- Si un día hubieran de perderse todos los libros almacenados en todas nuestras bibliotecas, todas cuantas dispersas páginas hubieran sido impresas o quedaran manuscritas, bastaría el milagro de haber salvado dos obras para poder rehacerlo todo. Con la sola condición de que esas dos se llamasen ‘Ilíada’ y ‘Odisea’
«Feliz quien, como Ulises, ha hecho un largo viaje…» A la espera de la Odisea de Christopher Nolan –¡son ya tan pocos los estrenos que, en cine, me mueven a aguardar impaciente…!–, rebusco en mi biblioteca los exquisitos alejandrinos que, en 1558 y tras su resignada vuelta a casa, Joachim du Bellay da a la imprenta, en «nostálgica» evocación de su propia aventura romana. Heureux qui, comme Ulysse…
Y es la historia de la literatura occidental la que, con la Odisea, me vuelve. Toda. No sólo la épica tradición oral de un bardo griego, al que la leyenda impone el nombre de Homero. Si un día hubieran de perderse todos los libros almacenados en todas nuestras bibliotecas, todas cuantas dispersas páginas hubieran sido impresas o quedaran manuscritas, bastaría el milagro de haber salvado dos obras para poder rehacerlo todo. Con la sola condición de que esas dos se llamasen Ilíada y Odisea. Una larga paciencia y una aún más medida testarudez bastarían a los humanos, si es que alguno hubiera quedado, para reconstruir el monumento entero de aquellos tres mil años que tejen nuestra lengua, nuestros mitos, nuestras leyendas, nuestras imágenes, nuestros arquetipos…: nuestra consciencia, en suma. Es decir, nosotros. El extravío y el retorno.
Antes aún de haber leído la Ilíada, en edición de papel pésimo y tipografía diminuta, hacia los siete u ocho años creo, la aventura del viajero me fue dada en la voz de una maestra de pueblo que leía en voz alta el Telémaco de Fénelon. No para ilustración del hijo, por supuesto, cuya temprana edad ya ni recuerdo. Para sí misma. Por el sencillo placer de escuchar la melodía de una diosa que añora la presencia de un humano: «Calipso no podía consolarse de la pérdida de Ulises. En su dolor se sentía desgraciada por ser inmortal…» Odiseo, el Ulises de las transcripciones latinas, es la pérdida que, por irrecuperable, debe ser repetida ritualmente en cada gesto del alma que añora. Porque, en cada regreso, le aguarda a un humano siempre su derrota. Pero el camino de la huida, como el camino del regreso, hacen de esa derrota un tránsito fugaz del paraíso.
La huida. A la que el aedo griego da nombre de Ilíada: búsqueda y asalto de la ciudad que encierra a la mujer de los cabellos de oro, que a los guerreros aqueos fuera arrebatada por los troyanos. El retorno. Tras la victoria. Resignado siempre. Bajo cuyo nombre, Odisea, supieron los rapsodas helenos apresar la certeza de que, en la vuelta a la añorada casa, no hay más sendero que el de la decepción, que el de la pérdida. Cuyo recorrido puede ser aún más bello –porque teñido hasta los huesos de nostalgia– que el de la marcha heroica del guerrero hacia una muerte gloriosa ante muros legendarios que darán la medida de su grandeza.
Homero –esa nebulosa de poetas orales a la cual, en la niebla de tres mil años, llamamos «Homero»– teje los únicos amores intemporales del hombre occidental. Sépalo cada uno, o bien ni lo sospeche. Da lo mismo. Amor de juventud o de vejez. Ilíada: pasión de lozanía, pérdida en la embestida a través de un universo ajeno, del cual todo se ignora; extravío por océanos y territorios que ninguna cartografía acota; danza febril en los bordes de todo precipicio; salvaje enamoramiento de los riesgos…. Al final, para algunos –Héctor, Patroclo, Aquiles mismo…–, muerte. Para otros, menos afortunados –Agamenón, Odiseo…–, retorno al hogar, en donde aguarda igual extinción mas sin los atributos de la gloria: Odisea, amor de lo que se perdió al cerrar el círculo… Para los más desdichados de todos, queda ese limbo que no es ni el del combate ya ni el del hogar aún: el de Áyax, náufrago en la locura.
Aguardo ahora esa Odisea de uno de los muy raros hombres de cine que todavía me interesan. No diré que sin temor. Porque osar dar imágenes al texto en el cual fue forjado el arquetipo de todas las imágenes de Occidente, es afrontar riesgo extremo de zozobra. Ahora que, con el verano, todos damos en repetir –versión doméstica– la esperanza y la decepción del viaje, de cada viaje: y hacemos juego de niños de ese huir, huir escénico que, en vano, inventa el veraniego turista, este tan humilde trasunto de la legendaria fuga. Y de su consustancial maldición: el retorno. Pero es la maldición la que nos fingirá épicas a la medida. Sin el acecho amenazante del retorno, nada de un viaje sería irrepetible. Ni en Odiseo, ni en cada una de las microscópicas caricaturas de él que todos somos. Y Penélope se le habrá ido haciendo vieja a ese «Nadie» que retorna. Y al viejo perro, que aguardaba su vuelta en el calor de las cenizas, le estallará el corazón nada más verlo.
Toda la historia de la literatura. No hay un solo libro en nuestros tres mil años de escritura que no sea variación sobre algún tema homérico. Me viene a la memoria ahora la bellísima resonancia de la derrota final de un Odiseo que, entre Escila y Caribdis, suplica el don de hallar, al fin, su nombre propio. Un nombre que no sea ya aquel «Nadie» que lo salvó ante Polifemo. Y que le hizo entender que ningún otro mejor nunca más le cuadraría. Este que, ahora, al cabo de su navegación, habrán de imponerle las rocas que entrechocan y que son dos sirenas. Giovanni Pascoli: «Solo tengo un instante. ¡Os lo ruego! / ¡Decidme, al menos, quién soy yo! ¡quién fui! / Y, entre ambas rocas, el barco se hizo trizas».