- Saludo y agradezco a los dignos espectadores por el planetario arrebato que ha sido el verdadero espectáculo de estos días. Y a aquellos que se divirtieron viendo ganar a los suyos, doy mi enhorabuena. Y me duelo con aquellos cuya diversión fue malbaratada en el espectáculo de su pérdida. Lo que salva al cazador, anotaba el viejo Pascal, es cazar; no lo cazado
De Diógenes Laercio nos viene la anécdota, con seguridad legendaria, que dice él haber leído en Sosícrates. Ante el tirano de Fliunte, que le inquiere sobre su vida de «filósofo», Pitágoras de Samos habría dejado caer lo que enseguida estaba llamado convertirse en un lugar común del ingenio griego: «que la vida se parecía a un festival olímpico. Porque, así como a éste acuden los unos a competir en los juegos, otros por motivos de negocios y los más dignos como espectadores, así en la vida unos son de naturaleza servil, otros son cazadores de fama y fortuna, y los otros filósofos que van en pos de la verdad». Y Laercio conviene: «así es».
Nada esencial en el ánimo humano muta el curso del tiempo. La fábula que, en el siglo III de nuestra era, un prolijo erudito atribuye al mítico geómetra de casi un milenio antes, se ajusta como un calco a cualquiera de los espectáculos deportivos que extasían a nuestros coetáneos. Negociantes, jugadores, público: unos se enriquecen, otros compiten, los más nobles se divierten. Es una constante marmórea. Cualquier valoración queda, pues, excluida.
El juego escenifica la vida. Bajo las máscaras inocuas que la hacen más soportable. Encantadora, incluso. Divertida, siempre. Aunque no siempre tengamos a la vista el diccionario, que nos dice que «diversión» es sinónimo de «extravío». Mas, en verdad, ¿quién soportaría vivir sin extraviarse? Nadie ha dado mejor esa paradoja que el piadoso Blaise Pascal en el siglo XVII: «¿De dónde viene que ese hombre que acaba de perder a su hijo único y al que tan abrumado por procesos y querellas veíamos esta mañana, ya no piense ahora en ello? No os asombréis. Está absorto en la caza del jabalí al cual, con tanto ardor, persiguen sus perros desde hace seis horas». Sin diversión, sin extravío, no hay vida soportable.
El juego suspende el decurso del tiempo. Porque cada partida –llámese ajedrez, canicas, ruleta, fútbol, póker, boxeo, danza, tabas, caza, tres en raya, duelo corpóreo o anímico…– es copia a escala de la vida en un hermético fanal de vidrio. Y porque, en cada juego, retorna el último fundamento humano: el combate, aquel Pólemos en el que pusiera Heráclito el asiento de todo. Bajo forma incruenta. Hasta cierto punto. Si es que puede de verdad llamarse incruento al sutil jaque mate de un ajedrecista. No hay juego que no escenifique el homicidio del contrario. Pero, no cabe duda, mejor apuñalar sobre un tablero una pieza de madera o de marfil que hacerlo con el contrincante, cuya mano la mueve.
Fingirse ajeno al juego, a todo juego, es, o bien ignorancia de sí mismo, o bien mentira innecesaria. Cada cual elige el suyo. Eso es todo. Y la única diferencia es que, entre los juegos, cada época designa cuáles pasarán a trocarse en liturgia que identifique a muchedumbres. Otros permanecerán en la penumbra de lo íntimo. No hay ventaja de ninguno sobre otro. Idéntica es su simulación. Y su eficacia. Todos borran por un rato realidad y tiempo. En enjambre o en vuelo solitario.
Dos o tres semanas –no sé con exactitud– ha durado el paréntesis del Mundial. La contemplación del fútbol no es mi juego. Sí, mucho más, la contemplación del arrebato que la contemplación del fútbol dispara en gentes, de costumbre, comedidas. Eso me divierte mucho. Y me hace igual a ellos. En mi distancia: espectador de espectadores. En vísperas de que el intersticio de paz se cierre, al ponerme a escribir en la mañana del domingo, me volvió a la memoria aquel pasaje de Laercio leído hace ahora tantos años. Me llevó el estupendo paréntesis de un par de horas de paciencia y exclusión del mundo volver a dar con él.
Vidas de los filósofos ilustres, VIII, 8: «Dijo Pitágoras que la vida se parecía a un festival olímpico. Porque, a aquella como a éste, acuden los unos a competir en los juegos, otros lo hacen por motivos de negocios y los más dignos como espectadores». Saludo y agradezco a los dignos espectadores por el planetario arrebato que ha sido el verdadero espectáculo de estos días. Y a aquellos que se divirtieron viendo ganar a los suyos, doy mi enhorabuena. Y me duelo con aquellos cuya diversión fue malbaratada en el espectáculo de su pérdida. Lo que salva al cazador, anotaba el viejo Pascal, es cazar; no lo cazado.