Luis Ventoso-El Debate
  • El éxito de programas como los de Íker Jiménez o Antonio Naranjo pone de relieve la anomalía del modelo televisivo español

Uno de los factores que han contribuido a los siete años de sanchismo es la existencia en España de un modelo televisivo muy escorado a la izquierda, fruto del errado diseño que hizo en su día Soraya Santamaría para facilitar el alumbramiento de Podemos y mermar así al PSOE.

TVE ha degenerado en un panfleto de Sánchez, donde se vulneran cada día los códigos deontológicos elementales y se hace televisión de combate contra la oposición. La caballería del PSOE la completaban tradicionalmente La Sexta, fundada en 2005 y ahora propiedad del mismo grupo que A3, y los canales en España de Mediaset. Durante lustros se daba la paradoja de que siendo Berlusconi muy de derechas, sus cadenas españolas tiraban hacia la izquierda, por entender que en esa franja había más nicho de negocio. Don Silvio se permitía hacer televisión ‘progresista’ y ‘mamachicho’ en España, porque aquí su interés estribaba en el lucro, no en los principios editoriales. Se trata de un problema recurrente cuando los dueños de los medios son foráneos.

Con la excepción de Antena 3, que ofrecía algunos suaves reproches a Sánchez con los comentarios de Vicente Vallés y en el show de Pablo Motos, hasta hace un par de años era prácticamente imposible encontrar en España canales donde se admitiesen críticas claras al sanchismo, sin pomada.

Uno de los que primero se atrevió a romper el muro invisible fue Íker Jiménez, un periodista especializado en origen en el mundo de los fenómenos paranormales. Tuvo además el mérito añadido de hacerlo desde un canal, la Cuatro, más bien escorado a la izquierda y donde no era fácil colar ese tipo de mercancía crítica. Poco a poco fue dando cancha en su programa Horizonte a algunos periodistas de investigación y comenzó a aventar los inagotables rincones oscuros del sanchismo. Resultó que ahí fuera había un público nutrido que demandaba con avidez ese tipo de información, hasta el extremo de que el espacio reúne a un millón de espectadores cada noche y se ha convertido en la gran sorpresa positiva de su cadena.

Algo similar ocurre con otro oasis de crítica, el programa que dirige y presenta Antonio Naranjo en Telemadrid, que también se ha disparado con la misma receta: crítica abierta a la pesadilla de corrupción e inacción que supone el sanchismo. Y también sucede con el espacio de Nacho Abad en Cuatro cuando da aire a planteamientos adversos al oficialismo.

¿Qué quiere decir todo esto? Pues prueba lo que era un secreto a voces: en España había demanda de una televisión de derechas, pero inexplicablemente no existía oferta para ese público, hoy mayoritario en las encuestas electorales. El primer empresario que cree en España una televisión altamente profesional contraria a la izquierda y el separatismo se va a coronar. De hecho resulta inexplicable –o no– que todavía no haya surgido, porque las leyes de la economía rezan que donde hay demanda siempre acaba surgiendo la oferta.

Ha mostrado poco estilo Jordi Évole despellejando a Jiménez con el argumento de que «no es normal que el señor que decía que venían los ovnis nos explique la corrupción». Íker Jiménez es un licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense, que es libre de orientar su carrera como le plazca. Más criticable parece la trayectoria de un sofista que empezó con el revelador alias del Follonero y que se ha pasado años dedicado al nada edificante oficio de blanquear el sanchismo (amén de hacer el caldo gordo al separatismo catalán siendo el vástago, absurdamente acomplejado, de una granadina y un extremeño). Les escuece que la naciente televisión de derechas empiece a rivalizar con ellos, que estaban muy cómodos con su cuasi monopolio.

Los tiempos están cambiando. Probablemente en solo unos meses ya no tendremos que pagar con nuestros impuestos 20.000 euros por noche a Broncano, cómico sin gracia colocado ahí por Sánchez como su bufón oficial para hacer frente al peligroso disidente Pablo Motos (tarea en la que ya ha pinchado, porque su vulgaridad tardoadolescente no es precisamente una oda a la inteligencia humorística).