Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Su muerte violenta provocaría en EE.UU. un enfrentamiento civil de consecuencias desconocidas
Si este pasado fin de semana Donald Trump hubiera sido asesinado, miles de personas en todo el mundo, quizás millones, se habrían alegrado; no ya en los lugares donde es enemigo declarado por el simple hecho de ser el presidente de la nación más poderosa del mundo o, desde luego, en los países donde él ha intervenido militarmente directa o indirectamente y provocado miles de muertes, como en Irán o Palestina, sino incluso en países democráticos y en los propios EE.UU., donde la tensión popular y la polarización no dejan de crecer desde que fue reelegido presidente hace poco más de un año. Y no solo militantes de extrema izquierda, ciudadanos radicalizados, nihilistas convencidos o personas marginales partidarias de la violencia política en determinados casos sino ciudadanos corrientes sin otra motivación que el deseo de venganza contra el que consideran responsable de la muerte de miles de inocentes, del enfrentamiento civil creciente que sufre EE.UU. y de la ruptura del orden internacional consecuencia de sus declaraciones y de sus actuaciones efectivamente tomadas sobre el terreno. Para qué vamos a andarnos con medias tintas o disimular lo que es una evidencia que muchos de nosotros hemos vuelto a comprobar en las últimas horas, desde que un hombre armado irrumpiera en el hotel Hilton donde se celebraba la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca este pasado sábado con la intención de asesinarlo.
La mayoría de los que se habrían alegrado no lo dicen, porque semejante cosa no puede decirse, al menos en los países occidentales y en las sociedades democráticas, pero son miles, quizás millones, los que habrían celebrado su muerte. De hecho, lo estamos comprobando estos días a través de las redes sociales. Tras los dos intentos de atentado sufridos en el pasado, ya pudimos verlo, y ahora que Trump ya ha mostrado su peor cara y casi todo ha empeorado, lo estamos comprobando más claramente. Muchos no lo dicen públicamente y sólo lo afirman privadamente, y otros que también lo piensan, prefieren no decirlo ni siquiera en el ámbito privado, porque no está bien desear la muerte de un ser humano. Más fácilmente asumible sería una muerte natural sin más responsables que las casualidades de la vida (una caída doméstica, una picadura venenosa, una enfermedad venérea de dramáticas consecuencias), pero no es de lo que aquí se debate, sino del hipotético asesinato de un ser humano llamado Donald Trump, que además es presidente de EE.UU.