Maria Maizkurrena-El Correo
- El deterioro de la alta velocidad era perfectamente conocido por quienes podían remediarlo
Dejemos hablar a la tristeza. No a la depresión, que es parálisis; a la tristeza, que es la emoción propia de estos días atroces. Cuando Antonio Damasio publicó ‘El error de Descartes’, lo que observaron e intuyeron Hume o Spinoza (que la emoción es antes que la razón, que el cuerpo y la mente son una sola cosa), empezó a tomar base en la neurociencia moderna. Sin emociones no hay moralidad ni motivación y no hay, por lo tanto, pensamiento útil, pensamiento que trascienda la comparación de elementos mezquinamente utilitarios. En pacientes con daño cerebral que les ha desprovisto de emociones, el pensamiento es plano, estéril, le falta sentido. No hay visión del futuro. No hay empatía. Tomar la más nimia decisión puede convertirse en una evaluación eterna de pros y contras. Ninguna decisión es más importante que otra: elegir una chaqueta está al mismo nivel que elegir un sistema de seguridad, asignar fondos a la decoración de un inmueble tiene la misma importancia que asignar fondos a un mecanismo que puede salvar vidas humanas.
Escuchemos, pues, a la tristeza de estos días, que nos conecta con los demás, nos habla de la pérdida, de la fragilidad, del duelo. También de la enfermedad moral que afecta a las esferas donde se toman decisiones de la máxima importancia. Esto es bien triste. Hay un mundo en que el sesgo fundamental que aportan las emociones, arraigadas en nuestra naturaleza común y en el espacio social que surge sobre este suelo, se considera un estorbo, o no se considera. No es que estén ausentes las emociones; es que solo cuentan las puramente autorreferenciales o las puramente teatrales. Son las emociones que no se exhiben, no se venden, no se escenifican las que dan energía y sentido al pensamiento moral. Existe un mundo donde esa base moral y emocional está devaluada y ese mundo está en este, actuando en la vida de todos.
Tras el accidente de Urda llega, como siempre en estos casos, la investigación judicial y además la investigación periodística. Así que hay mucha información sobre lo que se ha hecho y sobre lo que se ha dejado de hacer. Con la crisis de 2008, la inversión en infraestructuras cayo abismalmente y no hizo sino descender hasta aproximadamente 2019, cuando empezó a remontar un poco. Tan poco que, al considerar el envejecimiento de los sistemas y el aumento de las necesidades, ha sido prácticamente como si hubiera seguido descendiendo. Lo cual ha generado un deterioro en la alta velocidad ferroviaria que era perfectamente conocido por quienes podían remediarlo. ¿El verdadero problema ha sido que esa responsabilidad no les quitaba el sueño? ¿Cuáles son las prioridades de la gente que nos gobierna? Sabemos lo que han hecho, mientras nos ofrecían palabras, muchas palabras que no significaban nada.