Editorial-El Correo

  • Meter en un mismo saco protestas con contextos propios, algunas salpicadas por la violencia, solo beneficia a las fuerzas que explotan el descontento

Las protestas que se registran en las últimas semanas en diversos países europeos se resisten a un análisis simplista. Tienen en común que trasladan a las calles un malestar generalizado por el alto coste de la vida y su repercusión en el Estado de bienestar, producto de conflictos internacionales cuyas consecuencias desafían la gestión de los gobiernos. Las demandas concretas marcan algunas diferencias. La vivienda lidera las producidas en España, donde preocupan además la educación y el futuro de las pensiones. El deterioro de la enseñanza juega también un papel protagonista en las masivas manifestaciones en Francia. En Italia claman contra la desigualdad y las deficiencias del sistema sanitario. Serbia aporta la mayor originalidad a esta etapa de conflictividad social, porque la Lista de Estudiantes, un movimiento sin líder forjado en la lucha contra la corrupción, desafía en las elecciones de hoy el autoritarismo de Aleksandar Vucic.

Los episodios de violencia que se producen en coincidencia con las protestas –y los alentados en ocasiones desde las redes sociales, como se vio anoche en Barcelona– merecen una condena sin paliativos. Las imágenes de las calles de París y otras ciudades galas, los incendios, los choques con la policía y los ataques a bienes públicos y comercios comprometen la seguridad y generalizan el miedo. Cientos de miles de personas secundaron ayer las distintas convocatorias en Francia. El carácter mayoritariamente pacífico de las marchas no impidió que se produjeran incidentes. Si hace una semana el Gobierno galo tuvo que reconocer su imprevisión, en esta ocasión se entregó a la tarea de dificultar las manifestaciones con prohibiciones, cambios de itinerario y cierre de transportes.

El hecho de que algunos de los escenarios del malestar estén a las puertas de citas electorales o las vayan a celebrar en un horizonte cercano aviva la impaciencia de los actores. El próximo sábado habrá nuevas protestas en Francia; el día 5, una huelga general. La crisis financiera y la dificultad de aprobar los Presupuestos complican la respuesta a las reclamaciones sociales, con el conjunto de la clase política especialmente atenta a rentabilizar el descontento en las encuestas. Y son las fuerzas extremistas las más interesadas en subrayar la violencia por encima de las demandas y en meter en un mismo saco movilizaciones con contextos propios que interpelan tanto a gobiernos progresistas como conservadores y de ultraderecha.