Amaia Fano-El Correo
Cuando Óscar Puente calificó de «absoluta ignominia» la fotografía de Felipe VI con Javier Negre y acusó a la Casa Real de haber cruzado una «línea roja» al retratarse junto a un periodista de ultraderecha, ya se veía que aquello venía con carga de profundidad y vocación de marcar tendencia.
Desnudando su «alma republicana», el ministro más pendenciero de este Gobierno se atrevía a hacer algo inédito desde la instauración de la monarquía parlamentaria: convertir al jefe del Estado en objeto de impugnación política. Y, una vez abierta la veda, ha sido su jefe el encargado de seguir su estela al afearle al rey que no haya ido aún a Ceuta y Melilla, tras atribuirle veinte años de reinado, cuando solo lleva doce. A diferencia suya que, según dijo poniéndose de ejemplo, ha sido el presidente que más ha ido.
Entrevistado a su vuelta de vacaciones en ‘su radio amiga’, Sánchez dijo que existen «argumentos y razones suficientes» para que Felipe VI visite «por fin» las ciudades autónomas, como dando por hecho que no quisiera hacerlo. Lo que, viniendo de quien viene, no es algo inocente.
Por primera vez, la Corona es presentada por el Poder Ejecutivo como una institución cuestionable, se sugiere que no cumple adecuadamente su función, que no está donde debería estar o que está «contaminada» por compañías de «ideología indeseable».
La razón, como casi todo lo que atañe a su persona, tiene que ver con su necesidad de perpetuarse. Urgido por la agenda judicial, Sánchez sabe que el poder le protege y que perderlo acabaría con el control institucional que hoy administra. Su objetivo es lograr que las próximas elecciones se celebren en un clima que le sea propicio, para lo cual necesita convencernos de que su derrota sería una tragedia colectiva, mantener movilizada a la izquierda y hacer crecer a Vox para que el PP sea su rehén y quede invalidado como alternativa.
La crisis de Ceuta le proporciona la combinación perfecta de rechazo a la inmigración y defensa de la soberanía nacional y la integridad territorial que suele hacer crecer a la extrema derecha, con lo que Sánchez puede volver a plantear las elecciones como un dilema entre él y el caos y hacer que el miedo a la involución democrática dispare el voto útil. Pero es consciente de que, esta vez, necesitará algo más que ofrecer a sus socios. Una pieza de caza mayor. Un último recurso para volver a camelarles y revalidar su apoyo otra legislatura. Y ese recurso es la Monarquía. Para llegar a hablar de un cambio de régimen que vuelva a hacer de España una república (a poder ser federal).
hay que desacreditar al rey, figura garante de la unidad nacional, discutir su función y hasta sus compañías. Y hacer lo propio con el poder judicial. Después llegará la pregunta de qué modelo de Estado queremos.
Esa es la deriva que se vislumbra: polarizar España, engordar a Vox, hacer del PP su rehén y de la derecha una amenaza, y utilizar ese miedo para crear una suerte de Frente Popular (por el que formaciones como EH Bildu y su secretario general, Arnaldo Otegi, claman día sí y día también) que ayude a Sánchez a frenar a la derecha reaccionaria y exija reabrir el melón territorial. Sánchez contra el caos, contra la involución democrática y contra el régimen del 78, si hace falta.
El presidente ha defendido su derecho a descansar en La Mareta mientras Ceuta era abandonada a su suerte. Ojalá hubiera descansado más y maquinado menos. Pero cuatro semanas “de reflexión” dan para mucho. Incluso para cambiar las reglas del juego.