Pedro García Cuartango-ABC

  • Nadie fue capaz de imaginar que 70.000 personas cruzarían la frontera de Ceuta, provocando una crisis humanitaria y política que ha desbordado al Gobierno

Sentado en mi terraza frente al mar, he intentado este verano hacer un ejercicio sobre lo que nos aguarda el próximo curso. Pretendía responder a las preguntas que me hacen muchas personas sobre el porvenir inmediato de este país y, en concreto, sobre la fecha de las elecciones. Pues bien, no tengo ni idea.

Pasados los 70 años, sé por experiencia que el futuro, a diferencia de los eclipses, es totalmente imprevisible. Nadie fue capaz de anticipar la caída del Muro de Berlín, los atentados de las Torres Gemelas, la crisis financiera de 2008 o la devastadora pandemia. De improviso, surgen ‘cisnes negros’ que lo cambian todo.

Esta sensación de incertidumbre se ha agudizado al leer estos días ‘Koljós’, el libro de Emmanuel Carrère, en el que evoca la figura de Hélène, su madre, académica, historiadora y reputada experta en temas soviéticos. El libro ilustra esa frase de Tolstoi que dice que «todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».

Hélène Carrère d’Encausse, autora de media docena de textos monumentales sobre la historia del Imperio soviético, se cansó de asegurar que Putin jamás invadiría Ucrania, apelando a su conocimiento directo del personaje y a su pragmatismo. No hace falta decir que tuvo que tragarse sus palabras. Lo que demuestra no sólo que cualquiera puede equivocarse sino que, sobre todo, es imposible prever el futuro. El factor humano, el azar y las circunstancias pueden provocar catástrofes que nos cambian la vida.

Esto es extrapolable a lo que está sucediendo en este mes de agosto. Nadie fue capaz de imaginar que 70.000 personas cruzarían la frontera de Ceuta, provocando una crisis humanitaria y política que ha desbordado al Gobierno. Miles de menores siguen vagando por las calles del enclave sin que nadie parezca capaz de resolver este drama.

Hasta ahora pensábamos que el Estado podía proteger las fronteras, pero es evidente que no. Mohamed VI no tiene más que mover un dedo para impulsar otra avalancha similar. Resulta muy difícil creer que el Ejército y la Guardia Civil podrán evitar que lo sucedido se repita.

La vulnerabilidad de Ceuta y Melilla es una metáfora de la fragilidad de nuestro tipo de vida, basado en certezas amenazadas por la globalización, el cambio climático, los fenómenos migratorios y otros muchos factores que escapan a nuestro control. No deja de resultar paradójico que, a pesar del gran salto tecnológico, nuestras existencias sean hoy más inseguras que hace medio siglo.

No es sólo que no sepamos cuándo van a ser las elecciones. Es que no sabemos nada acerca del mañana. Ni siquiera sabemos lo que no sabemos y menos lo que no sabemos que no sabemos. Nos queda disfrutar de los atardeceres de este verano que ya se acaba con la conciencia de la incertidumbre que forma parte de la condición humana.