GABRIEL ALBIAC-ABC

Está en juego un sistema de alianzas para que el control de TVE sea monopolio de Sánchez, y el de TV3, monopolio de Torra

NADA importa más al político hoy que los televisores. Es la gran mutación del último medio siglo. Vuelca el concepto de «representación»: aquel que nació en 1789 como fundamento de las sociedades democráticas y es hoy arqueología.

Aquella «representación» funcionaba como una traslación ascendente que, desde los ciudadanos, delegaba su criterio y sus preferencias en los portavoces que habrían de ejercer la administración del Estado. Mediado el siglo XX, la relación pasó a invertirse. Y en esa inversión, se incorporó a las democracias el hallazgo más eficaz de los totalitarismos de entreguerras. Que enunciaba algo tan letal como sencillo: en las sociedades contemporáneas, los deseos y preferencias de la mayoría pueden ser modelados a la medida. Con lo que la subjetividad ciudadana resulta ser una mercancía específica, tan manufacturable como cualquier otra. Las máquinas sobre las cuales se articulaba esa fábrica de consenso eran aún limitadas: radio y cine fueron los germinales instrumentos de un poder que iba a centrarse, en los años veinte y treinta, en identificar a los dominados con el deseo de los dominadores.

Se pergeñó entonces un reparto de funciones entre ambos primeros medios de masas. La radio quedaba para la información: su inmediatez en la transmisión de contenidos y la familiaridad de su presencia doméstica la dotaban de una verosimilitud y, en el límite, de una simpatía blindadas. Al cine competía la gestión complementaria del espectáculo: la exterioridad misma de la sala de proyección era propicia para las identificaciones colectivas, de las que Eisenstein y Riefenstahl harían uso virtuoso. Realidad y entretenimiento se articulaban en el gran proyecto totalitario: convertir a cada ciudadano en minúsculo espejo del Estado. Aunque la bifurcación misma de los espacios de información y diversión agrietaba algo el modelo.

Esa bifurcación fue corregida en los años cincuenta en las sociedades democráticas. A partir de entonces, el televisor iba a proporcionar una masiva máquina de imágenes, por completo integrada en la cotidianidad doméstica y, en el límite, activa las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año. La penetración del Estado en lo íntimo pasaba a ser perfecta. Y la distinción entre lo público y lo privado –ese fundamento de la libertad en las sociedades burguesas– quedó extinta. El televisor es el instrumento mediante el cual el poder fabrica las imaginaciones privadas, a través de las cuales el ciudadano acepta sus servidumbres como libertades. En él, la diversión es información. Y a la inversa.

El juego de Sánchez con los independentistas catalanes es una lección de modernidad política aplastante: la nación no es nada, el televisor es todo. Nada hay de irracional en eso. Tal vez sí, de canalla. Pero, ¿quién ha dicho que lo canalla y lo eficaz se excluyan en la lucha por el poder? La nación puede fragmentarse, e incluso destruirse, sin que aquel que ostenta el mando se vea perjudicado en lo único que le importa: su dominio. En el límite, Sánchez sabe que no es contradictoria la hipótesis de habitar una Moncloa en cordiales relaciones con el presidente de la recién nacida República Catalana. Nada hay de contradictorio. Siempre que el poder de los televisores trueque un oxímoron en un pleonasmo. Sencillísimo.

Eso está en juego: qué sistema de alianzas se requiere para que el control de TVE sea monopolio de Sánchez, y el de TV3 (pronto TVC) monopolio de Torra. Lo demás, todo lo demás, es retórica.