José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • Presencias extrañas, paseantes inesperados, intenso brujuleo policial: algo raro y conspiranoico está pasando en el plácido ferragosto del territorio Almeida

Adivina quién viene esta noche. Una extraña psicosis ha invadido Madrid. De pronto las calles se han llenado de gente con pinta de top manta. Apenas tal fenómeno se veía ya por aquí, era cosa de BCN desde Colau o de los paseos marítimos del levante turistón. Pues ha vuelto por los madriles, quizás por las fiestas chulaponas, la Paloma, lo castizo, los minutejos, el mantón de la china y el chotís. Pero no. Estos curiosos comerciantes, que se parecen todos a Yayá Touré, no venden nada. Pululan mansamente por las avenidas, los bulevares, los parques, sin género que ofrecer, ni transacción que cerrar. Están por ahí sentados en los bancos, silentes y a la sombra, como esperando algo. ¿Que les fiche Florentino? Ya tiene a Diomandé, que es de aquella zona y costó casi tanto como los mañaneros de TVE.  “Entonces, ¿qué es todo esto, qué está pasando?”, se inquiere abrumadoramente en las redes. “No es ni medio normal”, sentencia el cuñado, caña en mano, acodadito en la barra. ¿De dónde han salido?

Será por las fiestas

Se advierte también un intenso brujuleo de autos policiales, una vigilancia que se antoja desmedida, en especial porque Madrid en Agosto no es Pamplona en los Sanfermines, ni Málaga en feria. Por aquí no atracan flotas de cruceros escupiendo hornadas de guiris a mansalva.  Aquí más bien hay viejecillos con cayado, vecindonas de carrito y mercadona, alguna gente de provincias rumbo a Alicante, mucho pinche (cocinero) filipino y pare de contar. ¿A qué tanta poli por ahí deambulando, a todas horas? Es por las fiestas, insiste el prudente conserje de un portal de Leganitos, que se las sabe todas. La poli vale pero, ¿y tanto subsahariano, como ahora le dicen a los negritos? ¿No le llama la atención? El conserje, ahí sí, asiente, y coincide en el diagnóstico. Raro, raro…

Ha estallado el llamado ‘síndrome del Tarajal’, que algunos han bautizado como ‘la psicosis de la caballa», pues así llaman a los originarios de Ceuta. El pez es hermoso pero el apodo no. El ferragosto madrileño se ha tornado conspiranoico. Algunos episodios ocurridos estos días al otro lado del estrecho  ponen los pelos de punta. Una señora de 80 años se encontró en la cama con un visitante inesperado recién emergido del asalto marroquí. La gente no puede salir a pasear el perro por su ciudad. Se han agotado los espráis de pimienta, las chicas no pisan la calle salvo acompañadas de hermanos, primos o amigos. La chiquillería tiene vetado ir a los parques porque están rebosantes de estos alegres peregrinos. Hay registradas una docena de violaciones y agresiones sexuales (las no denunciadas parece que son algunas más) y los tenderos no levantan el cierre o han reforzado el local como si fuera Fort Apache. Quizás alguna escopeta tras el mostrador.

Ceuta, ciudad invadida, cerrada y humillada. A Marlaska le preocupa bien poco porque, a su parecer, la plaza vive una situación de ’casi normalidad’. Diez mil asaltantes siguen en la zona. Cinco mil dice el indecente de Interior. Casi cuatro mil menas que no se pueden devolver dado lo farragoso del proceso. Hay que esparcirlos por las autonomías del PP. Y unos seis mil entre marroquíes que no piensan regresar porque quieren ser Brahim y debutar en el Bernabéuy gente de Senegal, Mali y de por ahí que espera dar el salto a la península en busca de la regularización exprés del gobierno de acogida, open arms pero en tu casa, nene.

Ridículo refuerzo policial

Ya están llegando, chamullan las comadres madrileñas a la que ven por las calles a algún paisano oscurito que no tiene pinta de ser de Soria. Fletan pateras desde Ceuta hasta Algeciras con gente de la invasión, se desvela ahora en los medios. El segundo salto está en marcha. Está cruzando el estrecho y sube y sube. ¿Qué narices pinta esta gente en Ceuta donde ya no cabe y no hay de ná? ¿Y para qué volver a su país de origen, llanto y miseria? “Viva Pedro”, coreaban al poner el pie en la playa del Trampolín de donde no piensan salir salvo rumbo a la tierra prometida.

No será Marlaska quien se lo impida. Dice que hay 800 policías en la ciudad tomada. Será si cuentas al lechero y al limpia. Apenas hay 200 antidisturbios (33.000 efectivos de desplegaron para el eclipse, cosa seria) y ha expedido ahora a otros cincuenta por si llega la avalancha de la Virgen, o sea, la del 15 de agosto, tan pregonada que se quedará en nada. Estas cosas no se anuncian, como bien sabe Mohamed. Así lo hizo en 2021 y acaba de repetirlo ahora, a lo bestia. Al ministro del Interior solo le falta abrir las puertas e invitar a sus huéspedes a un ronda mientras preparan su ruta hacia la Península.

De ahí el pasmo y el mosqueo madrileño ante la sombra creciente de estos visitantes inesperados, estos sorprendentes forasteros que brujulean entre el Retiro y la Casa de Campo, se acercan hasta Serrano y se acomodan por Chamberí. Algunas señoras, en cuanto divisan a un joven con andares como de Camerún ya se persignan. Como en pandemia cuando pasaba una ambulancia. Ese temor reverencial ante lo desconocido. Sánchez ya ha entregado la histórica ciudad a cambio de los secretos del Pegasus.  Nadie imagina el límite de este tipo. Hasta ahora sólo se ha visto el envoltorio. Falta por descubrir el verdadero rostro del abismo. Tal ocurrirá antes del próximo eclipse (agosto). Eso sí, estamos aún a tiempo de cambiar la historia de este país antes de que se lo lleven los demonios.

El Falcon y los amigotes

Los ceutíes se sienten más abandonados que los afganos con Biden.  Cunde el espíritu de la desbandada. Los jóvenes que estudian en Málaga, Sevilla, Madrid, buscan la forma de no volver a casa, de idear una vida alternativa. El presidente, incapaz de montar un mando único que afronte la emergencia más grave vivida en España desde el golpe del 17,  activa la pasarela de ministrillos bobales por la ciudad asaltada para que se hagan fotitos junto a Vivas, mientras él sigue de vacaciones, chuleándose en bañador por las playas de La Mareta, con sus padres, sus hijitas, su imputada consorte, sus cuñados, sus amigotes, sus invitados, sus 150 policías, sus tres lanchas de buceo de la Guardia Civil, su Falcon, sus autos a tutiplén, sus chóferes, asistentes, secretarias, mayordomos de uniforme, sus ágapes de lujo,  y su vidorra de sultán. “Trata a la gente como focas amaestradas”, susurraba Bacall sobre Bogart en El sueño eterno.

Pero todos tranquilos, que diría Bolaños mientras ordenaba silenciar al reportero que osó deslizar una preguntita en un acto, cerca de su playa de Mojácar, para vender un trenecito de Puente de los que no andan.  El nutrido despliegue policial en territorio Almeida no es por la llegada masiva de visitantes del sur, ni por la detección de los primeros síntomas de la réplica de la invasión. Los ocupas de Ceuta no están todavía aquí. No hay que rendirse a la ‘paranoia Mohamed’, la venganza de los siglos. Es por las fiestas. Ya lo irán notando. Poco a poco, a poco a poco.