IGNACIO CAMACHO-ABC

  • En el relato del fin del terrorismo hay una zona de sombra donde Ternera y sus herederos se mueven con impunidad dolorosa

No he visto la película de Évole con Josu Ternera, ni siquiera he decidido aún verla o no verla, y por tanto no opinaré directamente sobre ella. De lo que he leído a colegas cuyo criterio aprecio, colijo que las preguntas fueron más o menos correctas aunque falten algunas de mayor compromiso y pertinencia. Cuando el periodismo entrevista a un asesino o a un tirano, o a cualquier personaje que suscite repugnancia social, siempre surge el problema de si la charla servirá para blanquear al tipo de alguna manera. A juzgar por las reseñas más fiables, lo que se ve en la cinta parece más bien el autorretrato de una bestia hosca, cetrina, intelectualmente escuálida y sin atisbo de remordimientos de conciencia. Nada que merezca mucho la pena pero tampoco nada que reclame la necesidad de una censura previa.

Otra cosa es que el escenario del estreno sea el adecuado. El festival de San Sebastián –precisamente de San Sebastián, y es importante recordarlo–, uno de los más acreditados del mundo, lo organiza una sociedad pública integrada por el Ayuntamiento de la ciudad, el Ministerio de Cultura y el Gobierno vasco. Es decir, sostenida con el dinero de los ciudadanos. Y ese detalle abre una duda seria sobre la conveniencia de que las instituciones ofrezcan un espacio privilegiado para la autoexculpación –torpe, zafia pero intencionalmente nítida– de un jefe terrorista sin arrepentir que además enfoca con displicencia su espantosa colección de asesinatos.

Es imposible eludir el pensamiento de que la proyección del documental en ese marco trata de contribuir de modo subrepticio a un estado de opinión favorable a las tesis oficialistas sobre el punto final del terrorismo. Una especie de internacionalización del mensaje sobre el conflicto resuelto mediante un inteligente acuerdo político. Ternera sería así el último vestigio de una estirpe de asesinos empantanados en la nostalgia de su siniestro currículum, una reliquia irredenta de un tiempo superado, como aquellos japoneses que seguían escondidos al final de la guerra en las islas del Pacífico. La imagen patética, cruel pero desolada, de un vencido.

Y ésa no es la sensación que comparte una porción amplia y significativa de la sociedad española, para la que el decisivo protagonismo de los legatarios etarras en la escena pública actual representa cualquier cosa menos la escenificación de una derrota. Más bien al contrario, apariciones arrogantes como la de este abyecto ‘serial killer’ testimonian la persistencia de cierta zona de impunidad dolorosa que persigue a las víctimas como la sombra de una frustración vivida en carne propia. A la luz retroactiva de los hechos recientes, el relato de una rendición sin contrapartidas constituye un artificio propagandístico, una mistificación tramposa. Esa presunta paz sin justicia y sin reparación del daño no es más que una adulteración de la Historia.