Miguel Gutiérrez Fraile-El Correo
Catedrátido de Psiquiatría. Real Academia de Medicina del País Vasco
- La tecnología empleada con moderación y acompañamiento puede ser positiva. No cuando se usa de forma compulsiva y acrítica
El uso de redes sociales entre las personas mayores ha dejado de ser una excepción. Abuelos que envían mensajes por WhatsApp, jubilados que leen noticias en Facebook o matrimonios que hablan por videollamada con hijos que viven lejos forman parte de una escena cada vez más común. Pero esa incorporación digital abre una pregunta importante: ¿son las redes una herramienta de compañía o un nuevo espacio de riesgo para quienes han llegado más tarde a internet?
Los especialistas no ofrecen una respuesta simple. Las redes sociales no son dañinas por naturaleza, pero pueden ser perjudiciales cuando se usan en exceso, sin acompañamiento y con baja alfabetización digital. El problema aparece cuando se mezclan soledad, dependencia, exposición a noticias falsas, fraudes, pérdida de privacidad y plataformas diseñadas para captar la atención durante horas. No se trata de impedir que los mayores participen en la vida digital, sino de evitar que lo hagan sin defensas.
Algunos estudios han relacionado el uso muy intensivo de redes, especialmente por encima de seis horas diarias y con rasgos de adicción, con síntomas de ansiedad y depresión. La causalidad no siempre está clara, pero la alerta es razonable. Cuando la pantalla sustituye a la conversación presencial, reduce la actividad física o alimenta una sensación de aislamiento, la tecnología deja de ser una ayuda y se convierte en una trampa silenciosa.
La desinformación es otro punto crítico. Diversas investigaciones han observado que los usuarios mayores de 65 años pueden compartir más enlaces procedentes de dominios poco fiables que los grupos jóvenes. Esto no significa que sean incapaces, sino que ciertos factores pueden aumentar la vulnerabilidad al presentar confianza en mensajes reenviados por conocidos, hábitos informativos anteriores, menor familiaridad con el funcionamiento de los algoritmos y contenidos diseñados para provocar miedo, indignación o urgencia. Una falsa alerta sanitaria, una noticia política manipulada o un aviso bancario fraudulento pueden difundirse con rapidez si parecen creíbles.
El fraude económico es quizá el daño más visible. Las redes sociales se han convertido en una vía eficaz para estafas dirigidas a personas mayores. Perfiles falsos, supuestas inversiones seguras, romances fraudulentos, ayudas inexistentes o mensajes que imitan a familiares explotan la confianza, la necesidad de afecto y la presión emocional. La víctima no siempre cae por ingenuidad: muchas veces se enfrenta a engaños sofisticados, personalizados y persistentes. El entorno digital permite al estafador entrar en la vida privada de la persona, ganarse su confianza y empujarla a actuar con prisa.
También preocupa la privacidad. Muchas personas mayores creen que su participación ‘online’ es limitada e inofensiva como mirar fotos, leer publicaciones o responder a familiares. Sin embargo, pequeños gestos pueden revelar información sensible. Aceptar condiciones sin leer, reutilizar contraseñas, mantener la geolocalización activada, responder a desconocidos o publicar rutinas personales puede facilitar el acceso no autorizado, el ‘spam’ o el uso indebido de datos. En internet, lo aparentemente trivial puede tener consecuencias.
Pero reducir el debate a una condena de las redes sería un error. La tecnología también puede mejorar la vida de los mayores. Las videollamadas con familiares, los grupos de apoyo, las comunidades vecinales y los espacios de aprendizaje digital pueden reducir la soledad y reforzar vínculos reales. Las herramientas que facilitan el contacto directo, como Zoom o Skype, suelen ser especialmente útiles cuando conectan con personas cercanas como familiares o amigos y no solo con una corriente interminable de contenidos anónimos.
La diferencia está en el tipo de uso. Una red social empleada con moderación, acompañamiento y objetivos claros puede ser positiva. Una red utilizada de forma compulsiva, solitaria y acrítica puede aumentar el daño. Por eso, la alfabetización digital debería formar parte del envejecimiento activo. No basta con enseñar a abrir una aplicación: hay que explicar cómo detectar bulos, configurar la privacidad, crear contraseñas seguras, desconfiar de mensajes urgentes y consultar antes de entregar datos o dinero.
El reto no es apartar a las personas mayores de la tecnología, sino protegerlas dentro de ella. Acompañar no significa infantilizar. Significa reconocer que internet tiene reglas complejas, intereses comerciales y riesgos concretos. Las redes sociales pueden ser una ventana de compañía, información y participación, pero también una puerta a la ansiedad, el fraude y la manipulación. La clave está en usarlas con criterio humano.