Jesús-Cacho
- No consiste solo en ganar sino en hacerlo por la mayor diferencia posible, porque una derrota rotunda de Sánchez abriría la puerta su salida de la secretaría general del PSOE, algo esencial para el futuro de España.
Afortunadamente me equivoqué. Me equivoco muchas veces, de modo que una más no iba a alterar en absoluto mi pésima trayectoria como adivino. Nos ha engañado tanto que, como tantos otros, pensé que de nuevo aparecería el lunes 5 con otra de sus cínicas apariciones para decirnos que sí, que había reflexionado, cómo no, y que tras consultarlo con Begoña había decidido seguir porque España no puede prescindir de este Gobierno progresista y bla, bla, bla, y me siento con fuerzas para culminar la legislatura, etc., etc., etc., de modo que quienes piden elecciones tendrán que aguantarse hasta julio o agosto de 2027. Pero por una vez me equivoqué para bien. ¡Aleluya! ¡Vamos a elecciones! Tras ocho años largos de travesía del desierto, los últimos tres por el más insalubre imaginable, llega el momento de pasarle factura y mandarlo a la calle. Convirtió el anuncio de disolución de las Cámaras en su primer mitin de campaña. Cualquier político con un mínimo sentido del honor, no digamos ya de patriotismo, hubiera aprovechado la ocasión para despedirse con un mensaje de altura, siquiera fingido, y para terminar deseando lo mejor para el país. Pedro Sánchez se despidió como un perro. Ni asomo de autocrítica, ni un solo ademán de dignidad, mucho menos de humanidad. Con gesto cetrino, con cara de sicario siciliano, de gañán malencarado, se fue insultando a la mitad, por lo menos, de los ciudadanos. Se fue añadiendo nuevos ladrillos al muro de confrontación que desde junio de 2018 viene levantando entre españoles.
Toca movilizarse. Este diario publica hoy una encuesta que otorga a la suma de PP y Vox unos extraordinarios 212 escaños. No voy a poner en duda la profesionalidad de la empresa encargada de hacer el trabajo, pero me parece una previsión demasiado optimista. El recuerdo de lo ocurrido el 23 de julio de 2023 está aún muy presente en el inconsciente colectivo como para confiarse y lanzar las campanas al vuelo. Hasta el domingo 29 de noviembre, los españoles vamos a vivir seguramente las siete semanas más crispadas del presente siglo. Al delincuente que nos preside le vale todo. En los últimos días, el sujeto avanza aceleradamente hacia la descalificación radical del Parlamento como órgano de representación de la voluntad de la ciudadanía expresada en las urnas. Si el Parlamento no escucha los deseos de «la calle», viene a decir, hay que prescindir del Parlamento. La calle son los perroflautas que su Gobierno subvenciona con el dinero del contribuyente. Es pura teoría golpista. Es neofascismo, la argamasa ideológica que ha justificado todas las dictaduras que en el mundo han sido. El Congreso no representa la voluntad popular, y yo me erijo en su intérprete único. Sánchez vuelve a recordarnos que no estamos ante un demócrata, sino ante un autócrata vocacional al estilo de los tiranos que hoy dirigen con mano de hierro los destinos de países como Turquía, Rusia o China; también ante populistas desquiciados al borde del frenopático tipo Trump, por no hablar de los sanguinarios tiranuelos latinoamericanos que hasta hace poco enseñoreaban la geografía sudamericana.
El intento de convalidación por la Diputación Permanente de los dos decretos-leyes sobre vivienda que la mayoría del Congreso le devolvió a los corrales el pasado día 2 es algo mucho más grave que un simple fraude de ley. En realidad es un golpe de Estado en toda regla, un ataque frontal a la división de poderes, esencia misma de la democracia parlamentaria, mediante el cual el Poder Ejecutivo se impone al Legislativo en nombre de esa escueta minoría (la «gente») que se manifiesta en la calle. Si esos dos decretos-leyes salen adelante, que saldrán, quedará claro que el Gobierno de España se cisca en la Ley y que está dispuesto a no respetar regla alguna a partir de ahora. ¿Por qué seguimos hablando de democracia en un país gobernado por un tipo que, dispuesto a alterar el censo electoral, fabrica votantes ilegalmente y desoye al Tribunal Supremo cuando le pillan con las manos en la masa? Lo cual nos lleva a reconocer que si la noche del próximo 29 de noviembre Sánchez saliera con posibilidades de volver a gobernar con ayuda de la patulea de izquierdas y de sus socios nacionalistas, la suerte de España como nación estaría definitivamente echada. No es que ese eventual Gobierno fuera a significar la muerte definitiva del Régimen del 78 (o más bien su entierro, porque el enfermo lleva años sin pulso), no, es que cuatro años más de Sánchez supondrían el final de la Monarquía parlamentaria y el inicio del viaje a ninguna parte de esa Confederación de Repúblicas Socialistas que el autócrata sueña con presidir. Y como la mitad de los españoles no se iban a dejar conducir mansamente al matadero por el nuevo Frente Popular que, como en 1936, está impulsando con todo descaro, no es en absoluto arriesgado afirmar que otro mandato de Sánchez y su PSOE conduciría inexorablemente a un nuevo enfrentamiento civil entre españoles.
De ahí la importancia capital de la movilización. Esto no está ganado, ni mucho menos. Me atrevería a decir que el Partido Popular y Vox están obligados a plantear la campaña como si fueran a perder las elecciones, con total determinación, evitando cometer los errores de julio de 2023, conscientes de que desalojar del poder a este sujeto es condición sine qua non para poder plantear cualquier proyecto de futuro susceptible de enmendar el rumbo del país y proponer un horizonte de paz y prosperidad, un futuro de convivencia, para las próximas décadas. Está claro que el aludido va a utilizar a fondo el aparato del Estado para mentir, confundir, crispar, enfrentar en suma a media España contra la otra media. Estamos en manos de un Gobierno y de un partido que no han dudado en encargar a un clan de narcotraficantes extremeños la posibilidad de acabar con la vida de la juez que en Badajoz instruía el sumario por la corrupción del hermanísimo. Estamos gobernados por una banda mafiosa, como hace mucho tiempo nos advirtió Albert Rivera, capaz de lo peor. Estamos en manos de un tipo capaz de movilizar a los sindicatos mayoritarios para que incendien la calle con una huelga general contra la oposición, todo un hito en la historia mundial de la infamia. Plantar cara a este aprendiz de tirano se ha convertido en un deber moral.
Hay que movilizarse. Ni PP ni Vox lo van a tener fácil. Muy al contrario, frente al corsario dispuesto a pasarse la Ley por el forro de sus caprichos y a utilizar las instituciones en su personal beneficio sin el menor pudor, los líderes de la derecha y sus respectivos equipos enfrentan la campaña en la inferioridad de condiciones de quien no puede en modo alguno incendiar España, como sin duda tratará de hacer Sánchez, obligados como están a dibujar un horizonte de concordia capaz de sacar al país del clima de guerracivilismo que ahora todo lo impregna. La huelga general podría enfrentarse de una forma tan sencilla como práctica. Seguramente bastaría con que Alberto Núñez Feijóo descolgara el teléfono dispuesto a enviar un escueto mensaje, elegante incluso, al líder de la UGT: ‘Muy de acuerdo con tu huelga, Pepe, pero no solo con esta. Te animo a que me montes una huelga general cada semana si el 29 de noviembre las urnas me otorgan el Gobierno de la nación, porque en tal caso ni tú ni tu sindicato vais a recibir un euro público a partir de entonces’. Y un mensaje del mismo tenor podría enviarle al capo del grupo Prisa, el señor Oughourlian. Pero Feijóo no puede hacer eso, por mucho que se lo pida el cuerpo, porque eso sería tanto como matar una alternativa radicalmente distinta a todo lo que ha supuesto el autócrata que nos gobierna.
La clave está en la movilización. Conscientes de que no consiste solo en ganar, sino en hacerlo por la mayor diferencia posible. Porque una derrota rotunda del jefe de la banda abriría la puerta a una revolución interna en el PSOE capaz de hacerle saltar de la secretaría general. Abriría la puerta a una regeneración radical del primer partido de la izquierda, algo que considero esencial para el futuro de España. Estoy convencido de que los grandes acuerdos de Estado que está reclamando el país, la apertura de la Constitución del 78, por ejemplo, para acabar con los agujeros negros de su diseño y enmendar el rumbo en tantas cosas, no serán posibles solo con los votos del centroderecha, por muy notorio que fuese su control de las futuras Cortes, porque un envite semejante, una operación del calado de la esbozada, llamada a dibujar un horizonte de convivencia para las próximas cuatro o cinco décadas, necesita el respaldo del 75% del cuerpo electoral, reclama, en suma, la participación activa de un partido socialdemócrata fuerte. Qué curiosa es la historia. En los primeros años setenta, el camarada Carrillo enviaba sus encíclicas desde París urgiendo a los militantes del PCE a trabajar por hacer posible la existencia de un Partido Socialista fuerte. El PSOE había desaparecido durante la dictadura, y a don Santiago le parecía esencial su participación en el diseño de una salida al franquismo. Ahora volvemos a rogar por la existencia del PSOE, pero un PSOE distinto, un PSOE democrático, que nada tenga que ver con el vergonzante rebaño de ovejas que sigue obediente el sendero hacia el abismo que marca el delincuente que lo controla. A movilizarse, pues, que esto no está ganado. El futuro de España está en nuestras manos.