- Han sido décadas fomentando, si no el odio, como mínimo el rechazo a cualquier simbología relacionada con España, para que ahora la chavalería vasca, y también la catalana, se vuelva «puto loca» por vestir la camiseta roja, o blanca, de Lamine
Cuando tenía doce años, jugué un partido de futbito con el equipo de mi colegio en una ikastola a las afueras de Vitoria. Lo recuerdo bien porque fue como participar en una competición internacional. El pabellón estaba lleno de ikurriñas y las pancartas de apoyo al equipo local solo estaban escritas en euskera. Había lauburus por todas partes. Al llegar a la ikastola, cuando íbamos de camino a los vestuarios, vi en una pared el retrato de un señor mayor con boina al que no conocía. Pasado el tiempo, supe que ese anciano se llamaba Sabino Arana. Era la primera vez que yo veía en un colegio tanta bandera y tanta parafernalia nacionalista. Quizá por ello, al principio el ambiente me resultó un poco hostil, pero también motivador, y eso era bueno en un partido que enfrentaba a dos de los mejores equipos escolares de Álava. Es maravillosa la capacidad de los niños para sobrevivir, incluso para ser felices, a pesar de los líos que organizan los adultos. Ese sábado por la mañana, a principios de los ochenta, ganamos el partido.
Por desgracia, al cabo de unos meses entendí que las cosas con las banderas podían ir más allá de una sana rivalidad deportiva. Al final de aquel curso 81-82, unas semanas antes de que comenzara el Mundial de fútbol que se jugó en España, mi abuelo me regaló una camiseta blanca con el logo del «Naranjito» en el pecho y una pequeña bandera española en una de las mangas. El día que la estrené, cuando volvía a casa después de las clases, tres chicos «mayores» me llamaron facha, me escupieron y me zarandearon en plena calle. La cosa acabó para mí con algunos rasponazos y, lo peor, con tremendo moratón en el orgullo. El pasado sábado por la mañana, estuve en una tienda de deportes en un centro comercial de Vitoria. En diez minutos, se vendieron delante de mí más camisetas de la selección española que todas las que debía haber en la capital del País Vasco en 1982.
Es comprensible el dolor que esta realidad provoca en el nacionalismo excluyente, si se me permite el pleonasmo. Han sido décadas fomentando, si no el odio, como mínimo el rechazo a cualquier simbología relacionada con España, para que ahora la chavalería vasca, y también la catalana, se vuelva «puto loca» por vestir la camiseta roja, o blanca, de Lamine. Hay que entender esa frustración del separatismo por todo el tiempo perdido para la causa y por todos los recursos despilfarrados, que se podían haber empleado de manera más útil para contribuir a su proyecto de construcción nacional.
A pesar de sus esfuerzos y de la ayuda impagable que les presta Sánchez, los nacionalismos identitarios no terminan de alcanzar una victoria definitiva en lo sentimental. Fracasan por la misma razón de fondo por la que fracasó el comunismo. Ambas ideologías terminan por chocar con la realidad porque niegan rasgos fundamentales de la naturaleza humana. El comunismo anula la libertad individual, una pulsión que anida en el interior de todo ser humano. Por su parte, el nacionalismo precisa de un conflicto permanente que entra en contradicción con la naturaleza social del ser humano. Las personas necesitamos convivir, y por eso compartimos emociones y sentimientos más allá de nuestras diferencias. Nos agarramos al fútbol, o a lo que sea, para vernos por un momento en el espejo del otro. O, al menos, para darnos una tregua. Esto es algo que nunca aceptará el nacionalismo separatista.
Escribo estas líneas unas horas antes de que España juegue su segunda final en una Copa del Mundo. Cuando se publique esta columna, ya se sabrá si podemos bordar o no una segunda estrella en nuestras camisetas. Pero de una cosa estoy seguro: habremos gozado, o sufrido, por la misma causa y con la misma pasión que millones de compatriotas que piensan distinto a nosotros. Este es el auténtico drama, la derrota de quienes llevan años cavando trincheras y levantando muros entre españoles. En ese sentido, sea cual fuere el resultado que cosechó ayer nuestra selección, ganó España.