ABC-IGNACIO CAMACHO

Gobernar Andalucía es misión de riesgo para quienes vivían en la oposición como en una confortable casa de veraneo

MÁS allá del tira y afloja lógico en toda negociación, que nadie aborda mostrando sus cartas definitivas, el PP y Ciudadanos han dado estos días una sensación aprensiva –más el segundo, la verdad sea dicha– ante la posibilidad de tener que gobernar en Andalucía. Y hacerlo juntos, con Vox encima, detestándose como se detestan y sosteniendo un pulso por la primacía de un centro-derecha cuyos votantes no acaban de entender tanta vacilación y tanta cuita. Sin ninguna simpatía recíproca, ambos partidos se sabían abocados a una alianza imperativa como novios de una boda de conveniencia que remolonean para acudir a la cita. Lo único que los ha acercado es la certidumbre de que otra salida sería para todos una decisión suicida. Quizá el pacto se hubiese resuelto de forma mucho más fluida de haberlo concertado a solas los candidatos Marín y Moreno Bonilla, que ya durante la campaña trataron el asunto en una discreta entrevista; pero los dos han quedado sujetos a sus direcciones respectivas, entre las que reina un clima de desconfianza, escrúpulo y malicia. El acuerdo, que van a firmar disimulando mal que bien su porfía, tendrá un carácter sucursalista: sus grandes líneas se han decidido en Madrid y la letra pequeña será escrita en Sevilla.

La relación entre las dos cúpulas es mucho más difícil y borrascosa que la de sus electorados. Los andaluces que los han respaldado en las urnas comparten un modelo de sociedad análogo y tras casi cuatro décadas de socialismo no albergan la mínima duda sobre la reclamación perentoria de un cambio. Puede existir en los sectores más centristas una cierta incomodidad con Vox, cuyo apoyo resulta aritméticamente necesario, pero el objetivo esencial prevalece en los más reticentes ante un compañero de viaje antipático. Sin embargo, en la dirigencia de las organizaciones, y también en sus aparatos, late desde hace tres años una pugna de liderazgo. Y sobre todo a la nomenclatura naranja le cuesta digerir que los populares hayan aguantado la posición a pesar de la sangría de votos y escaños, que ha sido menor de la prevista en todo caso. Ese recelo pesará incluso en el compromiso de armar un Gabinete paritario, cuyos miembros tendrán que sufrir la esquizofrenia de cohabitar a un tiempo como rivales y aliados.

En esta fase experimental de mutuo tanteo se ha percibido, sobre todo en Cs, una mezcla de pereza y de desasosiego. La tarea que espera al futuro Gobierno es tan ardua que su simple perspectiva causa un lógico encogimiento. Se trata de desmontar sin romperlo todo un sistema encastrado en pliegues políticos, administrativos y sociales muy complejos: una misión de riesgo para quienes vivían en la oposición como en una confortable casa de veraneo. En la hora de la verdad, a los más valientes toreros se les aflojan las piernas cuando suenan lo que Ángel María de Lera llamó los clarines del miedo.