ABC-GABRIEL ALBIAC

Se anuncia una hecatombe: la de España. Y un deshonor: el del doctor Sánchez

EL avión acababa de aterrizar. Daladier salió penosamente de la cabina y puso pie en la escalera; estaba pálido. Hubo un clamor enorme y la gente se echó a correr, rompiendo el cordón policial, llevándose por delante las barreras… Gritaban ¡Viva Francia! ¡Viva Inglaterra! ¡Viva la Paz!, enarbolaban banderas y ramos de flores. Daladier se detuvo en el primer escalón: los miró con estupor. Se volvió hacia Léger y murmuró entre dientes: ¡Si serán gilipollas!».

La escena tuvo lugar en Le Bourget el 30 de septiembre de 1938. Jean-Paul Sartre la narra en Le sursis («La prórroga»), segundo volumen de su trilogía Los caminos de la libertad. El Léger al que Daladier se dirige es un joven diplomático que llegará a ser el gran poeta Saint-John Perse. Justo antes de aterrizar, Alexis Léger ha asistido al pánico del primer ministro, que cree ir a ser linchado por sus conciudadanos. Acaba de hacer lo peor: negociar con Hitler. Ni él siquiera ignora a qué le hace acreedor ante la historia semejante infamia. De pronto, lo inesperado: la multitud abraza la infamia y lo ovaciona. En algo menos de un año, los nacional-socialistas alemanes entrarán en Polonia. En un par de semanas devorarán Francia. Sin el empecinamiento de un viejo y casi jubilado Winston Churchill, la cobardía de Daladier y Chamberlain hubiera consagrado el reparto del continente entre Hitler y Stalin. En la foto que sella aquellos acuerdos, alguien debió poner un escabel sobre el cual posa Hitler, para que su estatura no desmerezca mucho de la de sus cofirmantes: les saca una cabeza a Mussolini y Daladier, que lo franquean; e iguala en longitud a Chamberlain. Es justo que así sea: no cuadra a un vencedor quedar iconográficamente por debajo de los que a su arrogancia se rindieron.

¿Han preparado ya en Barcelona el escabel para Torra con la medida adecuada? Estoy seguro de ello. Porque, antes de que la reunión se inicie, el racista que rige la Generalidad ha ganado ya su partida. Exactamente igual que la ganó el racista que regía Alemania antes de que ningún acuerdo se hubiera sellado. Sentarse a conversar con el Führer alemán en Múnich era ya, para los sedicentes gobernantes democráticos, haber aceptado la derrota más humillante. El escarnio que Winston Churchill hará del primer ministro británico tiene la frialdad de un axioma aritmético: «Aceptasteis deshonor para evitar guerra. Tendréis deshonor y guerra».

Múnich es más aquella foto del césar nazi unciendo a su carro a los pusilánimes enemigos francés y británico que los términos mismos de un acuerdo que todos sabían inane. Todo es liturgia en esa ceremonia, cuya foto se nos haría histriónica si no supiéramos las cifras sacrificiales que el rito exigiría: tirando por lo bajo, unos sesenta millones de muertos. Y el deshonor sobre Édouard Daladier, sobre Neville Chamberlain.

La foto de hoy en Barcelona, entre un presidente constitucional y un golpista, repondrá esa liturgia. No importa lo que se haya dicho, escrito o acordado. La foto es ya la victoria del racista Torra, como lo fue del racista Hitler en 1938: se impone problemática y calendario, se distribuyen las piezas sobre el tablero. Se anuncia una hecatombe: la de España. Y un deshonor: el del doctor Sánchez. ¿Lo peor? Lo peor de todo es que hasta puede que haya aquí algún bobalicón para aplaudir «la paz». Igual a aquellos pobres diablos a quienes asestaba Daladier su puñalada de pícaro: «¡Si serán gilipollas!».