Mundo de hadas

ABC 12/03/16
LUIS VENTOSO

· El Ejército no es una onegé. Existe para salvaguardar nuestras libertades frente a talantes tipo Colau

CUANDO vas viviendo un poco acabas descubriendo algo bastante desagradable, con lo que no contabas en los pajaritos de tu infancia y primera adolescencia: en general, los seres humanos no somos ángeles. De hecho, en la práctica, la mayoría de la peña acaba resultando bastante revirada. Por fortuna existen personas capaces de conmovedores gestos de altruismo. Hasta hay quien llega a entregar literalmente su vida por los demás. Pero, siendo el hombre un ser falible, no creo que haya respirado nadie que haya sido sublime e impecable todo el tiempo. En una misma vida puedes ser un día un héroe y al siguiente un puro canalla. Tal es la paradójica y terrible pasta dual de la que estamos compuestos.

El principal fallo del marxismo y la izquierda socializante se halla en su concepción angélica del hombre. A diferencia de los liberales, no lo asumen como realmente es. Prefieren un cuento de hadas (o de Adas). Prometen que cuando nos liberemos de la abusiva casta, cuando el proletariado tome las riendas, arribaremos al paraíso terrenal, con un reparto justo de los bienes de producción basado en la solidaridad espontánea entre bondadosos trabajadores.

Mucho me temo que el viejo Hobbes, allá en su siglo XVII, caló mejor a la tropa que Ada Colau, filósofa a la que le faltan unas pocas asignaturas para acabar la carrera (ánimo, alcaldesa, que solo tienes 42 tacos). Hobbes creía que la situación natural del hombre antes de que se crease el Leviatán (el Estado) era «la guerra permanente de todos contra todos», porque «el hombre es un lobo para el hombre». A diferencia de Ada, que piensa que todos llevamos dentro un beatífico okupa-flautista presto a repartir su bocata y catre con los demás, Hobbes señaló que «las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte, el deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable y la esperanza de obtenerlas por su industria». Es decir: el miedo y el interés. ¿Desolador? No es tan bonito como la égloga pastoril de Ada, desde luego. ¿Realista? Pues desgraciadamente sí (aunque yo añadiría un tercer motor: el amor).

En España existe la acomplejada costumbre de justificar la razón de ser del Ejército pintándolo como una suerte de oenegé que ayuda solidariamente a víctimas de calamidades variopintas. Y es cierto que lo hace. Pero la misión medular del Ejército democrático es otra, y la señala muy bien la Constitución: «Garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional». Por eso, y no por otro motivo, no le gusta el Ejército a Ada, autora de una frase emponzoñada (si una ley no te gusta tienes derecho a incumplirla), que de aplicarse a gran escala nos devolvería presto a la guerra de todos contra todos de Hobbes. No, el Ejército no es una organización de ayuda humanitaria. Existe para salvaguardar nuestras libertades y nuestra soberanía nacional frente a personas que piensan y actúan… pues sí: como la entrañable Ada. Su sueño de imponer a la brava una igualación a la baja de la riqueza de las personas no es nada nuevo. Se llama comunismo.

Por cierto, acaba siempre igual: magro condumio y menos libertad.