Ignacio Marco-Gardoqui-Rl Correo

  • En los primeros cursos de Economía se analiza la relación entre la oferta de un bien y su demanda y se ve que cuando la primera mengua más que la segunda, el precio sufre

Cuando nuestro Amado Líder empezó a ser amado por el pueblo, allá por el ya lejano 2018, la vivienda era el problema número 16 de los españoles. Hoy, tras más de siete años de inacción y abulia, diez días de frenética demagogia y un laberinto de decretos, primero presentados, luego rechazados y, por fin, vueltos a presentar por la puerta de atrás del subterfugio de la Diputación Permanente del Congreso, para aprovechar así las diferentes mayorías y colar un colosal fraude de ley, el problema ha ascendido hasta la primera posición.

Quizás podríamos hablar de una preocupación ‘subjetiva’ como la de los habitantes de Ceuta que, para algunos, se quejan de vicio, con sus bonitas playas atestadas por turistas implicados, que han hecho florecer el comercio local del textil y la alimentación y con muchos puestos de comida étnica ‘take away’, pero no creo que sea el caso. En el tema de la vivienda hay datos más que suficientes para justificar el creciente disgusto ciudadano.

Desde 2018 la población española ha aumentado en más de tres millones y los nuevos hogares creados (1,34 millones) superan en mucho al número de viviendas construidas. Tal es la desproporción, que los pisos han aumento su precio en un 74% y los que se ofrecen el alquiler un 45%. El Gobierno se defiende diciendo que algo sí ha hecho. Una cosa que, aunque es más difícil de ver que un trébol de cuatro hojas, es cierta.

Han insistido en las políticas de intervención y han penalizado a los propietarios –hoy considerados buitres, si son empresas o, cuando menos, crías hambrientas de tan bonito animal, si son particulares–. Sin percatarse, o quizás sí, de que cualquier política que penalice a los propietarios, termina por penalizar a los inquilinos, ya sea por la vía del precio o por el número de pisos puestos a su disposición, lo que viene a ser prácticamente lo mismo.

En los primeros años de los estudios de economía se analizan las relaciones existentes entre la oferta de un bien y su demanda y allí se ve claro que cuando la primera mengua más que la segunda, el precio del bien sufre. Claro que, para saberlo era necesario haber estado presente en el aula y… atento, cosa que no siempre es el caso. El Gobierno piensa que todos somos como Patxi López, y no es verdad. Algunos sí fuimos a clase e incluso prestamos un poco de atención a lo que nos contaban en ella.

Se podrá opinar cualquier barbaridad, y de hecho se opina, pero esto es lo que explica el desgraciado hecho de que las intervenciones en los precios y las restricciones en los contratos, a lo que se han dedicado con entusiasmo las administraciones, tanto más, cuanto más progresistas sean, no han logrado frenar su escalada, ni mucho menos su escasez. Hoy, la oferta de pisos en alquiler se ha reducido en 393.000 unidades desde que empezó la acción. Todos huyendo despavoridos del feo horizonte.

A última hora, tras este frenesí de demagogia y el increíble atolondramiento de los decretos, el Gobierno se ha puesto a pensar como un loco y ¡de repente! ha encontrado nada menos que 10.000 millones de euros para regar con tan nutritivo y abundante maná a los nuevos compradores. Pero, ¿de dónde los ha sacado, si no hay, ni han habido, ni habrá presupuestos? Pues parece que la ministra Rodríguez los tenía apuntados en un ‘post it’ en su nevera y se le habían olvidado.

Los ha encontrado en el cajón del ICO y, rebuscando en los remanentes de las partidas no cumplidas y así espera completar también las diversas bonificaciones en los impuestos que pagan inquilinos y propietarios. ¡Uf! Qué mal trago y qué gran susto. ¿Ve qué bien se arreglan sin Presupuestos? Basta con hacer unas pequeñas trampas… y cerrar los ojos.