Los británicos más egoístas de la historia

JOSÉ MARÍA MICHAVILA Y DANIEL DE FERNANDO – EL MUNDO – 19/07/16

· Los autores sostienen que el lamentable despropósito del referéndum convocado por Cameron, con la intención de reforzar su posición política personal, es el mayor error de un líder democrático de las últimas décadas.

El 10 de mayo de 1940 Winston Churchill juraba como primer ministro del Reino Unido. Europa estaba en dificultades. El pueblo inglés contaba con un líder que forjó un Gobierno de concentración. La nación antes que los partidos políticos. Unidad como respuesta ante los problemas. Y unidad generosa con Europa hasta entregar la sangre de miles de sus jóvenes en las playas de Francia. Pero, además de armas y soldados, el pueblo inglés también hizo una apuesta política tan generosa como desconocida.

El Parlamento británico aprobó el 16 de junio de 1940, casi por unanimidad, una propuesta del primer ministro. Lo aprobado suponía crear entre Francia y Reino Unido una única nación, con un único pueblo soberano, un único parlamento y un único Gobierno. Ante momentos de dificultad Churchill hizo lo que hace un líder: acudió al Parlamento. Y el Parlamento hizo su trabajo. Y dio la respuesta que da un pueblo sensato a través de sus representantes: en tiempos de dificultad hay que apostar por sumar, por unir y asumir los sacrificios que esto suponga.

Ahora Europa pasa por tiempos difíciles. Pero el pueblo inglés no ha tenido un líder que haya acudido al Parlamento. Ha triunfado la estrategia del egoísmo. El lamentable despropósito del referéndum convocado por Cameron es, sin duda, el mayor error de un líder político democrático en las últimas décadas. Y es un error fruto del egoísmo, de querer reforzar una débil posición política personal acudiendo a la demagogia de que serán las bases o el pueblo quien decida por él. Y el pueblo ha respondido con la misma receta, la del egoísmo. La respuesta de no acepto sacrifico alguno, no vaya a ser que el yo/me/mí/conmigo salga perdiendo. Mejor la separación que la Unión. Los ingleses han vivido cómodamente más de 40 años de prosperidad con su ambigua permanencia en la UE.

Su postureo institucional les permitía tomar unas cosas de la Unión y salirse de la foto en otras. Y también hacía posible la convivencia entre los propios británicos, los que están más a favor de la modernidad y la integración en Europa, con quienes se sentían veterobritánicos, nostálgicos del viejo imperio victoriano y que no podían entender que haya nación alguna que les hable de tú a tú. Bastante tienen los inventores del fútbol con ver que en otros lugares son capaces de hacerlo igual o mejor que ellos como para tener que ir a Bruselas a negociar algunas cuestiones esenciales de su propia nación.

Las urnas del referéndum han dado un mazazo a esa cómoda etapa de convivencia en la Unión Europea y han dejado fracturado el Reino Unido por tres ejes que seguramente van a lastrar durante las próximas décadas la convivencia dentro de las islas. Una primera y clara fractura es la que se ha manifestado entre la clase política y lo que se viene en llamar el establishment y el conjunto de los votantes. Su desconocimiento de qué era lo que la mayoría quiere es una paradoja especialmente desafortunada para quienes se supone que su trabajo consiste en vivir representando a sus ciudadanos. De hecho, es una gran desgracia, para unos y para otros. En segundo lugar, las urnas hacen más evidente la ruptura entre los territorios del reino. Superado hace año y medio el vértigo de la independencia de Escocia tras ganar el remain en el Unido Reino, el fantasma de una Escocia independiente del reino resurge con fuerza cuando aquellos cuya compañía procuraron los escoceses –los galeses y los ingleses– les obligan a renunciar a la compañía del resto de los 500 millones de europeos con los que los escoceses se sienten cómodos.

Pero, sobre todo, el referéndum ha abierto una nueva y muy grave brecha. La quiebra entre generaciones manifestada como muy difícilmente haya podido verse antes en proceso democrático alguno.

La generación de ingleses que mejor ha vivido en la historia, los nacidos después de la segunda guerra mundial y hasta 1.973, año de ingreso de UK en la Unión Europea, es la que ha decidido que el Reino Unido abandone la UE. Los cerca de 22 millones de ingleses de más de 50 años han condenado a los cerca de 34 millones de compatriotas de menos de cuarenta años a volver al pasado y romper con su sueño de vivir en un mundo menos egoísta y menos aislado. 19 millones de ellos han podido votar. Los 15 millones de menos de 18 años no tenían derecho a hacerlo.

Entre los menores de 40 años el sí a Europa supera ampliamente a los partidarios del no. Y la cifra se incrementa a medida que desciende la edad de los votantes hasta llegar al tramo de votantes de entre 18 y 24 años, que en un 75% era partidario de seguir vinculando su futuro a su permanencia en la Unión con los europeos. Análogo proceso se produce a la inversa, a más edad se ve un muy claro incremento de partidarios de salir de la Unión, de protegerse y aislarse. El 61% de los mayores de 65 años votó no a seguir en la UE. El principal argumento para tomar esa postura ha sido preservar sus pensiones y defenderse de la inmigración extranjera.

Quienes han recibido mucho más de lo que han dado, quienes han endeudado a las generaciones futuras, han apostado por el egoísmo, por poner un candado que blinde sus privilegios ignorando la apuesta de los jóvenes. Quienes más años tienen por delante han visto doblegados sus deseos de un mundo más abierto en el que saben que ya no pueden vivir mejor endeudando a las futuras generaciones. En efecto, según el National Institute of Economic and Social Research, cada una de las personas residentes en el Reino Unido que tienen entre 65 y 70 años recibirán del Estado a lo largo de su vida 198.930 libras más de las pagadas en impuestos y tasas.

Para una persona entre 70 y 75 la cifra es aún mayor, de 223.183 libras. Sin embargo, cada una de las personas que se sitúa entre 25 y 30 deberá contribuir con 157.700 más de las que va a recibir, y si tiene entre 30 y 35 su contribución neta es estimada en 124.486 libras. Los aún no nacidos no salen mejor parados: cada uno de ellos deberá aportar al Estado 159.668 libras más de las que reciban en prestaciones sociales de todo tipo. No es de extrañar que la deuda pública del Reino Unido se haya triplicado en los últimos 10 años hasta alcanzar más de 1.700 billones (billones españoles, trillones para los ingleses), más del 90% de su PIB. Esta deuda tendrán que pagarla o sufrirla las generaciones que han votado por permanecer en la UE. La generación que más tiene decide que como las cosas se ponen algo más grises, lo de estar abiertos a otras economías o tener que aceptar inmigrantes procedentes de países en situación de crisis profunda, es algo que no interesa.

Levantar un muro frente a la inmigración ha sido el primer argumento de quienes han votado salirse de la UE. Yo vivo bien, quiero estar solo no vaya a ser que otros quieran comer de mi sopa. Este argumento egoísta no ha cuajado en los jóvenes. Pero sí ha llevado a las urnas a la generación adulta, la más egoísta de la historia. El egoísmo de mejor me guardo mi prosperidad para mí sólo ha triunfado en las urnas. Ese letal virus acaba dañando a quien lo padece, como no han tardado en comprobar todos los británicos que se han empobrecido de golpe y en 24 horas al menos un 14%.

La misma curiosa enfermedad está bien arraigada en un sector de votantes de nuestra España. La ausencia de liderazgo político se camufla con el populismo de decirle al pueblo que decida en referéndum. Los políticos abdican de sus responsabilidades y las endosan al votante. El populismo y la manipulación colectiva de sentimientos de agravio sostienen a los líderes que lo estimulan. Y algunos de los que más tienen no están dispuestos a compartir, se apela a su egoísmo y su resorte responde de inmediato y a veces con vehemencia. Se trata de preservar su bienestar. Nada de compartir con los que menos tienen.

Ojalá la lección del castigo al egoísmo que está recibiendo y va a seguir recibiendo el pueblo inglés, y los políticos que lo han practicado, nos ayude en España a superar esa dañina enfermedad y nos lleve a buscar una solución distinta a la de romper con proyectos compartidos. Eso no significa ignorar que hay males ciertos que causan tales virus. Pero sí de que los profesionales de la política hagan su trabajo y encuentren soluciones menos letales a esos padecimientos sociales. Soluciones que pasan por poner el interés general por encima del de cada partido. Y por encontrar espacios de acuerdo y de proyecto compartido desde el diálogo y en el lugar donde esto se fragua en democracia que es el parlamento. Pasar la pelota al ciudadano para que en un día responda con un sí o un no a cuestiones cada vez más complejas es un cobarde egoísmo, un camuflaje de la falta de liderazgo democrático del que bien sabemos cómo han abusado las dictaduras.

Sumar, unir, convocar a esfuerzos compartidos es la mejor receta para salir de las dificultades. Ese es precisamente el trabajo de quienes lideran. Y quizás la mejor lección que el Brexit nos ha dado.

José María Michavila y Daniel de Fernando son socios fundadores de MdF Family Partners.