Iván Igartua-El Correo
- Putin aprovecha la coyuntura bélica para amarrar los pilares de su régimen. Y trata de compensar el frenazo en la ocupación castigando a Ucrania con ataques salvajes
En su afán desmedido por restaurar la esencia del régimen soviético, rescatándola de las cenizas de un pasado aún reciente, el Kremlin desencadenó en 2022 una guerra que, lejos de reportarle una victoria inmediata y aplastante, hace ya tiempo que lleva camino de convertirse en un conflicto de desgaste sin salida evidente. Podría por ello no ser muy distinta, en cuanto a sus efectos últimos, de la intervención militar en Afganistán entre 1978 y 1989, que solo pudieron detener el colapso económico y el posterior desmoronamiento de la Unión Soviética, aunque en esta ocasión lo más probable es que sea una combinación de presión interior, antes que nada financiera, y exterior, de corte diplomático, lo que acabe precipitando algún día (de momento lejano) el final de la agresión, con consecuencias territoriales para Ucrania que aún están por ver.
La tensión bélica, a poder ser constante y duradera, es uno de los componentes sustanciales del programa de restitución, junto con la anulación de toda alternativa política, el férreo control ideológico, la omnipresencia acechante de los servicios secretos y la restricción generalizada de libertades. Todo ello se traduce en la represión sistemática de cualquier conato de oposición. Revertir esa gran tragedia del siglo XX que fue para Vladímir Putin la disolución de la URSS supone recuperar, imponiéndolos a toda costa, los rasgos funcionales que caracterizaron la dictadura comunista, por más que en la vertiente doctrinal pueda permitirse alguna que otra mutación, como la que hace traslucir la afinidad del actual Gobierno ruso con los movimientos ultraderechistas de Europa occidental. La pulsión totalitaria venía ya de serie.
En las últimas semanas, varias decisiones de Moscú han ahondado en ese retorno al recetario soviético de manera inequívoca y contundente. La persecución que ha sufrido en estos años Memorial, la entidad que desde su fundación en 1989 ha investigado los crímenes contra los derechos humanos cometidos en Rusia y otros países y que en 2022 recibió el Premio Nobel de la Paz, alcanzó su grado máximo hace algo más de un mes, cuando la organización fue declarada extremista por las autoridades rusas, lo que ha conllevado el cese de todas sus actividades.
Por otra parte, la psicosis autocrática se ha disparado hasta límites desconocidos hasta la fecha. La restricción del acceso a internet ha llegado a ser casi total en días como el 9 de mayo, el de la celebración de la victoria en la II Guerra Mundial, para lo que se alegaron motivos de seguridad nacional (quizá justificados), pero lleva en realidad aplicándose varios meses, algo que podría estar minando seriamente el apoyo al Ejecutivo entre sectores de la población con alguna influencia política. El frente de guerra les sigue quedando, a muchos, muy lejos; el acceso a las redes es, como el comer, un hábito diario, además de ser una ventana -la única que seguía medianamente abierta- a otros mundos posibles.
Con todo, la iniciativa tal vez más elocuente (y a la vez ominosa) que se ha puesto en marcha esta temporada es la campaña propagandística acerca de los «diez siglos de rusofobia polaca», materializada en una exposición que ha diseñado la Sociedad Histórico-Militar Rusa, dirigida por Vladímir Medinski, asesor de Putin, furibundo practicante del revisionismo histórico y quien, según el periodista Mijaíl Zigar, escribe muchos de los textos que firma el líder ruso. Si el enfoque de la campaña es ya de por sí repulsivo, lo espeluznante del asunto es la ubicación escogida para la exposición. No se les ha ocurrido mejor cosa que plantarla en el bosque de Katin (cerca de Smolensk) junto a las tumbas de las víctimas polacas (oficiales del ejército, soldados, intelectuales y otros civiles) que fueron masacradas por la policía secreta de Beria y Stalin (el NKVD) entre abril y mayo de 1940, un total aproximado de 22.000 personas asesinadas. Para que luego digan que lo grave es la rusofobia.
Ahora que parecen aflorar signos de agotamiento e incluso de cierto temor en el bando ruso, algo que se vio de algún modo reflejado en el bajísimo perfil del desfile por el Día de la Victoria, y dado que el avance de sus tropas en el frente es más que dudoso, las medidas recientes que ha adoptado Moscú pueden tener pleno sentido. La finalidad no es otra seguramente que la de aprovechar al máximo la coyuntura bélica para echar el resto, amarrar los pilares del régimen y conjurar así cualquier tentativa de transición a medio plazo. Mientras tanto, el frenazo en la ocupación de territorio trata de compensarse castigando a la población ucraniana con ataques salvajes como los de estos primeros días de junio.
Si la invasión no puede estirarse indefinidamente, el Kremlin no va a dejar escapar la oportunidad de atar los últimos cabos que permitan la supervivencia de Putin y sus potenciales sucesores cuando hayan cesado los bombardeos. Y eso pasa por amordazar a tiempo y continuar anestesiando al conjunto de la sociedad, no sea que en algún momento la gente empiece a preguntar por los cientos de miles de bajas -propias y ajenas, militares y civiles- que ha causado una guerra que solo responde a los delirios criminales de un tirano y sus abanderados