IÑAKI IRIARTE-EL DEBATE
  • Quiero creer que todavía mantenemos el recuerdo de una patria compartida y que todavía estamos a tiempo de salvar a España de nuestras propias vísceras. Sánchez pasará. Pasará Feijóo. Como pasaron González, Aznar y Rajoy
Poca gente sabe hoy del enorme influjo que ejerció Charles Maurras (1868-1952) en las derechas francesas anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Intelectuales de la talla de Maritain y figuras como el joven De Gaulle le profesaron su admiración. Muy probablemente sus ideas estaban condenadas a no sobrevivir al estado de opinión nacido tras la contienda, pero lo que le condujo directamente a la cárcel y al ostracismo intelectual peri y post mortem fue su apoyo al régimen del mariscal Petain (la llamada «Francia de Vichy»).
Leer a Maurras produce hoy una impresión extraña. Muchas de sus parrafadas –singularmente, sus bizarros alegatos antisemitas– nos parecerán un insulto a la inteligencia. Su argumentación resulta a menudo reiterativa, retorcida o confusa: sus conclusiones, exageradas o absurdas. Sin embargo, en no pocas ocasiones, Maurras consigue también expresar con brillantez ideas, aunque paradójicas, sugestivas e inquietantes. Por ejemplo, rechazaba tajantemente la república y propugnaba como remedio, no una monarquía parlamentaria, sino una monarquía en la que el rey tuviese en su mano toda la soberanía. De hecho, la mera hipótesis de que ésta correspondiera a la nación le parecía un sinsentido. Por mucho que después de la Revolución francesa se hubiese convertido en moneda común hablar de las libertades ciudadanas, esto no era, a su juicio, más que una ficción filosófica. En todo régimen político los súbditos no sólo están sometidos al soberano, sino que tampoco son libres, porque no se han construido ni se sostienen a sí mismos. Su ser, su personalidad y su supervivencia son el resultado de la concurrencia de una multitud de factores culturales, económicos, etc., de carácter colectivo. En definitiva, y por parafrasear a Foucault, somos sujetos precisamente porque estamos sujetos, es decir, porque no somos libres. ¿Cómo podríamos soñar con ser soberanos? Las leyes se promulgan para que los ciudadanos las obedezcan y no para que éstos se hagan obedecer. Eso no significa que vivir en una sociedad política represente una coacción insufrible, como piensan algunos anarquistas. Porque es gracias a esa constelación de ataduras que podemos salir a la calle, tener un trabajo, comprar el pan o publicar un artículo. Tal conjunto de vínculos definiría la verdadera «constitución» de un pueblo, la expresión de su «política natural», y ésta no podría ser alterada por la decisión de un parlamento, ni por el plebiscito de una generación.
A partir de estas premisas, Maurras consideraba la democracia no sólo un disparate, sino una amenaza contra la propia existencia de la nación.
La democracia, en efecto, no sería sino la articulación institucional del principio de la igualdad. Busca la nivelación de todo y de todos. La nación, en cambio, es un cuerpo, una organización, y toda organización implica un orden interno, es decir, una jerarquía, que garantiza su viabilidad. Es lo contrario de la igualdad. Por eso, el «demos» de los que pretenden ser, diríamos hoy, «libres e iguales» atacaría directamente al pueblo, es decir, al cuerpo de la nación, de quienes son diferentes y están sometidos a esa constelación de múltiples sujeciones. De todo ello deduce Maurras que la democracia nos conduce a la guerra, a la peor guerra, a la guerra civil. Socava la organización interna de la nación e incita a los ciudadanos a pelearse para imponer la falacia de una igualdad que nunca podría terminar de alcanzarse. Cuanto más iguales, más enconadas son las luchas entre ellos (un poco, al modo de las langostas a las que en alguna ocasión se ha referido Jordan Peterson, que sólo superan ese escenario violento a través del establecimiento de jerarquías entre ellas). Para Maurras, en el fondo, sólo los muertos son iguales; la vida se yergue siempre sobre la pulsión de la diferencia.
La deriva que está tomando desde hace años la democracia en España –y en otras partes del mundo– parece respaldar, por lo menos en parte, el rancio pesimismo de Maurras. No es sólo la clase política, no son sólo las redes sociales, no son las calles. La nación está ya tomada por un espíritu de guerra civil. Cada bando resume su credo en la contradicción hostil de su contraparte ‘Odi te, ergo sum’. Porque a quien más se percibe como enemigo, es al compatriota que vota diferente. Nos es imposible ya compartir creencias, valores y afectos. La fachosfera versus los social–comunistas. Cada uno con su doble vara de medir y con la misma ley del embudo, nuestra verdadera ley de leyes. Acaso también los separatismos de determinadas regiones no sean sino otra manifestación de nuestra tendencia aciaga hacia la descomposición.
De continuar con esta dinámica, ¿qué quedará dentro de quince o veinte años de nuestra conciencia de vida en común, de nuestra voluntad de estar juntos? Seremos acaso hutus y tutsis, indiscernibles físicamente, pero con ideas y valores visceralmente opuestos. España será un cuerpo amorfo. No seremos libres, ni soberanos, pero, en cambio, seremos terriblemente iguales, en mezquindad y pequeñez.
Quiero creer que todavía mantenemos el recuerdo de una patria compartida y que todavía estamos a tiempo de salvar a España de nuestras propias vísceras. Sánchez pasará. Pasará Feijóo. Como pasaron Rivera, Iglesias, González, Aznar y Rajoy. La nación debe quedar tras ellos. Es posible que los partidos no puedan encontrar la forma de escapar a la polarización, pero por lo menos los «opinadores» deberíamos intentarlo. Tenemos padres, tenemos o tendremos hijos. No inventamos este país; no podemos permitir que los afectos que le dan vida se extingan con esta generación.
Iñaki Iriarte es profesor titular de la Universidad del País Vasco