Estefania Molina-EL CONFIDENCIAL

  • La dirección del Partido Popular de Pablo Casado parece estar tomada por el mal de que en la actualidad importan más los climas de opinión momentáneos

La dirección del Partido Popular de Pablo Casado parece estar tomada por el mal de que en la actualidad importan más los climas de opinión momentáneos, los tuits y los titulares que la construcción de un proyecto político coherente y renovado para un centroderecha en apuros ante un Vox galopante. Eso es así porque dar “presidenciabilidad” a un partido que aspira a fuerza de Gobierno no es flor de un día sino que pivota sobre la lógica de una estructura de ingeniería entre pesos y contrapesos, de objetivos y mensajes claros que el PP en la actualidad no goza.

 El último ejemplo ha sido la reanudación de las negociaciones para la renovación del CGPJ y otros órganos, tras las elecciones catalanas –casualmente– pese a que ahora siguen en punto muerto. El PP ha sembrado con ello dudas sobre su alternativa “regeneradora”, que los populares decían representar, ya que como expliqué aquí el PP parece emular la estrategia de José María Aznar en 1996 de ser la alternativa al desgaste del PSOE felipista. En Casado eso se traduce en cavar una zanja poniendo pie con pared con Vox y ofreciendo un proyecto reformista ante un eventual deterioro de la amalgama de Sánchez junto a sus socios plurinacionales.
 Sin embargo, en el debate público ha calado más el veto a Podemos que la exigencia de que la fórmula de elección de los vocales fuera cambiada por un criterio de despolitización de los órganos. Y es que a menudo los populares parten del prejuicio de que el presidente del Gobierno solo depende del márquetin o del regate, como en este caso, mientras la realidad es que la estrategia del PSOE pivota sobre tres pilares que no tiene el PP, y de los que debería tomar nota.En primer lugar, la revitalización de un partido centenario, capaz de acabar con Ciudadanos y hundir a Podemos para ensancharse del centro hasta la izquierda; el segundo, ocupar el máximo poder territorial para asegurarse la Moncloa (Cataluña, Andalucía…); tercero, dar alas a Vox mientras mantiene al PP alejado de visualizarse como una formación presidenciable. Y para todo ello, tan necesaria es la mirada estratégica como la inmediata.

Porque para frenar su desaparición en regiones clave, además, el PP debe dejar de entender España como un único feudo electoral y asumir que las asimetrías entre sus barones no son un drama sino una ventaja que permite al PP consolidar poder territorial en vista a unas elecciones generales. Eso es así por el proceso de federalización creciente al que asiste nuestro país en el terreno del relato político.
El ejemplo es el PSOE. Para Ferraz es perfectamente posible compaginar un Emiliano García-Page, que cala en un electorado más conservador de Castilla-La Mancha, con un Pedro Sánchez que busca merendarse a Unidas Podemos en una retórica de la que ambos socialistas salen beneficiados.Pero hasta ahora algunas voces del centroderecha obligaban a elegir entre la dualidad que supone una Isabel Díaz Ayuso, de arraigo más liberal en Madrid, frente a un Alberto Núñez Feijóo, ‘galleguista’ en Galicia. Sin embargo, ambos barones ganan enteros en sus respectivas comunidades. Ayuso no ha sido arrasada por Vox. En Galicia, Feijóo es el regionalismo de orden que aparta al PSGa del poder desde hace lustros. Es más, ¿acaso no busca Ayuso despertar una suerte de indentitarismo madrileño?

 Sin embargo, pareciera que el “galleguismo” en Cataluña no habría funcionado, según Cayetana Álvarez de Toledo, porque el PP catalán de Alejandro Fernández se estrelló el pasado 14-F en Cataluña con la campaña “regionalista”. Los populares se lanzaron hacia una presunta masa de votantes del llamado sector “catalanista moderado”. Casado enmendó la plana a Rajoy con el 1-O, propuso un nuevo modelo de financiación, contó con la presencia de Ayuso para avivar los ánimos de los hosteleros y fichó a personalidades de la antigua Unió.
Ahora bien, la realidad es que el fracaso se debe a más elementos –y ello se combina con otros estructurales y de largo plazo–. En primer lugar, en una serie de comunidades, el “partido de orden” es un lugar ya ocupado por otras formaciones. El PNV en Euskadi es el principal ejemplo: los nacionalistas vascos son a ojos de muchos ciudadanos el voto refugio o el llamado “voto útil” para detener a Bildu, y eso deja escaso margen al PP. De hecho, el que buscó ser el “partido de orden” en Cataluña, aprovechando el desplome de Ciudadanos, fue el PSC. Ocurre que los socialistas catalanes ya no son los mismos que los de hace 10 años, sino que ahora están pasados por el tamiz del impacto de Ciutadans.
 La campaña del PSC de Salvador Illa se definió más por lo que calló que por lo que dijo
 Muestra de ello es que la campaña del PSC de Salvador Illa se definió más por lo que calló que por lo que dijo. Se centró en recoger el voto de Inés Arrimadas con llamamientos al orden público, a pasar página y a negar cualquier posibilidad de pacto con ERC –aunque sin ella no le dieran los números–, siendo las apelaciones a las mesas de diálogo casi inexistentes. Ello, junto a un Vox recibido a pedradas por los independentistas, hizo el resto para el hundimiento del PP.
 Sucede que, con los sondeos disparándose en breve para Santiago Abascal, las siguientes elecciones clave para el PP serán en Andalucía. Y si el PP no pergeña una estrategia razonada, el botín del previsible desplome de Cs puede ir a Vox y PSOE, como hasta ahora.
Con todo, el 14F también ha puesto de relieve la escasa autocrítica de Génova 13. Plantear la renovación de la sede pareciera más una cortina de humo que una revisión profunda del proyecto, que el PP va a necesitar tarde o temprano visto el calendario judicial que le acecha. No solo es el tema Bárcenas. En breve será también la comisión del caso Kitchen en el Congreso, con el latigazo que ello le propinará en el debate púlico.

Ahí emerge la tercera pata del proyecto, y es el desgaste del propio PP como marca y como ideario. El fantasma del “España Suma” vuelve a colear con más fuerza porque, de hecho, la reunificación del centroderecha se ha iniciado por la vía orgánica –Lorena Roldán de Cs a PP; Ángel Garrido, de PP a Cs–, el experimento de PP+Cs en Euskadi. Además, el pánico en las filas de Arrimas solo puede ir ‘in crescendo’. Ahora bien, los populares deberían preguntarse qué les aportaría hoy un partido como el naranja, que en cuestión de cinco años podría haber desaparecido del mapa como un plumazo.

A la sazón, publicaba ‘El Mundo’ el 15 de febrero que un barón sugirió la necesidad de un “Iván Redondo” para el PP nacional. Pero antes Casado debería asumir de antemano que una de las virtudes del tándem Sánchez-Redondo ha sido transformar ese PSOE centenario, cuyo proyecto parecía agotado en 2015, en un nuevo partido con unas nuevas lógicas de comprensión de la realidad política, que no solo van más allá del clima de opinión sino que se enraízan en una estructura profunda de poder y alejamiento del adversario. Y no es que eso le vaya a servir al PP para llegar al poder, sino para sostenerse como alternativa por si un día lo alcanza. Ese es el reto del centroderecha y de Casado.