóvenes hablan hoy en las plazas de alquileres y caseros. Vivir en la habitación de un piso compartido no es para ellos una aventura universitaria sino un horizonte vital. Y de pronto está claro lo que debe hacerse, que no es construir pisos sino relatos. La decisión de abordar un problema decisivo sepultándolo en propaganda parece cada vez más firme.
Argentina
Drones para Leo
Messi jugó su último partido con la selección argentina en el estadio de River Plate. El país paralizado, imagínense. Un lema omnipresente: «Gracias, Leo». El partido fue contra Benín, Argentina ganó por 3 a 0 y Messi marcó de penalti. En el minuto 10 el árbitro paró el juego y el Monumental ovacionó al ídolo entre fuegos artificiales. Antes el himno lo había cantado un excombatiente de Malvinas. En el suelo, la pancarta que los jugadores mostraron en la semifinal del Mundial contra Inglaterra. Tras el partido, llegó el momento de que el capitán hablase. En la memoria colectiva el discurso de Maradona en su despedida de Boca: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha». Menos dotado para los errores históricos y las frases épicas, o viceversa, Messi dio mucho las gracias y pidió apoyo para la selección. Fue la tercera vez que lloró. Ya lo había hecho al llegar al campo y al escuchar el himno. El colofón de la noche fue un espectáculo de drones. Se apagaron las luces, Messi se juntó con los muchachos y todos miraron al cielo: un montón de ojos brillantes elevándose hacia la noche de Buenos Aires. «Mirá, los drones, no se puede creer, extraordinario», comenzó el locutor. Y lo primero que hicieron los drones fue componer el nombre de la aseguradora que patrocinaba el despliegue. Noventa mil personas abucheando en el Monumental. Sabemos de los enormes destrozos que los drones pueden causar en el campo de batalla, pero -háganme caso- es en las exhibiciones donde se demuestra su maldad intrínseca y su peligrosidad realmente extraordinaria.