Mariluz

Ibarrola asumió un doble compromiso: con un arte que interpretase su manera de estar en el mundo y, como ciudadano, con la libertad. Porque desde los siete años vivió en una dictadura. Y cuando aquella dictadura terminó, desde sus 48 años ha vivido el surgimiento de otra. La primera le condujo al penal de Burgos. Entonces vivía rodeado de vigilantes armados; y también ahora. Aquéllos, para que no escapase. Éstos, para que los nuevos gudaris no le maten. Entonces fue un vasco peligroso porque era capaz de transmitir su mirada libre. Ahora también lo es, y exactamente por el mismo motivo.

A menudo se ha entendido el arte como una búsqueda de libertad. Esto valdría tanto para el artista como para el espectador. La realidad es dura, obstinada y a veces demasiado hostil. Así que los artistas le hacen trampa, escapan de ella hacia universos más ingrávidos, donde pueden crear mundos en el aire o en la piedra, que, aunque también sea dura y pesada, allí lo es menos. Y de ese modo aprenden a ver y a entender lo que, estando a la vista, resulta invisible.

¿Quién de nosotros no ha pensado alguna vez en escapar de esta realidad buscando la libertad? Los artistas, por eso, no son una excepción. Y encuentran, como cualquiera que lo intente, que por mucho que uno escape, por ejemplo a Casablanca, la realidad siempre vuelve a imponerse, calladamente o, a veces, con estruendo.

Con los años he aprendido que conviene escaparse a respirar, a ver las cosas de otro modo y a coger fuerzas para regresar. Después de haber pisado la tierra que nadie había pisado antes o, al menos, que tú misma no habías pisado.

Los artistas hacen de esa huida con retorno su profesión. Profesan como sacerdotes hechiceros que parten de viaje al poblado de los espíritus y regresan luego a enseñar a sus vecinos a mirar y a escuchar. Y como ciertos sacerdotes, hay artistas que no regresan porque les vuelve locos el cántico de las sirenas o porque quedan en el camino convertidos en comerciantes de baratijas monumentales. También conocí un caso donde en vez del artista regresaron las sirenas convertidas en marchantes.

Los artistas que regresan son como esos exploradores viejos y sabios cuya vestimenta raída, mitad de indio y mitad de rostro pálido, delata el mestizaje del que ha crecido en la frontera. Hace un siglo se les llamó vanguardistas, porque avanzaban por delante de nosotros.

Aquella vanguardia artística tuvo otra peculiaridad, su compromiso ético con la realidad política y social. La huida de la realidad en busca de libertad les conducía derechos a la cárcel. Y allí dentro, en la celda del penal, seguían escapando a la mirada de sus carceleros, dibujando poemas de barcos de hierro con ojos muy abiertos y haciendo volar su alma por entre los barrotes. Así era Agustín Ibarrola.

Todo esto de la realidad, la libertad, la huida y el regreso parecen juegos de palabras. Pero es un dilema. Para la libertad, ¿hay que escapar de la realidad o rebelarse contra ella?

En muchas ocasiones el dilema lo resuelven otros por ti, porque lo que podría quedar en un juego de la imaginación resulta inaceptable para quien tiene el poder y te conviertes en rebelde casi sin darte cuenta. Pero cuando caes, lo que te da fuerza para seguir es el sentido de la dignidad.

Ibarrola asumió un doble compromiso: con un arte que interpretase su manera de estar en el mundo y, como ciudadano, con la libertad. Porque desde los siete años vivió en una dictadura. Y cuando aquella dictadura terminó, desde sus 48 años ha vivido el surgimiento de otra. La primera le condujo al penal de Burgos. Entonces vivía rodeado de vigilantes armados; y también ahora. Aquéllos, para que no escapase. Éstos, para que los nuevos gudaris no le maten. Entonces fue un vasco peligroso porque era capaz de transmitir su mirada libre. Ahora también lo es, y exactamente por el mismo motivo.

Sin embargo, Agustín pertenece al mundo de los que vivimos. Es uno como nosotros, un ser humano y frágil. Todo lo contrario de un héroe. ¿Dónde reside su fuerza? He aquí una pregunta retórica, ¿verdad? La respuesta es Mariluz. Su compañera de toda la vida.

Cuando el artista parte hacia su mundo imaginario diciendo: “Yo piso la tierra firme que no han pisado otros”, puede hacerlo en la seguridad de que, cuando se halle en un perdido recodo galáctico de luces deslumbrantes de colores o de profundas tinieblas, oirá una voz querida que le dirá: “Baja de la higuera”. Y él, que es un guía, regresará dejándose guiar por esa voz adonde ella y nosotros le esperamos. Trayéndonos a todos regalos como traviesas de ferrocarril transmutadas en totems industriales. O arrecifes artificiales convertidos en cubos de colores. O nos traerá, simplemente, el mejor regalo de todos, su presencia viva entre nosotros. Su presencia consistente, es decir, con-Mariluz.
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Ainhoa Peñaflorida, EL PAÍS/PAÍS VASCO, 21/5/2003