Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Millones de personas están convencidas de que repetir el mantra de ‘no a la guerra’ ayuda a exorcizar el peligro de verse envueltos en una

Los seres humanos sólo soportamos dosis relativas de realismo: una absoluta puede resultar devastadora. Por eso necesitamos las ficciones, o somos más condescendientes con la mentira que con las verdades indeseadas (sobre todo en España, por razones interesantes que reclaman un trato extenso aparte). Pero también está claro que las dosis excesivas de irrealismo, o falta de sentido de la realidad, pueden ser mucho peores, porque ciegan, bloquean y paralizan hasta que resulta demasiado tarde.

Un libro poco conocido (creo que no se ha traducido) del historiador francés Daniel Schneidermann, Berlin, 1933. La presse international face á Hitler, documenta con no poco estupor la asombrosa ceguera de más de 200 corresponsales internacionales ante el significado del nazismo; muchos lo juzgaron un movimiento político civilizado, algo brutal en las formas pero sin peligro alguno en el fondo. No se engañaron, en cambio, Eugenio Xammar y Manuel Chaves Nogales, pero eran españoles cuyo juicio no podía competir con las vacas sagradas de la prensa anglosajona y francesa, aunque fueran vacas cegadas por la irrealidad.

Seguro que usted ha captado que el título “No a la realidad” está inspirado en el popular “No a la guerra”, y así es. No porque las guerras sean fenómenos más reales que otros, sino porque el abuso de esa consigna, pacifista sólo en apariencia, contiene un preocupante y peligroso principio de rechazo de toda realidad indeseable. La diferencia estriba en que la realidad puede ser más o menos deseable o indeseable, según, pero la irrealidad siempre parece deseable. Para entendernos: es de lo más normal comprar un décimo de lotería y fantasear con lo que haríamos con el premio, aunque sea altamente improbable y por tanto poco realista. Pero es mucho más raro, si no patológico, regodearse imaginando desgracias futuras. Por eso, si bien toda evasión de la realidad suele perseguir sueños agradables, el exceso puede conducir a delirios de pesadilla.

¿Estamos en una época o sociedad particularmente delirante? Hay motivos para creer que sí. El síntoma es la facilidad con la que es posible engatusar a grandes cantidades de gente con asombrosas negaciones de la realidad (aquí dediqué una al problema de la vivienda). Irrealismo y mentira no son lo mismo: la mentira no busca evasión de lo real, sino manipularla. Pero el irrealismo es un gran ayudante del mentiroso. Volvamos al “no a la guerra”. Millones de personas están genuinamente convencidas de que repetir la expresión ayuda de algún modo a exorcizar el peligro de verse envueltos en una, y menos duda cabe aún de que actúa como eficaz lavadora de conciencias. Al fin y al cabo, hasta el papa de Roma se pasa la vida repitiendo el no a la guerra como si, al hacerlo, cambiara algo, cuando solo reafirma una posición moral del catolicismo moderno legítima, pero escasamente realista.

La guerra no es cosa de dos

Para empezar, porque la guerra no es cosa de dos, ni es verdad que dos no pelean si uno no quiere, como decían nuestras madres. Eso podía valer para los duelos homéricos y medievales, pero a menudo las guerras peores son cosa de uno. Por ejemplo, la de Ucrania; ya se han documentado con nombres y apellidos la espantosa cifra de casi 200.000 soldados rusos muertos… en una guerra no declarada. Hasta Putin esgrime su propio “no a la guerra”, pues en ningún momento la ha declarado a Ucrania (quizás para negar que exista un ente político soberano o nación llamado Ucrania), lo que en la lógica del irrealismo probaría su inocencia en ese auténtico genocidio de ucranianos y de los suyos que, sin embargo, pocos le reprochamos. La mayoría de las guerras posteriores a 1945 ni siquiera se han declarado formalmente: han sido guerras de facto, no de jure. La larguísima y sangrienta de Vietnam (1946-1975) ni siquiera contó con una declaración formal de nadie, ni de Francia, ni de Estados Unidos ni del Vietnam del Sur o del Norte. Sobre estas guerras plenamente posmodernas hay un instructivo libro de Michael BurleighPequeñas guerras, lugares remotos: Insurrección global y la génesis del mundo moderno.

Una de las conclusiones del lector atento es que muchas guerras y conflictos armados posmodernos, que se cuentan por docenas, pasarían muy bien la reválida del actual “no a la guerra”: nunca han sido declaradas ni reconocidas como tales. En general, para no reconocer siquiera la existencia civil o política del enemigo. Por tanto, y si hemos de creer a los devotos del derecho internacional, nunca han existido como tales guerras, luego no hay verdadera razón para tomarlas como un peligro para nosotros. Y, sin embargo, han sido tragedias terribles para millones de víctimas. La negación de la realidad de esas guerras ha tenido pues varias consecuencias: una, abandonar a su suerte a las víctimas más vulnerables; otra, desactivar las instituciones responsables de aplicar los tratados internacionales; aún más, tranquilizar la conciencia de quienes prefieren vivir en la irrealidad privilegiada de que tales guerras no existen ni pueden afectarles realmente.

El eufemismo tabú

Pero es pura manipulación del lenguaje. Sabemos perfectamente que la primera regla para enfrentar un problema y buscar soluciones es llamarlo por su nombre. La evasión sistemática, el eufemismo tabú o la pura manipulación encubren siempre la negativa a enfrentar el problema, y facilitan a los peores sacarle partido para sus fines inconfesables. Recuerden una de las varias advertencias de Pilar Ruiz, la madre de Joseba Pagazaurtundua, a Patxi López, porque resultó profética en sentido literal: “Quien pacta con traidores se convierte en traidor”. Esa frase estremecedora, pronunciada en 2006, contenía la totalidad del descenso a la degeneración no ya solo de la política socialista, sino del sistema democrático español en su conjunto, cuyo final aún no podemos prever con seguridad. También que la sociedad española pagaría haberse dejado embaucar aceptando llamar “proceso de paz” al regalo de poder a una banda terrorista.

Igual que hay destructores de la realidad veraz hay profetas de la verdad, pero los segundos tienen casi todo en contra cuando se impone el no a la realidad, aunque quizás por eso deba haber profetas. El profeta, sea o no inspirado por un dios, levanta el velo que encubre realidades desagradables y la pone desnuda ante el mundo que rechaza verla. Esto enfurece a quienes quieren protegerse en ficciones alternativas que, en realidad, no protegen de nada. Como mucho retrasan el traumático despertar a lo que es real.