Nación para todos

La inestabilidad institucional que expresa la deriva estatutaria, con naciones nuevas y posibles soberanías posteriores -siempre incompatibles-, es la menos adecuada para negociar con una banda terrorista que sabe latín. Porque sin consenso previo, de esos que constituyen una nación moderna, no hay posibilidad de negociación con éxito.

 

Si la fórmula anterior de «café para todos» acabó otorgando a las diferentes autonomías de España un régimen de competencia similar no se vayan a creer que una entidad nacional se crea meramente con su enunciación. La autonomía sí, porque depende tanto del poder local como del central, que si que era una nación. Pero ser algo nacional supone compartir globalmente un espacio político, fuera y aparte de cualquier otro, necesario para los consensos imprescindibles, y eso se logra con el tiempo, con muchos errores asumidos, hasta trágicos, y no por una mera enunciación formal.

De hecho, que el estatuto que le da a Cataluña su definición nacional sea apoyado por menos fuerzas que el anterior, y con una crisis de gobierno previa, le convierte en el menos nacional de todos los estatutos que haya tenido. Precisamente eso ocurre por haber buscado obsesivamente su realización desde una perspectiva nacionalista, cuando se debería ya saber que las naciones dejan de ser nación cuando la erige o la controla un nacionalismo (la Alemania Nazi, la España del Caudillo, incluso la Republica Francesa de los jacobinos, que reivindicaban como nadie la nación, pero en su exaltación sectaria fueron incapaces de erigirla). Bajo los nacionalismos no caben las minorías, tampoco las mayorías -no es este el juego-, y no es necesario el espacio para los consensos imprescindibles. Se basta a sí mismo el nacionalismo que pastorea, sustituyendo al monarca absoluto, la nación en su versión prerrevolucionaria. La autoridad política se justifica por la gracia de Dios, o los derechos históricos, que son lo mismo, es decir, ajenos al pueblo

Asistimos a una reacción institucional, antidemocrática, o al menos despreciativa de los consensos imprescindibles para constituir cualquier nación, probablemente inspirada en la necesidad de determinados partidos de formular un espacio político pensado más para garantizar su propio futuro de partido en el poder que en los intereses generales que citaba Marx. A los sones del himno «Opá yo via jasé un corrá….» se fortifican las condiciones para la eternidad del partido, o partidos, en la gestión del poder de una determinada ínsula, mientras por otro lado la nación anterior además de deteriorada por la centrifugación de ella misma y de su Estado, que casi es lo de menos, puede salir mucho más deteriorada por la desaparición de los consensos imprescindibles que la constituyen políticamente, que es lo que hoy pasa en las Cortes. Las nuevas naciones empiezan por no ser nación, y la vieja empieza por ir dejándolo de ser. Aunque esto sea sólo la génesis tiene apariencias de balcanización.

Es muy posible que por adhesión partidista seamos capaces de perder la ciudadanía. Ni es nuevo ni original, lo probablemente nuevo es que en medio de la apología de la república, de los derechos de sectores sociales anteriormente marginados, de la solidaridad exótica, es decir, con seres del tercer mundo mientras al vecino le descerrajaban cuatro tiros, en nombre de toda esta cultura tan correcta, higiénica, aparentemente llena de moral y ética, con flores blancas para la paz en este mes de mayo de María, y mínima creencia en los resortes políticos necesarios surgidos del consenso que hacen posible la convivencia, perdamos el Estado de derecho, tras la nación que lo sustenta, y detrás todo lo demás.

A pesar de toda nuestra buena voluntad, el mejor de los talantes, la más bella solidaridad, pero incapaces de consensuar con la derecha, con el otro, nos estamos cargando, el espacio de convivencia, la nación que existía desde la Transición. Actuando exactamente igual que en un país tercermundista, y así nunca seremos un país moderno a pesar del postmodernismo que nos embriaga. Al cura Santa Cruz, que le encantaba volar locomotoras por el símbolo de progreso que entrañaban, le hubiera encantado también todo esto que está pasando.
Habrá que darle la razón a Otegi cuando exclama que la situación es kafkiana. No sólo en lo que se refiere en lo relativo al proceso de negociación, que lo es. Es ultrakafakiana cuando es él mismo, representante de un partido ilegal el que lo hace ante todos los medios de comunicación del mundo. Y es peor, todavía, porque la inestabilidad institucional que expresa la deriva estatutaria con naciones nuevas, y posibles soberanías -siempre incompatibles- posteriores, otorga una inestabilidad institucional que es la menos adecuada para negociar con una banda terrorista que sabe latín. Porque sin consenso previo, de esos que constituyen una nación moderna, no hay posibilidad de negociación con éxito. Pero que más da si lo importante es el rústico corrá.

Eduardo Uriarte, BASTAYA.ORG, 30/5/2006