Iñaki Ezkerra-El Correo

Una de las cosas que más me gustan del verano es la infalible proliferación de noticias sobre supuestos descubrimientos científicos que siempre están relacionados con el espacio interestelar. Estos días he pillado la de un nuevo estudio de las universidades de Bruselas, Viena y París Cité que ofrece una versión revolucionaria sobre la verdadera causa por la que desaparecieron los dinosaurios. ¿Fue por culpa de un asteroide, como creíamos hasta ahora, o intervinieron otros factores que dieron la puntilla a una especie que andaba ya de capa caída? El artículo que informa de esa investigación usa literalmente esa expresión –«capa caída»–, pero no acaba de aclarar cuáles fueron esos otros factores. Eso es también lo que me gusta de las informaciones estivales, astrales y siderales: lo incompletas, vagas y confusas que son. Después de leer y releer el noticioso texto, llego a la conclusión de que, en efecto, el asteroide existió, pero no fue para tanto, y que éste debía ser incluido en el grupo clasificatorio de las condritas, o sea, de una suerte de meteoritos no metálicos sino rocosos y formados por unos grumos pétreos llamados cóndrulos que, en cuestión de potencia exterminadora de faunas reptilianas, no se puede decir que fueran ‘lo peor de lo peor’.

Yo creo que los dinosaurios son, en realidad, una metáfora de todo aquello que se extingue en nuestras vidas sin previo aviso y de un modo repentino que achacamos a una causa a la que luego se suman otras menos visibles. ¿Por qué se extinguieron los dinosaurios? ¿Quizá porque les faltó público? ¿Por qué desaparecieron los guateques? ¿Hubo un cataclismo que puso fin al cretácico-paleógeno de la España de los 70? ¿Por qué los serenos y los afiladores fueron borrados de la faz de la Tierra? ¿Les cayó un asteroide no metálico sino rocoso de diez kilómetros de diámetro sobre el cogote como el que cayó hace 66 millones de años en la península de Yucatán? ¿Qué fue realmente lo que acabó con los Seat 600, los diskettes y los casettes? ¿Una contrita de mala madre o un cóndrulo sin corazón? ¿Hay una explicación científica para la extinción de los discos de vinilo y los pantalones de campana que fueron los reyes del Mesozoico de mi juventud? ¿Qué tienen que decir a esto las universidades de Bruselas, de Viena y de la Cité de París?

Son preguntas que uno se hace en estas noches de verano estrelladas y después de leer artículos como ése que cuestiona al asteroide de Chicxulub como causa del cese planetario de aquella entrañable peña para, unas líneas más abajo, ratificar tal autoría y especificar que se trató de un meteorito carbonáceo. Preguntas que me hago cuando de pronto escucho una mañana el chiflo de uno de esos afiladores de mi infancia. ¿Volverán, como él, los oscuros dinosaurios en su balcón sus nidos a colgar?