Agustín Valladolid-Vozpópuli
- El Comité Federal del PSOE es la expresión de un fracaso, el de un partido incapaz de articular no ya una alternativa, sino una mínima plataforma de resistencia
Los partidos políticos modernos surgieron en Europa y Estados Unidos entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, aunque los primeros partidos propiamente dichos aparecieron con el liberalismo. Eran agrupaciones exclusivas formadas por élites y representantes de la burguesía con sufragio restringido (censitario). Los partidos de masas hubieron de esperar a finales del XIX para ser catalogados como tales y contar con estructuras sólidas, respaldadas principalmente por afiliados de la clase trabajadora.
No tardaron mucho los dirigentes de estos partidos en aplicar la primera ley no escrita de cualquier organización política: cuanto más grande es un órgano colegiado, menos poder tiene. Asumían así el primer daño colateral de tal doctrina: a más miembros, menor es la media de su talento. Pero no es la inteligencia, o su ausencia, el elemento más disruptivo. Es la arquitectura del órgano la que casi siempre condena a estos órganos a la irrelevancia.
El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ha sido el modelo más imitado. Tras triunfar la revolución de 1917, los bolcheviques montaron una modesta estructura de dirección: 27 miembros. Pronto se dieron cuenta del error. Cuando en 1991 Mijaíl Gorbachov disolvió oficialmente la Unión Soviética, el Comité Central estaba integrado por 400 personas. Un decorado. El centro de poder real era el Politburó, también llamado Presídium, compuesto por entre 12 y 25 dirigentes, según las épocas. El secretario general del PCUS mandaba, y mandaba mucho, pero el Politburó era el escenario de la verdadera lucha por el poder. En ocasiones extremadamente cruenta.
Ciencia ficción
Los partidos comunistas, socialistas y sus derivadas socialdemócratas, emularon en Europa la fórmula bolchevique de organización interna. También la derecha acabó por aceptarla como muestra de una supuesta renuncia a su concepción elitista de la actividad política. Hoy, por citar solo dos ejemplos, la Junta Federal (Bundesvorstand) de la CDU alemana reúne cada dos meses a unos 60 representantes; y en España, el Comité Nacional del Partido Popular está compuesto por unos 70 miembros. Cifras en todo caso comparativamente modestas.
Fue la izquierda no comunista la que, tras la Segunda Guerra Mundial, y en un loable intento de seducir a una renuente opinión pública, empezó a darle la vuelta a aquel viejo asamblearismo ornamental ensayando fórmulas de participación interna con sincera vocación democrática. Y sin duda fue el PSOE de la Transición, una vez desanclado ideológicamente del marxismo en el congreso extraordinario de septiembre de 1979, el partido que mejor supo transformar un formato diseñado para camuflar el control despótico que ejercía una minoría, en un engranaje coparticipativo, abierto a simpatizantes y curiosos, y en el que funcionaban los contrapesos.
Hasta el punto de que ni siquiera la mayoría absoluta de 1982, que dotaba a Felipe González de un poder estratosférico, impidió fricciones y debates de profundo calado político. Sobre todo, a partir de la formación de un primer gobierno en cuyo seno convivían, y chocaban, como después se pudo comprobar, concepciones ideológicas no siempre compatibles. No se discutía el liderazgo; sí en cambio la orientación de la política. El Gobierno cumplía su papel y tomaba decisiones con las que el partido no siempre estaba de acuerdo.
Cuando esto ocurría, había lío; en la Comisión Ejecutiva, unos 25 miembros, y en el Comité Federal, alrededor de 170. La última Ejecutiva de González estaba compuesta por 19 personas; el Comité Federal por 250. El de ahora llega a los 315 miembros, y la actual Ejecutiva está compuesta por 49 ciudadanos y ciudadanas cuyos nombres casi nadie conoce pero que han pasado previamente por el particular filtro del secretario general.
Tampoco aquí el número es una cuestión menor. En septiembre de 2016, dimitieron más de la mitad de los integrantes de la Ejecutiva socialista, lo que provocó su autodisolución y la caída del secretario general, a la sazón Pedro Sánchez. Esa maniobra autodefensiva se ha mantenido en los estatutos. Pero hoy sería de aplicación inviable. Por muchas razones que hubiera, que las hay sobradas, lograr 25 dimisionarios que llegaran a la conclusión de que se trata de elegir entre Sánchez o el partido es ciencia ficción.
El ‘alma’ del PSOE
Cuando Sánchez duplicó el número de ejecutivos del partido, y los eligió o dio el visto bueno a sus nombres, no estaba ampliando la democracia interna, sino suscribiendo un seguro de vida orgánico. Exacto criterio es el que rige en el Comité Federal, en el que proliferan los patxilópeces de la vida -cuadros que deben lo que son al pulgar del líder máximo-. Rodríguez Zapatero le robó el alma al PSOE; Pedro Sánchez está culminando la ‘Operación vaciado’.
ZP dejó al PSOE sin alma, o más bien se la entregó a los conocidos como sus “adoradores nocturnos”, los Migueles, los Javieres y algunos otros, que fueron los que vieron el filón y movían los hilos del muñeco. Estos le construyeron al expresidente una imagen de Superman de la paz y los derechos civiles: te sientas cuando pase la bandera americana; apruebas la Ley de Dependencia aunque no haya presupuesto; nombra a Carme ministra de Defensa para que abra los telediarios pasando revista a la tropa con un bombo de ocho meses; elimina la publicidad de RTVE; quita a César Antonio Molina, que hay que poner una mujer… A cambio, ellos incrementaron considerablemente su influencia y se hicieron razonablemente ricos.
Zapatero dio carta blanca a aquellos maestros de los golpes de efecto, inventores de un nuevo aforismo, el que por ejemplo aplicado a la crisis económica mantenía que era el relato el que mataba el dato, y no al revés. Zapatero casi acaba con el PSOE, pero los equipos de emergencia, a pesar del sabotaje de sus adoradores, llegaron a tiempo. La diferencia con lo que ocurre ahora es sustancial: hoy no hay equipos de emergencia, y los que administran el poder delegado desde Moncloa son los que ya mandaban en las juventudes socialistas de los 80 y 90, probablemente las generaciones más ensimismadas.
Inspiración bolchevique
Gentes cuyo ascenso en el escalafón, su inclusión en un puesto de salida en las listas, ha dependido más de su dominio del arte del complot interno que de sus méritos y capacidades. El PSOE es hoy un ecosistema cerrado donde la supervivencia depende más de la obediencia que del talento. Un partido que ha sustituido la política por la liturgia, el debate por el aplauso y la ambición colectiva por la fidelidad al caudillo. Salvo excepciones, que también hacen las veces de coartada, esta podría ser una descripción bastante aproximada de las funciones actualizadas del Comité Federal.
Nada de examinar a la Comisión Ejecutiva. Nada de pedir responsabilidades políticas. Nada de discutir el rumbo del partido. Lo que veremos es la escenificación de un fracaso, el de un partido cuyos dirigentes han traicionado los más básicos principios de la socialdemocracia -y algunos de la democracia a secas-; un partido acorralado por un rosario interminable de escándalos y que no ha sido hasta ahora capaz de articular no ya una alternativa, sino una mínima plataforma de resistencia interna.
Lo que hoy veremos, habremos visto, es un nuevo masaje restaurativo, una reunión cuidadosamente coreografiada cuyo desenlace estaba escrito de antemano y que Sánchez es capaz de presentar como un sucedáneo de la legitimidad que le niega el Parlamento. Ni control, ni corrección, ni contrapeso. Solo la confirmación de que el PSOE ha dejado de ser un partido para convertirse en un dispositivo de supervivencia, una estructura de inspiración bolchevique a la que, cuando caiga Sánchez, le espera una larga travesía del desierto. En el mejor de los casos.