Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • La dimisión del ministro es un intento de salvar la campaña, aunque deja con el culo al aire a la intelectualidad orgánica empeñada en defender su continuidad

He escuchado estos días a colegas nada sospechosos de sanchismo poner en duda la utilidad de que Óscar Puente dimitiera o fuera cesado. Según ellos, los problemas venían de atrás, de cuando José Luis Ábalos era el titular de la cartera de Transportes, o de un poco después, de la etapa en la que la ministra del ramo se llamaba Raquel Sánchez, sustituida a las primeras de cambio tras dar evidentes muestras de falta de idoneidad para el cargo.

Yo que ellos, ya puestos, y en lugar de usar para disculpar a Puente el fácil y reciente recurso de Ábalos “el apestado”, me habría ido mucho más atrás, a 1847, a los tiempos de Isabel II, cuando en 1847 fue elegido como responsable de la Secretaría de Estado y del Despacho de Comercio, Instrucción y Obras Públicas (el Ministerio de Transportes de la época) un escritor romántico metido a político de nombre Mariano de las Mercedes Roca de Togores y Carrasco, que duró tres meses en la poltrona.

No pretendo ser sarcástico. Las circunstancias son tan dramáticas que no me lo permitiría. Simplemente pongo de relieve mi sorpresa por lo que he leído y escuchado. Al menos hasta ayer. Echar la culpa a la herencia recibida es una fórmula de autodefensa más vieja que el hilo negro. Lo que resulta sorprendente, al menos para mí, es que se aluda a la España convulsa del siglo XIX como teórico eximente que disculparía la renuencia a asumir en el siglo XXI responsabilidades políticas que son inexcusables.

Antropófagos

Eso es lo que han hecho algunos colegas y otras personas ilustres, como el catedrático de Ciencia Política, cercano al PSOE, Ignacio Sánchez-Cuenca, que escribía en El País: “Es evidente que dos siglos de inestabilidad política, enfrentamientos violentos, clientelismo político, aislamiento internacional, debilidad del Estado, educación insuficiente e industrialización tardía han dejado una pesada herencia que nos resulta incómodo reconocer, pero que sale a relucir cuando accidentes y crisis de diverso tipo sacuden la normalidad del país”.

Pasmosa también esta otra argumentación absolutoria desarrollada en el mismo periódico por el exsecretario general de Comisiones Obreras, Antonio Gutiérrez, en un artículo titulado “En defensa de Óscar Puente”: “Los humanos que se ceban destrozando a otros de su especie esparcen la podredumbre e intoxican a cuantos compartimos la sociedad donde coexistimos y en la que algunos también aspiramos a convivir. Lamentablemente, la antropofagia civil y política entre españoles ha sido demasiado frecuente a lo largo de nuestra historia y reincidimos a la primera de cambio”.

Hablar de enfrentamientos violentos o de la antropofagia civil de otros tiempos para justificar la hasta ayer abulia del ministro más violento y antropófago, o la falta de sensibilidad del gobierno que más ha practicado la confrontación y el canibalismo político, es mucho más que una insolencia y un insulto a la inteligencia; es un insulto a las víctimas y sus familias.

Cobardía intelectual y política

Cuestionar desde posiciones teóricamente progresistas la función curativa de la renuncia, cuando hay (otra vez en nueve meses) decenas de familias rotas, aludiendo a parecidos precedentes protagonizados por el adversario, es un ejercicio de insoportable cobardía intelectual y política.

En países de nuestro entorno hemos visto dimitir a ministros por copiar textos ajenos en su tesis doctoral, por acosar a subordinados, por pagar un viaje no del todo oficial con dinero público o por tener la “mala suerte” de ocupar la cartera de Transportes cuando un accidente ferroviario, inicialmente achacable a un fallo humano, provoca la muerte de 36 personas. Ocurrió el 1 de marzo de 2023 en Larissa, Grecia central.

Los sindicatos griegos llevaban meses advirtiendo a las autoridades de que «nada funciona bien. Todo es manual en la red Atenas-Tesalónica -denunciaron-. Ni los semáforos ni el control electrónico del tráfico funcionan». El ministro era Kostas Karamantis, que a las pocas horas del desastre hizo pública una carta de renuncia en la que explicaba su decisión como “una muestra básica de respeto por la memoria de las personas que murieron de manera tan injusta«.

Para nuestra desgracia, y para desgracia de nuestra imagen como país, Óscar Puente no es Karamantis, pero tampoco Pedro Sánchez es Kyriakos Mitsotakis. Puente no dimitió al minuto siguiente del siniestro porque en ese momento Sánchez le necesitaba como cortafuegos. Pero a la vista de la reacción social, y de las últimas encuestas, el presidente del Gobierno no ha tardado en llegar a la conclusión opuesta: la renuncia de Puente como ministro y candidato era la única medida que podía servir de cortafuegos ante una áspera campaña electoral. La regla de Ramón Rubial, pero invertida: primero mi particular interés, luego el del partido y por último el del país.

El tren, un interminable vagón-silencio

Puente se va, pero se va tarde. Solo un gobierno que ha despreciado en demasiadas ocasiones las reglas básicas de la democracia se podía permitir la desmesura de mantener en su puesto a un ministro con la credibilidad abrasada después de los 46 muertos de Adamuz. Pero se lo permitió. Más tarde tuvimos que escucharle decir aquel disparate que sostenía que “la Alta Velocidad Española está en su mejor momento”. Y solo después de que haya ocurrido una tragedia aún mayor hemos asistido al prodigioso hecho de que el señor ministro contradiga el argumentario preparado por los intelectuales orgánico y presente su renuncia recurriendo al comodín de la obligada dignidad del cargo.

Hoy, los trenes son un funeral. Acabo de hacer un viaje en alta velocidad y todo el convoy era un interminable vagón-silencio. No se oyen apenas risas, las conversaciones son escasas y en voz muy baja. Hay temor. Y el paso previo a recuperar la confianza y unos gramos de alegría pasa por sacarnos de encima las caras que hoy representan el miedo. La de Puente es la primera, pero no debe ser la única.

Es preciso limpiar y limpiar a fondo, porque cualquier medida que no parta de la profunda rectificación de una política de personal basada en el nepotismo, únicamente servirá, como dijo hace ahora una semana un representante de los maquinistas, y como parecen pretender los Sánchez-Cuenca y Gutiérrez, para quitarse el muerto de encima echándole la culpa a Fernando VII.