Luis Ventoso-El Debate
  • Nigel Farage, que acaba de dar un vuelco a la política inglesa, es un personaje más largo que la vida, al que le falta todavía pasar de las musas al teatro

Nigel Paul Farage, de 62 años, el político más pinturero de un país que adora a los excéntricos, acaba de voltear el tablero británico tras una larguísima travesía del desierto. Los laboristas se hunden con el huero Keir Starmer, que los ha breado a impuestos tras prometer lo contrario, y los conservadores han caído a cuarta fuerza, todo en unas elecciones locales donde el partido de Farage ha sido el que ha sumado más ediles (1.358, frente a 947 de los laboristas y 738 de los tories).

Reform UK, fundado en 2018 como el Brexit Party y que adoptó su actual nombre en 2021, ha sido además segundo en los parlamentos de Gales y Escocia. Ya no resulta descartable ver un día a Farage apurando un gintonic en el Número 10, algo impensable cuando hace 20 años empezó a dar la nota como un outsider insurgente.

Con su pitillo y su pinta, con un intento de elegancia a lo gentleman, que se queda en un secundario de Benny Hill ataviado en un Marks & Spencer de 1973, Farage es uno de esos personajes más grandes que la vida, que daría para varias novelas. En una nación muy venida a menos, pero que conserva delirios de grandeza, los británicos le han votado porque en tiempos de globalización lo reconocen como uno de los suyos y porque promete un revolcón frente a un bipartidismo incapaz de revertir la cuesta abajo del Reino Unido (algo casi imposible mande quien mande, porque el país está muy anticuado y, lo que es peor, con pocas ganas de trabajar).

Pero Farage tampoco supone esa ruptura absoluta con el pasado que vende. No deja de ser una especie de tory híper vitaminado -de hecho militó 14 años en el Partido Conservador, hasta 1992-, con marcadas notas de color y una claridad expresiva muy eficaz. Goza del carisma de una estrella pop, algo que ya adornaba a Boris, hasta que llegó al poder y se vio que el chiste no tenía tanta gracia, porque gobernar le quedaba grande.

Farage gasta un constante sentido del humor, a veces descacharrante, algo que por desgracia ha desaparecido en la insufrible política española de la solemnización de majaderías y obviedades. En 2014, cuando él estaba al frente de UKIP y yo trabajaba en Londres, tuve ocasión de entrevistarlo:

-Algunos dicen que usted gusta porque es el típico inglés. Otros señalan que dista de ser un hombre común, que es una persona de buena familia, que ganó muchísimo dinero de joven en la City, que ha vivido y trabajado décadas en Bruselas… ¿Quién es el verdadero Farage?

-¡El verdadero Nigel! Bueno, yo disfruto bebiendo, y no veo ningún problema con eso. A diferencia de casi todos los políticos, en su momento tuve un trabajo en la empresa privada. Toda una novedad en la escena actual. Conmigo, lo que ves es lo que tienes. No hay pérdida.

Siguiendo en esa línea, y siendo yo español, se vino arriba con una humorada: «No conozco a ningún hombre vivo que haya bebido más Rioja que yo, y lo he disfrutado muchísimo. ¡Gracias España!».

Más en serio, le planteé si lo suyo no era un ejercicio de nacionalismo nostálgico de glorias imperiales: «No, esto no va de historias de escuderos en los viejos condados. Es el partido de los trabajadores que aspiran a cosas mejores para ellos y sus familias. No somos un partido nacionalista. Somos un partido libertario, con unas ideas políticas y unos políticos que nada tienen que ver con el origen y la raza. Simplemente queremos que la democracia determine nuestro futuro. Vivir y prosperar bajo nuestras propias leyes».

Farage, caricatura al margen, es muy inteligente y un orador bien articulado. Otra cosa es su vida privada, una montaña rusa, con más vidas que un gato. En 1985, saliendo chisposo de una farra, lo atropelló un coche. Estuvo once meses en el hospital y salió de allí casándose con su enfermera, con la que tuvo dos hijos. Al año siguiente superó un cáncer de testículo. También ha sobrevivido a un accidente de avioneta, que se estrelló cuando hacía propaganda electoral desde ella.

En 1999, el inglés quintaesencial de Kent dejó a su mujer para casarse con una alemana, con la que tuvo otros dos hijos y a la que enchufó en su gabinete en el Parlamento Europeo. Y es que Farage es un antieuropeísta que vivió de su euroescaño desde 1999 hasta 2020. Allí tenía también una asesora francesa, Laure Ferrari, 16 años más joven que él y a la que había conocido en un bar de Estrasburgo, por la que acabó dejando a su mujer germana. Cuando lo pillaron en el lance adúltero recurrió a su gracejo: «Ya sabes, solo se vive una vez…».

Farage es hijo de un agente de bolsa alcohólico, Guy Oscar Justus Farage, que abandonó a la familia cuando Nigel tenía cinco años. No quiso ir a la universidad y a los 18 ya trabajaba en la City como bróker de materias primas. Despierto y decidido, ganó mucho dinero antes de pasarse a la política. Se declara un «miembro caducado» de la Iglesia de Inglaterra, de la que se ha apartado «por su wokismo», y asegura que si volviese a un templo sería a uno católico.

Reform UK ha iniciado el camino para sustituir al Partido Conservador como formación hegemónica de la derecha, la misma dinámica que intenta Vox en España. Si Farage llega un día a meta le tocará pasar de las musas al teatro, y ahí… De entrada, todas las promesas nacionalistas del Brexit se han incumplido. El país está peor que nunca, pero replican que es «porque todavía no ha llegado el verdadero Brexit». Reform ha pescado tanto en los caladeros laboristas, donde ha derribado el Muro Rojo, como en los tories, debido a que las clases medias tradicionales de Occidente están depres y en declive y buscan una esperanza. Muchos creen haberla hallado en Farage. Y de propina hasta se echan unas risas.

Como hicimos en España con «la nueva política», los británicos acaban de pasar de la estabilidad de un bipartidismo dominante a una sopa de cinco formaciones. Llámenme carca, pero visto lo que tenemos aquí (tres años sin presupuestos y un serio problema territorial), no les arriendo la ganancia…