Massolini

JON JUARISTI – ABC – 18/10/15

Jon Juaristi
Jon Juaristi

· El fracaso de su vía plebiscitaria induce en el secesionismo catalán delirios de violencia.

El intento de convertir las pasadas elecciones autonómicas de Cataluña en un referéndum de autodeterminación terminó mal para las dos fuerzas políticas que lo promovieron. Como ha sucedido otras veces en casos de coaliciones exprés en autonomías divididas por cuestiones identitarias, la suma de siglas ha restado votos tanto a Convergencia como a Esquerra. En tal sentido, fue una suerte para ambas que las CUP no se uniese a su coalición, porque el resultado habría sido todavía peor. Sin embargo, no parece que los antinacionalistas tengan demasiados motivos para el jolgorio. Ni siquiera para una alegría discreta. No, desde luego, en Cataluña, donde la primera manifestación por la unidad nacional convocada tras las elecciones no consiguió reunir un número de participantes superior al de los secesionistas que, tres días después, darían escolta a Mas hasta las puertas del TSJC.

Mezclar comicios y referéndums es absurdo. Unos y otros son plebiscitos, pero de distinto tipo y con finalidades muy diferentes. Los primeros sirven para definir mayorías y minorías en parlamentos de diverso ámbito. Los referéndums, para solucionar problemas sobre los que el poder legislativo no tiene poder de decisión porque atañen a las normas básicas que legitiman dicho poder, es decir, a los axiomas sobre los que se sostiene el sistema, y por tanto hay que convocar a los ciudadanos, no en su condición de electores, sino como nación, como sujeto colectivo de la soberanía. Los nacionalistas catalanes han estado jugando al referéndum con otras cosas. Con elecciones autonómicas y con simulacros preinsurreccionales. Jugando, en definitiva, a reproducir los aspectos más enloquecidos del 12 de abril de 1931 y del 6 de octubre de 1934. Haciendo de república, como diría Camba, pero en plan salvaje.

Cuando Renan escribió aquello de que la nación era un plebiscito cotidiano no intentaba sentar una definición política, sino calentar a los humillados y ofendidos franceses mediante una metáfora emotiva, aunque inútil frente a los vencedores prusianos. La locura consiste en interpretar literalmente las metáforas. Los nacionalistas creen que cualquier plebiscito sirve para forjar una nación, y no es así. Las elecciones autonómicas no alumbran naciones. Pero pueden dejarlo todo patas arriba, como ha sucedido en Cataluña, donde el Estado no ha desaparecido del todo, pero apenas funciona ya, porque el gobierno autonómico ha decidido traspasar el poder a la calle para asustar a los tribunales que pretendan endosarle responsabilidades jurídicas por la organización del primero de los dos improbables referéndums.

El jueves pasado, Artur Mas recurrió a un método de intimidación típicamente totalitario y ensayado con relativo éxito en la única región donde la violencia secesionista ha impedido por largo tiempo que el Estado de Derecho funcione normalmente. No hace tantos años, bajo la presidencia del lehendakari Ibarretxe, el PNV movilizaba a sus bases ante los tribunales de justicia cada vez que alguno de sus dirigentes era llamado a declarar. Así sucedió en junio de 2006 cuando debió comparecer ante el juez Marlaska el burukide Gorka Aguirre, imputado por presunta colaboración en las extorsiones de ETA a empresarios, y el 26 de marzo del año siguiente, cuando una masa enfurecida arropó al propio Ibarretxe, denunciado, tras haberse reunido con la dirección de Batasuna, por el Foro Ermua. La movilización callejera cumplía, en casos como éstos, la doble función de amedrentar a los jueces y de expulsar de los juzgados a los denunciantes (a patada limpia y ante la pasividad de la Ertzantza). Conviene recordarlo.

JON JUARISTI – ABC – 18/10/15