Editorial-El correo

  • La selección de Luis de la Fuente se impone a la Argentina de Messi y logra el segundo Mundial para España después de desplegar el mejor juego de un campeonato desvirtuado por la voracidad comercializadora de la FIFA

Al límite, con extrema tensión y sufrimiento casi hasta el final de la prórroga, la Roja consiguió anoche el segundo Mundial para España. El ajustado resultado, 1-0, no hace justicia a un encuentro en el que el combinado de Luis de la Fuente exhibió un dominio apabullante del que dan cuenta una veintena de ocasiones de gol, por apenas un par de Argentina en los últimos minutos. Solo Ferran logró imponerse a la adversidad en el remate para conseguir la segunda estrella y certificar la victoria del equipo que exhibió el mejor juego del campeonato.

Una generación maravillosa, perfecta en el campo en todas sus líneas, avanzó con autoridad durante todo el torneo, mientras iban cayendo Alemania, Brasil, Países Bajos, Inglaterra o Francia. El último obstáculo en el camino de la gloria, la albiceleste de Lionel Messi, no estuvo a la altura de su historia, sino más bien de su leyenda. Solo la benevolencia arbitral evitó que los argentinos quedaran diezmados en la amarga despedida del considerado mejor jugador de todos los tiempos. La celebración que comenzó en Nueva Jersey se extendió de inmediato por todo el país. Una fiesta que deben presidir la alegría y la convivencia. En la que nadie está obligado a participar, ni tampoco facultado para irrumpir con violencia.

Luis de la Fuente comparte ya el trono del fútbol nacional con Vicente del Bosque, que logró la primera Copa del Mundo para España en 2010. El desempeño en el campeonato reivindica al seleccionador que eligió Luis Rubiales para rescatar a la Roja de la caótica etapa de Luis Enrique. Auténtico superviviente de un periodo aciago en la Federación Española, el riojano hizo valer donde realmente importa, en los estadios, su fidelidad a una idea de juego reconocible y la confianza en el grupo. Conocedor desde las categorías inferiores de la progresión de muchos de los jugadores ahora a sus órdenes, viene disfrutando de un inusual respaldo mediático, incluso cuando se arriesgó a llegar a Estados Unidos con figuras que no estaban al cien por cien de su capacidad. Especialistas y aficionados lo han secundado en medio del desasosiego que sembró el empate inicial ante Cabo Verde. Y han sido sus cómplices cuando, después de derribar gigante tras gigante, y no sin un punto de astucia, declaraba que aún había margen para mejorar.

Concluyó anoche un Mundial que estrenó la fórmula de 39 días, 48 selecciones y 104 partidos que la FIFA planea repetir dentro de cuatro años en el torneo que organizarán España, Portugal y Marruecos. Hasta 2030 hay tiempo de reflexionar y corregir la preocupante transformación de un deporte abierto a todos en un pasatiempo para ricos. Cierto que el entretenimiento no es una necesidad básica, pero el organismo que preside Gianni Infantino y su competición emblemática se beneficiarían de una mayor transparencia. Los famosos ‘precios dinámicos’ solo son abusivos y absurdos. Y el afán por popularizar el fútbol en el apetecible mercado de EE UU no puede llevar a alejarse de tradiciones centenarias en favor de la voracidad comercializadora y las exigencias publicitarias.

Al lado de Donald Trump y frente al trofeo del Mundial, Infantino se ratificó en el carácter inclusivo del campeonato. Una declaración desmentida por los humillantes controles a la llegada de algunas selecciones y la denegación de entrada a nacionalidades proscritas por la política migratoria estadounidense que alcanzó incluso al árbitro somalí considerado el mejor de África por la propia FIFA. El bochorno de la sanción suspendida al delantero estadounidense Balogun a instancias del presidente acompañará para siempre al mandamás federativo.