Cristian Campos-El Español

Ysi desaparecen todas las lenguas menos una, ¿qué?

Cuál en concreto sea esa koiné final me da igual. Por un tema de comodidad personal yo preferiría que fuera el español, que ya me lo sé. Pero, por lo demás, me es indiferente. ¿El tagalo? El tagalo. ¿El portugués? El portugués. ¿El coreano? El coreano.

Lo probable, en realidad, es que esa koiné final (que no veremos ninguno de los que hoy estamos vivos) sea una amalgama de varios idiomas dominantes, algo así como el interlingua de Blade Runner. Eso es lo que ocurrió de hecho con la koiné original, el griego, que se formó a partir de la mezcla de varios dialectos regionales.

Pero vayan ustedes a saber.

Cuando se dice algo así, de inmediato aparecen los venerajerigonzas. Ya saben, los de “las lenguas son cultura”.

Aparecen también por ahí los de “estos franquistas nos quieren exterminar”. Son esos que ven un pelotón del Ejército de marcha por Collserola y llaman a La Vanguardia, después de atarse los zapatos con triple nudo, para advertirles de que la invasión de Cataluña ha comenzado.

Incluso aparece por ahí algún acólito de la hipótesis de Sapir-Whorf, que dice que la lengua determina el pensamiento. Es decir, que un japonés y un español no tienen el mismo concepto de la nieve, o de los perros, o de los tomates, porque ambos utilizamos palabras distintas para nombrarlos.

Lo de Sapir-Whorf es una barbaridad sin relevancia más allá de los departamentos de filología que viven de defender su versión débil (la fuerte es demasiado esperpéntica hasta para ellos). Pero al menos dio para una notable película de marcianos: La llegada.

En realidad, la idea de que la lengua determina nuestro pensamiento es la tesis racista por excelencia. Si eso fuera cierto, habría lenguas que dotarían a sus hablantes de capacidades intelectuales diferentes a las de sus vecinos.

Y por eso los nacionalismos defienden a Sapir-Whorf. Porque cuando el nacionalismo dice diferentes quiere decir mejores. Y cuando dice que su lengua le permite soñar en vernáculo, lo que está diciendo en realidad es que él sueña mejor que tú, que roncas en barbárico.

Aquí hay que explicar también que todas las lenguas son el producto del exterminio de cientos de lenguas anteriores, a las que se han impuesto por la fuerza.

Como decía Pedro Gómez Carrizo en el artículo El tótem de la diversidad lingüística publicado en EL ESPAÑOL:

“También esas lenguas minoritarias ‘en peligro’ que ahora tanto protegemos como uno de los tesoros culturales más preciosos son ellas mismas el resultado exitoso de la eliminación de cientos de lenguas, dialectos o variedades lingüísticas. Por poner un ejemplo, si algún día se consolidase el extremeñu o castúo, sería a costa de vampirizar el futuro de dialectos como el barranquenhu, el sayagués o el habla del Rebollar, frustrando la esperanza de la gente que espera vivir de ellos”.

Así que descartado el relato moralista (la lengua “de arriba” que extermina la lengua “de abajo”), sólo queda el argumento de “todos seríamos más cultos si habláramos más lenguas”.

Aquí he de recurrir de nuevo a Pedro Gómez Carrizo:

“En el grado cero de evolución, cada homo sapiens hablaba un idiolecto. En la medida en que logró hacerse entender, es decir, compartir código con un receptor, nació la primera lengua. Los seres humanos partimos de ese caos de lenguas y fuimos creando cultura a medida que pusimos orden, reduciendo la entropía primigenia. Así, los intercambios entre los pueblos y el progreso fueron eliminando esa diversidad. Porque la diversidad de las lenguas no es fruto de la comunicación, sino del aislamiento. No es fruto de la cultura, sino del analfabetismo”.

Hablar más lenguas no te convierte en una persona más culta. Te convierte en alguien que se ha visto obligado a aprender varios códigos distintos para expresar una misma realidad. Es un desperdicio de tiempo y energía que los humanos podríamos emplear en cosas mucho más útiles, como encontrar la cura del cáncer o ver series de HBO.

La diversidad de lenguas es un fracaso civilizatorio. Si es que entendemos que el fin último de la comunicación es comunicarse, no encontrar 7.000 maneras de distintas de describir lo mismo, como si fuera un reto de TikTok.

Qué pereza dan aquellos que dicen que las lenguas son cultura, no herramientas. No hay inculto al que no se le caiga de la boca la palabra cultura a cada paso.

Las lenguas no son cultura, sino un código de signos aleatorios sin relación ontológica con los objetos y las acciones que describen. Las lenguas son artefactos de obsolescencia programada.

En cuanto a la afirmación de que la diversidad de lenguas es valiosa por sí misma, ¿qué decir? Tan lamentable es esa perspectiva que hasta cuenta con su propio mito bíblico, el de la Torre de Babel.

Ni siquiera entro en el asunto de la utilización política de las lenguas para generar el conflicto civil entre compatriotas. Ese era, de hecho, el objetivo del Dios de la Biblia cuando erradicó la lengua única y condenó a la humanidad a la multiplicidad de lenguas: dividirnos y enfrentarnos como castigo por nuestro pecado de soberbia, plasmado en esa torre con la que pretendíamos llegar al cielo.

Eso son las lenguas en la Biblia. No un regalo, sino un castigo por pretender ser más sabios, por creernos iguales los unos a los otros. Las lenguas nos rebajan y nos condenan al suelo, a la ignorancia, a la guerra. Cuantas más lenguas hablemos, más humanos seremos. Más inferiores respecto a Dios.

En la Biblia, en fin, las lenguas son la semilla del conflicto. Tampoco es tan difícil de entender, la metáfora.

Cada dos semanas muere una lengua minoritaria en el mundo. A finales de este siglo habrá desaparecido el 50% de las 7.000 lenguas que existen hoy en el planeta. Si esa lengua ha producido algo de valor, ese algo sobrevivirá expresado en otra lengua.

Y si desaparecen todas las lenguas, pues adiós muy buenas. Como decía aquel, “algo hablaremos”. No tengan ninguna duda.