Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Preferiría estar equivocado, y seguir viendo a Zapatero como alguien inseguro, necesitado de cariño, y no como el personaje oscuro que está emergiendo
Aún abrigo alguna esperanza de que lo de José Luis Rodríguez Zapatero se quede en eso, en una conducta que haya perseguido recomponer la imagen de ignaro con la que salió a cuestas, por última vez, por la puerta de acceso al Palacio de la Moncloa, fijación de la que se habrían aprovechado unos cuantos listillos. Nada más. Lo espero y lo deseo, porque solo nos faltaba ver en el banquillo a un expresidente del Gobierno para consolidar la idea, ya bastante extendida, de que en lo que atañe a la corrupción nos hemos convertido en la Italia del siglo XXI.
Nuestros primos transalpinos rebasaron ampliamente en el último tercio del siglo XX todos los límites de la decencia política, hasta que en la década de los 90 pusieron pie en pared y la macro operación denominada Mani Pulite desmontó el sistema generalizado de sobornos y financiación ilegal de todos los grandes partidos, llevando a juicio a más de 3.000 imputados directos y condenando a casi un centenar de parlamentarios.
Aquello, que desmanteló la Democracia Cristiana y el Partido Socialista Italiano, y disolvió en unas nuevas siglas al Partido Comunista, fue el mayor escándalo político de los que hasta ese momento se habían conocido en las democracias occidentales. Y por la envergadura del terremoto que provocó en el mapa político italiano, probablemente lo sigue siendo todavía hoy. Pero por fortuna Italia, aunque en algunas zonas del país la corrupción siga formando parte del paisaje, ya no es la de los Andreotti, Craxi o Chiesa. Tampoco la de Berlusconi, que no fue precisamente un espejo en el que mirarse.
Corrupciones varias
También aquí, en España, la corrupción es parte del mobiliario, y sin embargo no somos del todo conscientes de la exstensión de la carcoma; del impacto que la corrupción tiene en nuestras vidas. Y haciendas. No es solo la podredumbre. No es la cutrez de los Koldos, Leires y señoritas de compañía que a diario nos muestran los periódicos. Es un cáncer. Una metástasis que nos cuesta 90.000 millones al año, el 8% del PIB, según los informes coincidentes realizados por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) y el Grupo de los Verdes-Alianza Libre Europea del Parlamento Europeo.
Un detallado estudio del Institut de Recerca en Economia Aplicada Regional i Pública de la Universidad de Barcelona, que analizó la corrupción aflorada en España entre los años 2000 y 2020 (solo la aflorada), cifró en 3.743 los casos de corrupción detectados en ese periodo. Es decir, uno cada dos días. Para que nos hagamos una idea de lo que significan estas magnitudes, comparémoslas con las de Dinamarca, país en el que la media de casos de corrupción documentados, en el período 2000-2025, no llegó ni de lejos a uno por año.
Añadamos a esta bochornosa comparativa el efecto de otra corrupción: la economía sumergida. Entre 70.000 y 91.600 millones de pérdidas fiscales en 2023, según el Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda, GESTHA). Y los casi 48.000 millones que nos podríamos ahorrar si racionalizáramos estructuras burocráticas y elimináramos duplicidades y organismos inútiles (cuya existencia tiene evidentes conexiones, directas o indirectas, con el fenómeno de la corrupción). Sumando todo (más de 200.000 millones de euros con los que podríamos pagar sobradamente las pensiones o la suma del gasto en Sanidad y Educación), tendremos ante nuestros ojos una de las causas que en mayor medida contribuyen al descrédito de la política y de la democracia. Y en el caso de España, al avance de las posiciones más radicales.
El agujero negro de la justicia social
La corrupción no es únicamente un delito infame. Es también el agujero negro de la justicia social y la igualdad de oportunidades. Por eso no acabo yo de ver a alguien tan recto y progresista como Rodríguez Zapatero participando en estas prácticas despreciables. Prefiero seguir imaginándomelo como un personaje algo inseguro, necesitado de cariño, obsesionado por recomponer sus maltrechas relaciones con Pedro Sánchez y por ser más apreciado, al menos de puertas adentro, que Felipe González (objetivo este plenamente satisfecho); también por reparar aquella imagen de líder que inició su fulgurante ascensión al ser elegido casi por descarte y finalizó su trayectoria en el poder arrastrando una cierta fama de político sansirolé.
Bien es verdad que el empeño de mis colegas, algunos fiscales y ciertos jueces por conocer la verdad, a pesar de los esfuerzos de algunos por sabotear las investigaciones en curso, me lo ponen cada día más difícil. Eso y el borrado del expresidente como mitinero mayor del reino hacen que me tema lo peor; que nada en Zapatero vaya a ser como querríamos que fuera, sino como parece. Y lo que enterraría definitivamente mis últimas esperanzas, es que Sánchez, un día, se refiriera al expresidente como esa persona de la que usted me habla. Eso ya sería fatal. Y está al caer.