Antonio Rivera-El Correo

  • La política se ha hecho peligrosamente emocional, como evidencia el ‘caso Maricarmen’. Desde la izquierda, sensiblería y rabia; desde la derecha, odio y desprecio

La prevista aprobación de al menos uno de los decretos-ley de vivienda por la Diputación Permanente del Congreso es la metáfora de situación. En términos formales, el asunto no tiene un pase: lo que no te ha aprobado la Cámara lo sacas extraordinariamente aprovechando la composición de la Permanente. Filibusterismo parlamentario, lisa y llanamente. Pero el énfasis que has puesto en esos decretos y la disolución del Parlamento te fuerzan a hacerlo así. Es más, tu base electoral no lo entendería de otra manera porque el asunto se ha convertido en cuestión de vida o muerte, y los formalismos parlamentarios son baladíes ante la enormidad de la urgencia social. Y así todo.

La manera de entender la política del presidente Sánchez y de su partido -también de su izquierda, obviamente- prescinde de esos supuestos formalismos que son, precisamente, los que soportan la democracia. Se obvia el sentido e importancia del Presupuesto, se discute la división de poderes enfrentando unos a otros, se abusa del decreto y, finalmente, se duda de si el Parlamento representa a la ciudadanía. Se antepone el dramatismo de determinadas situaciones a la lentitud y pulcritud del Estado de derecho. Y se compra ese producto: una de las manifestaciones del debilitamiento de la democracia es que se enfrenta a esta con la materialización de derechos básicos, como si fueran dos cosas distintas en su posibilidad. Si no asegura el logro de estos, podemos esquivarla o prescindir de ella.

Luego están las emociones. La política se ha hecho peligrosamente emocional. Otra de las amenazas contra la democracia; lo fue así desde que en su versión moderna empezó esta, acechada por aquel decimonónico romanticismo antirracionalista, reverdecido un siglo después en los movimientos fascistas y hoy en los diversos populismos. El caso Maricarmen lo ha puesto de manifiesto otra vez. Desde la izquierda, sensiblería y rabia; desde la derecha, odio y desprecio, y desconexión emocional, como bien ha denominado Eduardo Madina. Ambos mundos se dan la espalda en el territorio que permite la posibilidad de acordar algo. Y, sin ese acuerdo, la distancia no hará más que acentuarse, y con ella el filibusterismo, y las mentiras, y la visión agónica de la realidad, y un cierto guerracivilismo propio de otras épocas y sociedades.

La legislatura ha llevado al extremo esa realidad, la ha convertido en su manera de hacer y entender la política. La cultura política, como el conjunto de valores, creencias, conocimientos, emociones y actitudes que una sociedad comparte y utiliza para interpretar, entender y relacionarse con el poder, las instituciones y los asuntos públicos, se ha deteriorado extraordinariamente en estos últimos años. Y en democracia y para la democracia, las formas son garantías, no formalismos.

En ese contexto -que es hoy universal, no local-, unos y otros se han acomodado a la nueva realidad, no hacen nada por corregirla y sí por extremarla todavía más, y descalifican por tibios a los suyos respectivos que advierten del destino inevitable de esa deriva. Todos son culpables de ello, pero en la proporción de responsabilidad de cada cual; en ese sentido, la del Gobierno es la principal. Y otro tanto se puede decir de una ciudadanía que hace suya la polarización construida por sus dirigentes. La democracia no se ve amenazada solo desde fuera; también los ciudadanos somos responsables de su custodia.

El inmediato futuro es inquietante. No se percibe un cambio de actitud y el contexto anima precisamente a lo contrario, a que se extreme la confrontación. Si acaso cambia el color del Parlamento y del ejecutivo -y, si no lo hace, también-, las malas formas de la política seguirán. Entonces se invertirán los papeles: los hoy trileros serán mañana los que exijan pulcritud, y al revés. Antes o después enfangados, nadie dispondrá de la altura moral necesaria para reprender y rectificar.

Y no es un lamento moral; es una necesidad radicalmente política. La derecha -y menos la extrema derecha- no se destaca por su rigor al usar del poder toda vez que lo tiene por natural derecho. Su control de algunos poderes del Estado lo ha demostrado ya estando en la oposición. Su deshumanización desconcierta y conmueve. Si llega al gobierno, lo que hemos visto se puede quedar pequeño, y el asunto hoy no es que no alcance ese poder -para algunos sí, y por eso seguirán con una política sin reglas que lo evite-, sino cómo se ha puesto una alfombra de precedentes para que este pueda ser auténticamente despótico.

Podemos acabar viendo en el futuro cosas que no creeríamos, si acaso no las vemos ya. Más allá de Orión todo será extraordinario, pero no por un mal fario, sino por no haber encarado las formas de la política con respeto a ellas mismas y a lo que suponen. Entonces todo lo veremos uno y confuso, y sos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia’, pero se podría haber evitado.