FERNANDO SAVATER-El País

  • El radicalismo busca las raíces del humanismo civil para arrancarlas y dejar sin apoyo la vida de quienes pretenden compartir derechos con los demás

En la pizarra del aula de parvulitos alguien ha escrito con letra redondilla: “caca”. La maestra finge severidad: “¿Quién ha sido? A ver, voy a volverme de espaldas y el que sea que salga y lo borre”. Se da la vuelta, oye un trote presuroso, después, el chirrido de la tiza. Luego disimula la risa, porque ahora en la pizarra pone: “caca, pis, pedo y culo. ¡La Mano Negra no se rinde!”. El rapero Hasél, otros de su calaña, algunos grafiteros, tuiteros y pancarteros de manifas incendiarias pertenecen a la escuela de la Mano Negra, aunque ya no les quepan las patazas peludas bajo el pupitre. Necesitan decir la más gorda y mear más lejos. Antaño se maldecía al tirano, ahora se mancilla lo que los demás respetan: las víctimas del terrorismo, los representantes democráticos, los defensores de la legalidad, los periodistas… Esta Mano Negra (pezuña más bien) cocea contra el consenso mayoritario: el acuerdo social les parece fascista. Se trata de desunir, de enfrentar, de magnificar los inevitables defectos y de negar las evidentes ventajas. El radicalismo busca las raíces del humanismo civil para arrancarlas y dejar sin apoyo la vida de quienes pretenden compartir derechos con los demás. ¡Que no quede nada superior, racionalmente inteligible, a lo que acudir para proteger los intereses de la mayoría! Desde luego, la gente madura, que se ríe cuando le llaman reaccionaria, desdeña las puerilidades obscenas de la Mano Negra. Pero los demás, tantos y tantas, viven en el abandono de la educación y la fascinación de las redes. Esperan un Salvador que bendiga el desorden y castigue a los conservadores. Ya se avizora la segunda venida prevista por Yeats: “¿Qué bestia inmunda / llegada al fin su hora / se arrastra hacia Belén para nacer?”.